En dos semanas se realizará en la Facultad de Derecho (UBA) el 1er. Congreso Internacional sobre Conflictos y Violencia en las Escuelas bajo el lema “La decadencia de la autoridad”. Participarán profesionales de distintas disciplinas de Argentina, Brasil, Uruguay, México, España, Venezuela, Estados Unidos, entre otros.
En el evento se reflexionará sobre el origen de los conflictos y la violencia que se despliegan dentro de las escuelas; con el fin de establecer estrategias de intervención eficaces para lograr una mejor convivencia en las aulas, entre pares y entre los niños, los adolescentes y los adultos.
En el texto que presentamos a continuación el presidente del Comité Organizador, Fernando Osorio, nos ofrece una introducción a la problemática de la violencia actual y nos introduce en la compleja reflexión acerca de la crisis de la autoridad.
¿Qué sucede en las escuelas?
En la actualidad, los establecimientos educativos soportan, en forma creciente, un despliegue de violencia, maltrato, agresión y amenazas que se desarrolla no sólo entre los niños sino entre los adultos. Hay violencias de diversos modos: física, verbal, psicológica y simbólica de los alumnos entre si, entre docentes con sus alumnos y también, aunque en menor escala, entre docentes y padres. Entender que estos hechos se desarrollan bajo determinadas condiciones sociales e individuales permite establecer un origen y una motivación para luego poder intervenir, con el único objetivo de lograr una resolución pacifica de los conflictos.
¿Qué es la autoridad?
¿Es verdad que, en la actualidad, hay una crisis de autoridad? ¿Se trata de una noción que está en decadencia? Resulta complejo pensar la noción de autoridad porque remite, mentalmente, a las ideas de coerción, orden y obediencia. ¿Cuál es, necesariamente, su singularidad para que podamos diferenciarla de otros modos de imposición? En principio, muchos estudiosos de la filosofía, coinciden que una singularidad es su relación con el esquema de poder - mandato - obediencia. En segunda, instancia la autoridad aparece asociada a la necesidad de ser reconocida. Y, cómo tercera característica la autoridad requiere producción de legitimidad. No obstante, estas tres características no permiten saber sobre qué se asienta la noción de autoridad ni en qué consiste.
La posmodernidad cuestiona y descree de la noción de autoridad porque remite a la tradición y al pasado; que a la luz de los modos de pensar, sentir y hacer actuales, parece resultar algo obsoleto. Según algunos filósofos contemporáneos la autoridad está llamada a desaparecer, tal como le ocurre a la tradición y le está ocurriendo a la religión (Arendt). Por otro lado, también la Autoridad está asociada al poder y la fuerza de la dominación. Sin embargo, y paradójicamente, si la autoridad debe recurrir al uso de la fuerza para la dominación, para imponerse, es porque ha fallado en su legitimidad. Y es justamente por el estado decadente del hombre posmoderno que, la autoridad, es una noción que debe recuperarse para poder analizar y entender lo que le ocurre. Es fundamental descifrar por qué descree de todo, por qué está desilusionado, deprimido y escéptico. Una de las razones por las cuales la noción de autoridad está desapareciendo como un referente de contención y armonía social es porque su invocación no facilita, ni permite, el despliegue de la corrupción y la perversión tan habituales en el poder político. Sin autoridad, en términos de referente de contención, organización y restricción se puede realizar casi, ilimitadamente, cualquier acción. Muchos países latinoamericanos lastimados y dolidos por anteriores procesos dictatoriales han hecho sucumbir la noción de autoridad porque queda asociada a esos regímenes totalitarios y represivos. Y como contrapartida surgen democracias que gobiernan en estado permanente de excepción; de excepción a la regla (léase a las Constituciones Nacionales). Son democracias que se desarrollan en un contexto de ilegalidad legitimada por decretos de necesidad y urgencia y por permanentes estados de emergencia que atentan contra las garantías individuales de los ciudadanos. Cuando los Estados democráticos modernos hacen un uso tan arbitrario de sus atribuciones, o deben acudir a recursos autoritarios de poder y dominación para sostenerse, la noción de autoridad comienza a resquebrajarse; resulta necesario recordar que si la autoridad debe recurrir al uso de la fuerza y a la dominación, para imponerse, es porque ha fallado. Dice Giorgio Agamben: “Estar fuera, y sin embargo pertenecer, esa es la esencia del Estado de Excepción (…) el estado de excepción no es una instancia totalitaria, sino un espacio vacío de derecho, una zona de anomia en la cual todas las determinaciones jurídicas son desactivadas”. Como no se puede encontrar legalidad en un contexto de infracción, se legaliza la trasgresión; sobre todo en el contexto social de saqueo y devastación que ha provocado, en las comunidades, la globalización cultural, política y económica.
