Claves para mejorar la escuela secundaria
La gestión, la enseñanza y los nuevos actores

Claudia Romero (comp.)

 


La mejora en la escuela secundaria
Claudia Romero

La escuela secundaria (1), lo sabemos, necesita ser repensada en forma integral. Más que en ningún otro nivel, las soluciones parciales pueden ser fagocitadas por una matriz institucional fragmentaria y academicista. Se trata de refundar la escuela secundaria, pasar de un modelo selectivo a una escuela para todos, que sea parte de la educación básica y universal. Y entonces, se trata de diseñar otra escuela, de una naturaleza bien distinta.
Es preciso explorar nuevas avenidas acerca de la gestión de la escuela, del currículum, de la formación docente y de funciones como la tutoría y el asesoramiento, con el propósito de favorecer tanto la educación de los estudiantes como la reconstrucción de la identidad profesional de los profesores. Es urgente encontrar las claves, no como formulación secreta para iniciados, sino en el sentido etimológico de “clavis”, llaves que permitan abrir las correspondientes puertas para ingresar a una nueva secundaria. Este libro es un intento en esa dirección.
En las últimas décadas, asistimos a una expansión formidable de la escuela secundaria en América Latina y al surgimiento de nuevas perspectivas que intentan comprender quiénes y cómo son los jóvenes que asisten a ella. Sin embargo, estos fenómenos contrastan con una escuela que, en su estructura y en su cultura permanece prácticamente inmutable o sufre alteraciones y trastrocamientos puntuales, muchas veces violentos y, en ocasiones, de inmensa repercusión mediática.
Pero la expansión no es sinónimo de inclusión ni de distribución equitativa. Si se mira, por ejemplo, cómo se distribuye el capital físico (edificios, recursos materiales, etc.) hacia el interior del sistema educativo en la Argentina, se observa que éste se concentra a medida que se asciende en el nivel económico de la población. La extraordinaria expansión posibilitó en dicho país que los sectores populares ingresaran en la escuela secundaria, pero no que lograran sostenerse dentro de la escuela. Al no haber mayor transformación del modelo escolar, definido inicialmente para educar a una elite, junto al incremento de la matrícula, se produce el aumento del fracaso, la repitencia, el abandono; problemas cuya existencia se ha naturalizado. Además, se observa un fuerte impacto en la cultura escolar que, como veremos, se tiñe de melancolía.
Los índices de fracaso en la escuela secundaria se siguen registrando prolijamente en las oficinas gubernamentales, mientras se insiste en afirmar que los tiempos en educación son lentos, que los cambios tardan mucho en mostrar sus resultados, lo que, si bien no deja de ser cierto para los de algún tipo aunque no para otros, suele convertirse en discurso autojustificador de quienes tienen la función de producir políticas educativas capaces de promover la transformación de este nivel de la educación.
Las reformas en marcha en varios países de la región y la definición de nuevos marcos legales que apuntan a la obligatoriedad de la escuela secundaria como parte de la educación básica, abren oportunidades interesantes para producir transformaciones. Sin embargo, reformas y leyes suelen encontrarse con graves problemas de implementación, toda vez que, como señala Viñao Frago (2001), la lógica de los reformadores, con su irresistible tendencia a la uniformidad, el centralismo, la normalización y el formalismo burocrático, contradice la lógica de los docentes y de las escuelas.
Por su parte, los proyectos de mejoramiento que muchos establecimientos generan en forma autónoma proporcionan prácticas innovadoras que suelen resultar eficaces a escala de la institución que los formula, pero en pocas oportunidades pueden ser generalizados. Al afirmar que necesitamos diseñar una escuela diferente, lo hacemos a sabiendas de que los cambios en educación requieren de “iniciativas desde abajo con apoyos desde arriba” y que proceden con una lógica de reconstrucción, que implica reconocer el peso de la tradición, la historicidad de las prácticas y la improbable eficacia de una gestión burocrática o voluntarista. Si es preciso demandar cambios en los apoyos de la política y administración educativas, paralelamente las escuelas, como organizaciones, tienen que llevar a cabo proyectos educativos dirigidos a incrementar los niveles de aprendizaje y de éxito de sus estudiantes.
Si algo ha de enseñar la escuela secundaria del siglo XXI es a participar de la vida ciudadana en democracia y a aprender sistemáticamente en un mundo que marcha, indudablemente ya, en la dirección del aprendizaje permanente. Pero, ¿cómo pueden apropiarse las escuelas secundarias que tenemos de estas funciones legítimas? ¿Qué caminos tienen que recorrer las instituciones y sus docentes?
Decíamos hace un tiempo que existen dos grandes desafíos para la educación secundaria: el de la democratización y el de la transformación.
El de la democratización es el desafío de incluir la diferencia para excluir la desigualdad. La gestión escolar asume así una finalidad especialmente ética, a la que se subordinan las decisiones políticas y técnicas. El de la transformación es un desafío a la capacidad de operar dramáticamente en las profundidades. Transformación dramática de los sentidos, “actuar en situación” y en la turbulencia de las crisis. Transformación de la gramática escolar pero también de la gramática del cambio, que en sus diversas perspectivas desjerarquiza y desprofesionaliza a los docentes o dobla sus espaldas, haciéndolos responsables de todos los problemas y de la totalidad de los cambios.
Democratización y Transformación son desafíos urgentes de la escuela secundaria que implican cambios en la gestión, en el currículum, y que describen nuevos actores y funciones. Es sobre estos desafíos que se abren las claves de este libro.

