
Adecuaciones curriculares
Pensar
la escuela del tercer milenio nos plantea el desafío de
la diversidad en las aulas escolares como expresión del
mundo cambiante en que vivimos, mundo que se modifica y nos transforma
día a día. El impacto y la extrema velocidad con
que se suceden estas mutaciones , en un contexto sociopolítico
y económico inestable y riesgoso, establece un escenario
totalmente inédito que repercute en la constitución
subjetiva de los alumnos y de los maestros, en el entramado de
las relaciones interpersonales y en el tejido social.
La inevitable pregunta por el otro, el indagar sobre las metamorfosis
de las nuevas identidades, sobre las fronteras y el pasado reciente
son algunos de los ejes que están presentes en el momento
de pensar la escuela inclusiva.
La escuela argentina, en tanto institución social, no queda
exenta de la crisis que conmueve nuestra sociedad en este momento.
En su seno se reproducen los mismos síntomas que pueblan
el mundo del afuera en el que viven los niños: vacío
institucional, falta de un proyecto de futuro claro y sostenido,
violencia, exclusión, desprestigio del poder y la autoridad,
desvalorización del trabajo y de la producción intelectual.
Hoy, más que nunca se impone concebir una escuela plural
que resignifique el valor de la educación y de cabida en
su seno a la diversidad de la población infantil.
Recorrer, a vuelo de pájaro, los antecedentes integradores
de la educación argentina puede contribuir a comprender
los rumbos que ha ido tomando este proceso, situar las dificultades
y los dilemas con los que se ha enfrentado, a la vez que posibilita
pensar el momento actual.
Estas transformaciones en el seno de la institución educativa
se relacionan con los marcos sociales, políticos, económicos
e ideológicos que marcaron el devenir histórico
de la Argentina.
Hacia fines del siglo XIX, en pleno proceso de constitución
de nuestro país, la propuesta de un sistema educativo abierto
y extendido a los distintos sectores de la población fue
un elemento importante y unificador que permitió , entre
otros objetivos, nuclear a la nación en torno a una identidad
nacional.
Por esos tiempos, a los movimientos migratorios internos de pobladores
nativos y mestizos que se daban en el territorio argentino, se
sumaba la llegada masiva de inmigrantes europeos.
Gran parte de la población que bajó de los barcos
hablaba tan sólo su lengua materna, no manejaba el idioma
de nuestro país lo que constituyó un problema de
relevancia. Pensaban, sentían, e interpretaban las circunstancias
contextuales desde marcos lingüísticos difíciles
de conciliar con el vernáculo por lo que se producían
innumerables malentendidos fundados en el vacío insalvable
que genera una comunicación deficiente.
Estos grupos heterogéneos necesitaban integrarse a la nación
que los recibía con el desafío de construir un proyecto
unificado y adoptar una lengua común que los hermanara.
En ese momento la escuela argentina se ubicó como una institución
inclusiva y ocupó un lugar posibilitador por excelencia,
sobre todo para los hijos de estos inmigrantes que llegaron a
nuestras tierras buscando el futuro prometedor que se les había
negado en sus tierras de origen.
El censo nacional de 1869 reveló que casi el 80 % de la
población argentina era analfabeta. A esta realidad se
sumó que la mayoría de los inmigrantes que llegaron
a nuestro país entre fines de 1800 y comienzos de 1900
tampoco sabían leer ni escribir por lo que la escuela pública
priorizó el objetivo de la alfabetización.
En 1884 se sanciona la ley de educación nº 1.420 que
establece la enseñanza universal, obligatoria, gratuita
y laica para todos los niños que vivan en suelo argentino
lo que redundó en un significativo aumento de la población
alfabetizada. Los efectos de esta política de estado se
evidencian en las cifras, en 1914 el analfabetismo representaba
el 35 % del total de la población.
Esta formación permitió, a posteriori, que mayor
cantidad de ciudadanos, muchos de ellos hijos de aquellos inmigrantes,
accedieran a distintos tipos de capacitación y se integraran
y ubicaran en el sistema productivo como mano de obra calificada.