Las organizaciones sociales declaran sus avatares cuando se enfrentan a diversos personajes que representan la autoridad; se trate de aquellos que la ejercen o de los que deben hacerla respetar. Esta inestabilidad de las organizaciones sociales lleva al cuestionamiento de las instituciones más formales de un país y así se delibera si se está en un momento histórico en el que la autoridad resulta objetada. Los ciudadanos comunes viven en estado de desasosiego e incertidumbre cuando perciben que se les presenta un mundo que no es más ni duradero ni estable; que las normas se discuten y revén constantemente y las leyes no se cumplen. La imposibilidad de ver el ejercicio de la autoridad como lo que habilita armónicamente al otro semejante en su hacer y decir, provoca severos daños a nivel individual y social. En definitiva la autoridad que no se ejerce provoca el mismo daño que la práctica de un discurso autoritario; arrasa al ciudadano hacia su propia destrucción. Lo resume muy acertadamente Ignacio Lewkowicz: “El Estado era el principal productor mundial de solidez. Las prácticas de globalización disolvieron esa instancia totalizadora de las instituciones sociales (…) el hombre ya no sabe si esta dentro o fuera de lo social”.
Violencia, escuela y sociedad
La escuela actual se ve atravesada por nuevos paradigmas, tales como la irrupción de la violencia callejera, la portación ilegal de armamento, el uso y abuso de sustancias tóxicas legales e ilegales, las transformaciones familiares modernas, la degradación de la palabra del adulto, la declinación de la autoridad paterna, los estímulos excesivos de los medios masivos de comunicación e informáticos, entre otros ejemplos. Todo esto se convierte en un caldo de cultivo propicio para que se desarrolle una trayectoria violenta en la historia de cada sujeto. Esta trayectoria se desarrolla en el ámbito educativo, aunque parezca accidentalmente, porque los niños y los jóvenes perciben que allí habrá un otro que pueda escuchar y leer lo que ocurre, lo que “le” ocurre como sujeto. Su acto no quedará perdido y anónimo como si lo desplegara en la calle. En muchos casos, es probable que el sujeto que desarrolla una trayectoria violenta en el contexto escolar, no tenga conciencia cabal de por qué desarrolla su acto allí. Pero, sin duda, percibe que en ese lugar habrá una respuesta posible para si, aunque esta sea punitiva. Es decir, alguien pone límite a su exceso cuando el entorno familiar se muestra negligente. Una acción violenta, una reacción hostil y hasta un hecho criminal tienen un contexto y una historicidad. No se trata de hechos aislados. Todos, desde el más intrascendente como podría ser una broma de mal gusto o uno grave como una burla discriminatoria en un fotolog, y hasta el más cruel de los actos se desarrollan en una trayectoria subjetiva que los contiene. Una vez analizados los hechos, a posteriori, se puede comprender cómo se gestaron y por qué se produjeron con una modalidad establecida y en un lugar concreto. Nada es fortuito o casual. Los hechos se suceden de una determinada manera porque el protagonista del hecho violento requiere que esas condiciones estén dadas para poder desplegarlo. Lo hechos de violencia dentro de las escuelas respetan esta misma dinámica. Incluso algunos sujetos requieren de la difusión de su acto como una escena perversa ilimitada; tal es el caso de algunos episodios en escuelas norteamericanas en las que los mismos homicidas subieron videos a Internet que adelantaban los hechos criminales posteriores. La sociedad moderna propende a simplificar los hechos y las explicaciones; tiende a desentenderse de la responsabilidad que le cabe en la producción de esos hechos. En la actualidad, se participa como testigos obligados, por momentos impotentes, del modo en el que se desarrollan acciones violentas dentro de los establecimientos educativos. Ya no alcanzan las explicaciones sociológicas ni psicológicas para justificar y entender lo que se vivencia. Los hechos de violencia se suceden en las escuelas sin respetar grupos etáreos, niveles socioeconómicos ni pertenencias comunitarias y culturales. En un continuo compulsivo se va teniendo noticia, casi cotidianamente, de un proceso de agresividad hacia el