Esta obra reúne el pensamiento de especialistas que realizan su aporte de manera articulada. Parte de un consenso inicial acerca de las notas críticas de la escuela secundaria y comparte un horizonte de sentido. Cada autor, con su estilo, argumenta acerca de la clave que desarrolla y pasa del análisis a la propuesta, teniendo como interlocutores privilegiados a los actores escolares: esos que hacen la escuela día a día.
Los autores coinciden en reconocer que no basta el acceso a la Educación Secundaria. Lo importante es asegurar los aprendizajes básicos, de modo equitativo, a toda la población. Diversos informes de los últimos años, tanto de la Unión Europea como de América Latina, sitúan el aprendizaje de los estudiantes como el objetivo en el que deben concentrarse los esfuerzos en las próximas décadas. Se trata de garantizar el derecho a la educación de todos los alumnos, entendido como la adquisición de aquel conjunto de competencias necesarias para su realización personal, para ejercer la ciudadanía activa e incorporarse a la vida adulta de manera satisfactoria. Las políticas educativas actuales de “éxito educativo para toda la población” provienen de una doble convicción, al tiempo que constituyen una necesidad: (a) garantizar a todos los alumnos, una amplia escolaridad, reduciendo al máximo el abandono prematuro; y (b) asegurar la adquisición de aquellas competencias básicas que le permitan integrarse en la sociedad del conocimiento sin riesgo de exclusión.
En el primer capítulo, Claudia Romero presenta a la escuela secundaria en estado de “transición” y repara en el tono melancólico que caracteriza la malaise que, en las últimas décadas, la aqueja en casi todo el mundo. El sufrimiento por la pérdida de roles ideales (de alumno, de docente, de escuela, de familia) y por la función selectiva de la escuela secundaria aluden a la pérdida de sentido, a la crisis de identidad. “La transformación de la identidad profunda de la escuela secundaria, de su gramática y de sus sentidos, es producir la conversión en una experiencia auténtica de la escolaridad de los jóvenes, esa es la tarea urgente”, se afirma. Para ello, habrá que incidir en los principales factores que influyen en lo que aprenden y cómo lo aprenden. Pero sin olvidar que de todos ellos la escuela como organización desempeña un papel de primer orden.
Las salidas se dirigen, como señala Bolívar, a una “flexibilidad en su diseño organizativo” y, como propone Daniel Feldman, a “flexibilizar la matriz curricular actual”. En lugar de una organización rígida, donde predomina el individualismo, el trabajo rutinario o la burocracia; otros modos de trabajar cobran sentido, caracterizados por la colegialidad y la cooperación, la práctica reflexiva, el liderazgo compartido. La autonomía profesional ha tocado límites y, como reclama Bolívar en su trabajo sobre una gestión interactiva, se impone la labor en equipo, el profesionalismo colectivo (o, mejor, la comunidad profesional de aprendizaje) como una de las bases más firmes para la nueva identidad docente. En contrapunto, la creación de espacios de autonomía y márgenes de decisión para los estudiantes puede, al decir de Feldman, “parecer muy laborioso y tensar en exceso las fuerzas de la institución… sin embargo, en plazos razonables, puede crear una economía de esfuerzos porque el traslado de responsabilidades permite que cada actor atienda mejor los problemas que le son propios”.