La escuela argentina, legítimamente erigida sobre los principios
de homogeneización que imponía la coyuntura del
momento, constituyó la puerta de ingreso al mundo de la
cultura letrada, ya que aprender a leer y a escribir representó
la posibilidad de acceder a la movilidad social y a la educación
superior.
Paralelo a estos movimientos educativos nacionales se desarrolla
la educación especial como un sistema aislado e independiente
cuyo objetivo se centra en la asistencia de niños con discapacidad,
recibiendo la influencia del modelo europeo organizado desde la
patología.
Como hitos fundacionales de la educación especial argentina
podemos situar la creación de la primer escuela especial
para sordomudos en 1857 y la concreción de la primer escuela
para niños ciegos en 1887.
Esta última surge como respuesta al importante número
de niños que perdieron la visión como consecuencia
de la epidemia de viruela que azotó a Buenos Aires en 1886.
Ambas instituciones fueron solventadas en sus orígenes
por fundaciones filantrópicas y de beneficencia donde se
aunaban en forma confusa objetivos humanitarios y científicos.
Ya
en las primeras décadas del siglo XX, si bien dentro de
la educación especial predomina aún la subordinación
al paradigma médico, se instituye la vertiente asistencial
hacia los aspectos pedagógicos y rehabilitatorios, lo que
marca un nuevo rumbo en la atención clínica de la
infancia diferente.
A medida que avanza el siglo este subsistema educativo se desarrolla,
cobra mayor autonomía e imprime a su praxis una perspectiva
específicamente pedagógica que la caracteriza, lo
que a posteriori constituye su propio paradigma.
La educación especial continúa su camino ateniéndose
a recursos y necesidades propias e inherentes a la pedagogía
diferencial. Se crean nuevas escuelas e instituciones educativas
dedicadas a la atención de las diferentes discapacidades.
Respondiendo a la realidad educativa del momento se le da una
importancia particular a la formación de docentes y profesionales
especializados en la educación especial.
A mediados del siglo pasado una epidemia de poliomielitis marcó
a la población infantil de nuestro país. Los efectos
y posteriores condicionamientos que se evidenciaron en el grupo
comprometido implicaron modificaciones sustanciales en la salud
y la educación argentina, indicando un punto de inflexión
en la rehabilitación y la educación del discapacitado.
Los niños con secuelas fueron incluidos en el sistema educativo,
distribuyéndose entre las dos vertientes ya señaladas
según el compromiso que presentaran. Los alumnos más
comprometidos fueron recibidos en los institutos de rehabilitación
y en las escuelas de educación especial. Los que presentaban
trastornos motores menores fueron asumidos por el sistema educativo
común.
Es entonces, a partir de la década del 50 en que podemos
encontrar los primeros antecedentes formales de la integración
del discapacitado motor a la escuela común cuando ésta
recibe en sus aulas a aquellos alumnos que presentaban alguna
limitación como consecuencia de la epidemia ya mencionada.
Este nuevo movimiento inclusivo del sistema educativo es el que
a posteriori, en las décadas siguientes, permite abrir
las puertas de la escuela común a otros niños con
necesidades educativas especiales que hasta ese momento no participaban
de la escolaridad ordinaria y posibilita la integración
de alumnos con trastornos sensoriales y mentales a la escolaridad
básica.
A medio siglo de ese acto, pionero y fundacional en la historia
de la integración educativa de nuestro país, múltiples
y variados han sido los avatares por los que se ha transitado
en el intento de construir una escuela inclusiva.
Merece una mención especial el trabajo desplegado por la
escuela rural en su compromiso de asumir el reto de forjar la
pedagogía de la diversidad allí donde lo especial
y diferente es lo común y cotidiano.
En los ámbitos educativos rurales alumnos de diferentes
ciclos y niveles comparten el mismo escenario de acción
y el mismo docente para sus múltiples aprendizajes sin
que esto constituya traba alguna para la construcción del
saber sino todo lo contrario. Esta diversidad poblacional se significa
y redimensiona como un valor potenciador del desarrollo. Recordemos
que más de una vez, en las escuelas del campo los alumnos
menores cursan grados superiores a los que transitan compañeros
de más edad lo que implica una adecuación continua
de las propuestas y actividades pedagógicas como opción
didáctica pensada para las necesidades de cada uno.