entorno y hacia el otro semejante, que parece imparable. Si bien los hechos de violencia y de indisciplina han sido parte de la historia del sistema educativo lo que se evidencia en estos tiempos es inédito. Lo que otrora se consideraba indisciplina hoy es casi un juego de niños y los niveles de violencia social, que irrumpen dentro de las escuelas, exceptuando los períodos con gobiernos dictatoriales, superan todo lo medible con la vieja vara del sistema disciplinario. Alertados por estos cambios de la sociedad, en varios países latinoamericanos, se intentaron aggiornar los dispositivos disciplinarios de las escuelas, tal como se hizo en Argentina con la derogación del sistema de amonestaciones que databa de mediados del siglo pasado. Sin embargo los nuevos acuerdos de convivencia institucional quedaron despojados de un poder coercitivo que pudiera frenar el impulso trasgresor de los niños y adolescentes; quienes aprenden a controlar estos impulsos en el transito de su inserción en la cultura y en la sociedad, a través de la vida escolar. Ni la adhesión latinoamericana a la Convención Internacional sobre los Derechos del Niño ni las nuevas legislaciones en educación y protección de derechos del niño, parecen alcanzar para contener tanto desborde.
La percepción que tienen los docentes es la de no saber cómo responder a tanto exceso. Sienten que no cuentan con recursos suficientes y eficaces a la hora de tener que dar una respuesta, que además se les exige desde diferentes ámbitos de la sociedad. Se impone entonces rescatar determinados valores que la modernidad ha devastado con su impronta acelerada para lograr satisfacción inmediata y para conseguir el éxito personal y la belleza física a cualquier costo. Estos valores, casi ausentes en muchos establecimientos escolares, tienen que ver con la participación democrática, el desarrollo de la grupalidad como estrategia de trabajo, el desarrollo de los pequeños grupos para el intercambio y la convivencia, la solidaridad y el cooperativismo. Las escuelas aún tienen la capacidad de rescatar el valor de la palabra de los niños y los jóvenes, rescatar el valor de la opinión diversa, de la discrepancia, de la confrontación serena; como recursos para la resolución pacifica de los conflictos. Esta participación permite una apropiación, por parte de los chicos, de los hechos de violencias individuales y grupales. Y esta apropiación permite, no sólo, intervenir cuando los hechos se suceden sino también y por sobre todo para generar prevención. Situación que se contrapone francamente con los planes vigentes de mediación escolar. La intervención del adulto mediador o la formación de alumnos mediadores sólo son para el momento de las crisis. Y es claro, a la luz de lo que ocurre todos los días en las escuelas, que la responsabilidad no se adquiere otorgando un cargo de mediador al alumno, o interviniendo puntualmente ante un hecho de gravedad, sino trabajando sobre la prevención de la trayectoria violenta. Y para eso se necesita capacitación y compromiso cotidiano de toda la comunidad escolar. El proceso de mediación escolar no permite a los chicos apropiarse del recurso. Es en el trabajo cotidiano y preventivo cuando el grupo contiene y acompaña. Y todo lo que se desarrolla en su seno le pertenece, aún los hechos de violencia perpetrados por algunos de ellos. Es tarea de todos que las escuelas rescaten el valor de la participación democrática, con todos los derechos y las obligaciones que ello comporta, para que los niños se conviertan en ciudadanos del presente y no sólo del futuro.
Invitamos a todos los profesionales que trabajan con niños, niñas y adolescentes a participar en el 1er. Congreso Internacional sobre Conflictos y Violencia en las Escuelas con el objetivo de intercambiar experiencias, proyectos institucionales, propuestas transformadores y estrategias de intervención convencidos de que hay que perseverar en la búsqueda de escuelas y sociedades que abarquen las diferencias y continúen anteponiendo a la violencia, la agresión y la discriminación, las potencialidades siempre vigentes y emancipadoras del diálogo, el juego y las cosas en común.
Andrea Kaplan
Comité Organizador
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