Los cambios en el currículum de la escuela secundaria suelen asociarse con mejorar o actualizar la definición de los contenidos de enseñanza. Y si bien se trata de una operación central en la mejora, no alcanza para alterar significativamente el dispositivo pedagógico de la secundaria que estructura la experiencia escolar de los alumnos, como señala Feldman. Se requiere alterar, además, otras dos cuestiones centrales en el currículum de la secundaria: la organización del tiempo y el tipo de agrupamiento de los alumnos.
Pero también se vuelve imprescindible garantizar un clima de aprendizaje a través de la generación de ambientes enriquecidos, de espacios y recursos polivalentes y multifuncionales que incluyen las tecnologías de la información y la comunicación, entre otros aspectos. Ésta es la clave que aporta Mariano Palamidessi y explica: “para generar alternativas sustentables a la ‘pedagogía centrada en el profesor’, típica de una enseñanza secundaria enciclopedista-humanista que se ha ido degradando, el ambiente requiere la puesta en juego de una diversidad de modos de enseñar y de mayores dosis de interactividad (…) En una sociedad crecientemente tramada por redes electrónicas, una política de enriquecimiento de ambientes y recursos a nivel institucional no puede operar solamente al modo tradicional (por concentración de equipos en lugares fijos y acumulación de textos). Debe, además, escanear en forma permanente el medio ambiente para buscar recursos en función de sus necesidades”.
La función de tutoría es la del acompañamiento cercano, personal, amistoso durante el camino escolar. Es extremadamente compleja y rica y, sobre todo, es una “función sofisticada”. Decimos que es sofisticada en el sentido de que no es natural, que colisiona con la matriz de escuela selectiva preexistente y que, en consecuencia, requiere de un artificio técnico para desarrollarse. Patricia Viel desarrolla la tutoría como una estrategia institucional de acompañamiento a los jóvenes mientras transitan la escolaridad secundaria. La tutoría, como función que organiza una mirada integral sobre el proceso educativo en el ámbito escolar y sobre el estudiante, actúa justamente alterando la matriz de la escuela secundaria. La fragmentación está en la base de la organización de este nivel educativo. Es la concepción misma del currículum, de la organización social y laboral de los docentes y, entonces, desarrollar una función que apunte a integrar es alterar algo del ADN de la escuela secundaria, algo de su gramática profunda. Además, la tutoría es una función transversal, abierta a configuraciones múltiples y esto le otorga un enorme potencial innovador en este nivel.
La riqueza de la función de tutoría no puede, entonces, quedar reducida a un cargo y a un espacio dentro del horario escolar; esto sería dejarla subsumida a la matriz de fragmentación, lo que suele suceder en muchos casos. La tutoría ha de estar distribuida y tiene que acompañar la función docente. De poco sirve que se carguen las pesadas deudas de la escuela secundaria en las espaldas de algunos pocos tutores. Tarde o temprano se quebrarán. El esfuerzo deberá centrarse cada vez más en construir una función docente solidaria con la de tutoría, más que colmar de atribuciones a un rol de tutor.
La misión de educar, de modo equitativo con los niveles máximos de consecución, a todos los estudiantes, en una población crecientemente desigual, diversa y multicultural, plantea nuevos desafíos a la acción docente, que alteran profundamente el rol tradicional de los educadores en la escuela secundaria: transmisión de información, trabajo recluido al aula. Ahora es necesario comprender profundamente la operación pedagógica de enseñar a toda la población escolar, en lugar de a una minoría seleccionada, contando con la diversidad de los propios alumnos, que se ha incrementado, por lo que no caben tratamientos homogéneos. La formación docente es una clave.