Amerita también citar en este espacio las diversas iniciativas
de integración educativa que se fueron realizando en forma
velada y asistemática entre ciertos profesionales convocados
por el tema y algunas escuelas que se comprometieron para avanzar
en el desafío de sostener que los niños con necesidades
educativas específicas pudieran matricular y pertenecer
a la escuela común.
La efectivización y posterior documentación de esos
proyectos realizados en la segunda mitad del siglo XX constituyen
hoy la prehistoria de la formalización y legitimación
de la integración educativa que, en nuestro país,
recién encuentra cobertura oficial en la nueva ley de educación
del año 1993 donde se garantizan los mismos derechos, principios
y criterios de educación para toda la población,
sin distingo alguno, señalando la integración de
los dos sistema educativos, el común y el especial, que
hasta este momento habían funcionado en forma paralela
y desarticulada.
Esta ley de educación propone la vinculación de
los diferentes niveles, ciclos y regímenes especiales que
integran la estructura del sistema educativo a fin de profundizar
objetivos, facilitar la continuidad del proceso educativo y asegurar
la movilidad horizontal y vertical de los alumnos, según
sea su conveniencia y beneficio, dentro del sistema educativo
a través de un único diseño curricular.
El nuevo diseño curricular, de base flexible, descentralizado
podrá ser revisado y adecuado contextualmente en función
delas
necesidades infantiles, la región o el ámbito donde
se lo efectivice.
Como hemos ido recorriendo a lo largo de este escrito el movimiento
de integración educativa en nuestro país estuvo
guiado, en sus orígenes, por el objetivo de integrar y
homogeneizar la población a través de una propuesta
que considerara la equidad de oportunidades para todos los hombres
que decidieran habitar el suelo argentino. Encontramos luego los
pronunciamientos que permitieron la inclusión de los alumnos
con discapacidad a la escuela común, en un trabajo sólido
y riguroso que ha permitido avances significativos en las últimos
años.
Pero el escenario socio político y económico de
nuestro país se ha modificado de manera sustancial lo que
nos compromete en asumir la continuidad del proceso integrativo
mirando la situación desde las nuevas perspectivas impuestas
por la realidad que nos circunda.
La integración escolar y la permanencia del educando dentro
del sistema educativo es relevante en este momento histórico,
donde la globalización, paradójicamente, genera
mayor exclusión y la singularidad del sujeto difícilmente
se recorta de la masificación.
Ante este mundo fraccionado, donde el ser humano es concebido
como material descartable, y la marginación es materia
corriente, la exclusión de los alumnos del sistema educativo
no es sólo patrimonio del discapacitado sino síntoma
que marca grupos étnicos, religiosos, lingüísticos,
sociales y culturales diferentes al grupo homogéneo y hegemónico
para el que fue concebida, en sus orígenes, la escuela
argentina.
Hoy el desafío es otro. No es la homogeneización
poblacional en un proyecto monocultural lo que marca el rumbo
de la escuela inclusiva. Ya no es una cuestión de mayor
o menor integración de los niños con necesidades
educativas especiales a la escuela común, la alternativa
ahora se instala entre las antípodas de la integración
o la exclusión de los individuos a la sociedad a través
de la escuela, reeditando quizás alguno de los objetivos
que, en sus orígenes, sostuvo la escuela argentina, pero
desde un escenario totalmente diferente.
Lo que nos guía es la posibilidad de concebir la diversidad
en la escuela como el rasgo preponderante que puebla las aulas
y considerarla como un valor educativo.
Los escolares de nuestro país viven en una sociedad globalizada,
a la vez sumamente fragmentada, que ha sido protagonista de drásticas
reformas estructurales, con una deuda social cada día más
difícil de resolver que se traslada, inevitablemente, a
la infancia.