La formación habitual del profesorado de secundaria ha oscilado entre dos polos: el disciplinar, centrado en conseguir una maestría en el saber de una materia o disciplina; y el pedagógico –en gran medida desvalorizado frente al primero–, dirigido a proporcionar modos de enseñar, gestionar el aula y, más ampliamente, educar. La mejor formación es aquella que integra, desde el comienzo, ambas dimensiones. Pero que, además, toma la realidad escolar en su enorme complejidad e imprevisibilidad, como territorio de la formación. Andrea Alliaud, en el capítulo destinado a la formación docente, asegura: “los problemas propios del ‘pantano’ (al decir de Schön) son complejos y poco definidos, y para enfrentarlos son necesarios ciertos saberes o competencias pedagógicas que la formación tiene que encargarse de asegurar. No es suficiente entonces aumentar las horas de práctica en los planes de estudio. Se trata de otra concepción formativa en la que recurrir al terreno pantanoso (mediante distintas estrategias pedagógicas) constituye una necesidad”. Y concluye: “es importante, entonces, concebir la formación docente como un terreno de investigación, donde la prueba, la experimentación, contribuyan a proporcionar herramientas sólidas que permitan no sólo tolerar sino hasta sacar provecho de lo imprevisible, de las sorpresas. Marcos conceptuales sólidos, saberes prácticos que permitan accionar y también reflexionar sobre lo que se está haciendo”.
La mejora escolar no opera por demolición, sino, insistimos, por reconstrucción. La tarea es mejorar la escuela secundaria a partir de la que existe, con los docentes que tenemos y los que se están formando, ofreciendo nuevos marcos organizativos y nuevas condiciones laborales. El trabajo de mejorar es deliberado, intencional; se plantea metas y busca resultados y requiere, también, estrategias específicas. La función de asesoramiento escolar, interno y externo, cobra entonces relevancia y se reviste de características novedosas. En el capítulo referido al “Asesoramiento y mejora escolar”, Antonio Bolívar y Claudia Romero reconocen la doble tarea del asesoramiento: apoyar procesos de desarrollo curricular, tanto a nivel de la escuela como organización como de los problemas específicos que puedan surgir a nivel del aula, y advierten sobre la necesidad de forjar nuevos estilos de trabajo entre asesores y asesorados: “en lugar de enfoques técnicos, expertos o clínicos, el servicio de asesoría aspira –por una parte– a posibilitar el desarrollo organizativo de las escuelas como tarea compartida y colegiada; por otra, a ejercer la función de dinamizador de la vida escolar, por medio de una autorrevisión de la propia realidad, y de apoyo en la búsqueda y compromiso común en la resolución de los problemas”.

Por último, esta obra es un proyecto conjunto que, además del trabajo de los autores, recoge el esfuerzo de otras personas que lo hicieron posible y mejor. Queremos agradecer a Daniel Kaplan, por su entusiasmo en acompañar la idea inicial, por ser el anfitrión de aquella conversación entre los autores que se recoge en el epílogo y por su atenta lectura de los originales. También agradecemos a Natalia Zacarías por colaborar en la organización y en la edición del libro y por aportar claridad en las sucesivas lecturas de las sucesivas versiones.
Este libro está dedicado a quienes hacen el día a día en la escuela y a quienes tienen en sus manos el poder o el deber de ayudarlos.

Nota
1. En adelante, denominamos escuela secundaria al nivel escolar formal que prosigue a la educación primaria y que está destinado a los jóvenes entre 13 y 18 años.

 

 



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