La población escolar de hoy en día ha crecido impregnada
por la cultura teletecnomediática cuyos efectos ya estamos
vislumbrando en las aulas. Son personajes acostumbrados al mundo
virtual y a la vertiginosidad de las comunicaciones.
Esta novel realidad con identidades en mutación constante,
con niños que nos plantean nuevas formas de contactar y
de aprender, necesita una escuela que considere la diversidad
de su alumnado para poder albergar bajo su techo a la totalidad
de la población infantil.
La escuela es la institución educativa por excelencia a
la que debe pertenecer un sujeto durante la infancia, es a quien
le compete la transmisión programada de la herencia cultural.
Sostenerse dentro del sistema educativo le permite a cada alumno
además de apropiarse de los valores culturales que jerarquiza
la comunidad a la que pertenece, tener cobertura y protección
institucional durante la niñez.
Aquel niño que no sea integrado a la escuela pasará
a vivir por fuera del mundo de la cultura institucional y será
un testigo mudo y analfabeto del fracaso del sistema educativo.
Convengamos entonces que es necesario, indispensable, trabajar
en aras de prevenir el fracaso escolar para evitar el malestar
y la exclusión que se genera en los sujetos expuestos en
este peligroso espacio. Profundizando este aspecto, creo que se
impone aunar criterios para reducir la deserción escolar
que sobreviene al fracaso en los niños de las zonas más
carenciadas, en los chicos con discapacidades, compromisos sensoriales,
problemas emocionales o del desarrollo, enfermedades crónicas,
diferencias étnicas, lingüísticas, religiosas
o cualquier otra expresión de la diversidad. Todos ellos,
niños que hoy podemos considerar en riesgo dentro del sistema
educativo, ya que frecuentemente, en estos casos es la escuela
quien deserta de su población.
El
chico excluido de la escuela no sólo queda por fuera del
sistema escolar, sino que queda desprotegido de toda institución
durante la infancia. Esta exclusión expone al sujeto a
un alto riesgo social en edades muy tempranas, por que al perder
la escuela se pierde la institución contenedora por excelencia
durante la infancia.
De transcurrir su niñez en la escuela, seguramente otro
será el destino de nuestros infantes, y quizás puedan,
el día de mañana posicionarse en el mundo de la
cultura como ciudadanos activos, con instrumentos que les permitan
leer la realidad, pensarla, y en el mejor de los casos transformarla.
Una forma democrática de resolver el costo y la fragmentación
social que padece nuestra infancia supone invertir en un sistema
educativo que garantice la equidad, no la igualdad, de oportunidades
para todos. La cultura pedagógica de la diversidad implica
concebir el abanico amplio y plural que conforma la comunidad
educativa y deponer toda posición selectiva y hegemónica
que aún persiste y está vigente en ciertos criterios
pedagógicos.
Hoy nos convoca construir una escuela que incluya, integre, enseñe
y capacite, que no genere mayor discapacidad, que intente vincular
a cada uno de sus alumnos con el campo de lo social.
Una escuela que pueda trocar los valores del capital económico
que ofrece un futuro mejor tan solo para unos pocos por los valores
del capital humano, de la cultura, del conocimiento, del arte,
del trabajo que abre la puerta a un mundo mejor para muchos más.
La escuela del tercer milenio será la escuela de la diversidad,
de lo diferente, de lo distinto como lo es el escenario del mundo
actual, para así responder a la nueva demanda del amplio
espectro de alumnos que pueblan las aulas.
Necesitamos concebir una escuela inclusiva, pluralista, con mayor
movilidad y flexibilidad, donde sea posible la ubicación
escolar según la necesidades y prioridades que se susciten
en el transcurso del aprendizaje infantil.
Una escuela más amplia, que respete la diversidad de su
alumnado porque la considera un valor educativo, que permita a
cada niño desplegar su deseo e invertir su capacidad y
energía en dar respuesta y solución a los conflictos
subjetivos y cognitivos acorde a sus reales posibilidades. Una
escuela que se pregunte acerca de la modalidad subjetiva de sentir
y aprender y genere un espacio creativo para la construcción
de un futuro posible.