Prólogo
de Luis Felipe Brito Soto
Desde el principio
de su texto dice Alicia Grasso: “el silencio de la corporeidad
es abrumador, gritan los ruidos de las pelotas picando, bullicio
y exclamaciones de juegos, estrépitos de carreras, alborotos
de ritmos, estampidas de partidas, estruendos de llegadas, agitación
de actividades y ecos de ejercicios. Sonidos estridentes acordes
con la formación positivista y empírica de los profesores
que no permiten una escucha corporal”. ¿Cuál
es el llamado? ¿Por qué no permitimos esa escucha
corporal? ¿Qué reflexiones me provocó el
planteamiento de Alicia? Muchas, no las comentaré todas,
sólo las más significativas y con las cuales, a
partir de mi experiencia docente, coincido plenamente para evitar
el silencio de la corporeidad.
Desde hace mucho tiempo, la educación física ha
enfatizado la educación del movimiento, educar al cuerpo,
educar lo físico, buscar la eficiencia, el utilitarismo
y apostar fuertemente a la depuración de la destreza, ya
sea por medio de los juegos, la iniciación deportiva o
los propios deportes. El asunto ha sido mensurable. Además,
la actividad física se ha unido a la publicidad y se encamina
sólo a mirar el cuerpo y su apariencia.
Desde esa perspectiva no es difícil encontrar las prioridades
que actualmente la actividad física se ha impuesto. Y esto
no es del todo negativo, por el contrario, hay que reconocer y
subrayar que la actividad física ha tocado siempre dos
ámbitos: uno referido al cuerpo y su movimiento que reivindica
al trabajo -donde la educación física se ha concentrado
más-; el otro, silenciado, alude a la integración
de la corporeidad, del cuerpo vivido, a la expresión de
la motricidad. Es en este segundo ámbito donde no se escucha
lo corporal. Aquí aparece el primer intento de la autora
por modificar el significado pedagógico de la educación
física y reivindicar los aprendizajes profundos que brinda
nuestra especialidad.
La motricidad, para decirlo brevemente, implica la personalización
y humanización del movimiento; es el hombre quien proyecta
ideas, vivencias y sentimientos a través del cuerpo y no
sólo expresión de la técnica. Un saludo -dice
el psicoanalista argentino José Bleger- puede ser un gesto
de desprecio o una señal de acercamiento.
El trabajo de Alicia nos permite organizar y comprender que en
la motricidad hay gestos, porte y códigos que le dan forma,
sentido y significado a la corporeidad. A través de los
gestos encontramos y comunicamos muchas ideas, sentimientos, intereses;
hay formas de saludar, mirar, asentir, escuchar, que en conjunto
forman la identidad personal que aprende y constituyen la cultura.
Reivindican -los gestos- una forma de ser, de pensar, de sentir.
Esta gestualidad ¿la trabaja la educación física?
Es decir, ¿motivamos a nuestros alumnos a reflexionar y
conocerse, a observar sus actitudes y la manera en que se expresan
través del lenguaje corporal, a comprender los mensajes
y modelos publicitarios, a reconocer la expresión de los
otros compañeros y la moraleja de todo ello?
El porte -según Alfredo Furlán y la misma Alicia
Grasso- se construye socialmente. Hay prestancias diversas y bien
determinadas (político, jefe, subordinado, obrero). En
la escuela: maestros y alumnos. ¿Qué mensaje encierra
la contienda deportiva al provocar ganadores y perdedores? Creo
que el análisis proxémico y gestémico de
la motricidad, propuesto en el texto, nos ayuda a responder al
interrogante y al llamado de la identidad corporal.
Los códigos transmiten también un mensaje con respecto
a lo corporal. La danza, los deportes, los juegos, la actividad
al aire libre poseen una legitimación y un lenguaje. No
todos pueden jugar al tenis, la natación no es práctica
regular de sectores amplios de la población, el posicionamiento
de ciertas formas de la danza pertenece a la elite, a lo escolar
le corresponde sólo lo festivo, lo folclórico. Y
qué decir del desmesurado afán de la orientación
tradicional de la educación física, que se encamina
a tratar de depurar la destreza y ciertas habilidades físicas
mediante gestos técnicos deportivos que preconizan una
idea de educación y formación de lo físico.
El cuerpo y el movimiento se relacionan con el medio, son el contacto
con el mundo y con los elementos materiales, gracias a ellos se
aprehende la realidad. ¿Hasta dónde la educación
física hace del movimiento una vía de comunicación,
de intercambio y de interacción con uno mismo y con los
demás que permita la integración de la corporeidad?
¿Cómo y de qué manera hace del cuerpo la
reivindicación de un territorio propio, personal? Éstas
son algunas de las preguntas que formula la autora para indagar
en la corporeidad silenciada.
“¡Mira, maestro, ya puedo hacer esto!” ¡Cuánto
encierra ese "mira, maestro...!", fíjate, es
mi conquista, soy capaz de hacerlo, me siento bien, yo lo puedo
hacer así, de esta manera lo hago, así soy yo.
La educación física está esforzándose
por reedificar lo corporal -principal aportación de los
trabajos de Grasso-, mirar lo emocional, tomar en cuenta a la
corporeidad como base de los aprendizajes que se generan de la
acción motriz. La propuesta es hacer, del movimiento, un
conjunto de acciones y ambientes de aprendizaje que estimulen
la comunicación e intercambio entre las personas que participan
en las sesiones de nuestra asignatura.
Ya lo anunciaba el maestro español José María
Cajigal, el cuerpo humano es la estructura básica de la
personalidad, educar al hombre corporal. Y éste no es un
asunto fácil, hay que abandonar en educación física
los dualismos y reduccionismos fisiológicos como la única
vía de la formación de lo corporal. Entonces hay
que dirigirse al cuerpo pensante, a la motricidad inteligente,
al cuerpo vivenciado, al propio cuerpo. El cuerpo y la corporeidad
son el vehículo del tiempo y el espacio, por el que el
espíritu se realiza y mediante el cual se reivindica buena
parte del acontecer cultural.
Educar lo físico significa, en un sentido amplio, apropiarse
de uno mismo con el cuerpo propio, es decir, relacionarse con
él, valorarlo, conocerlo, comunicarlo, vivenciarlo y dominarlo
para enriquecer la personalidad. Empresa no exenta de dificultades,
acostumbrados como estamos a una práctica de la actividad
física que enseña técnicas, que adiestra,
encandilada con ciertas cualidades físicas.
Ya antes dejé dicho que nuestra especialidad busca con
mayor intensidad incidir en la identidad corporal que en ver a
la corporeidad como base del aprendizaje de la educación
física.
Otra estructura conceptual de identidad corporal que llamó
mi atención fue la revisión de las concepciones
que hasta hoy prevalecen en las sesiones de educación física.
Destacaré -con el afán de seguir con la demanda
de Grasso- dos influencias que siguen rondando en los patios escolares.
Cada una de éstas debe considerarse como corte o momento
que permita comprender dónde y cómo podemos contribuir
a la integración de la corporeidad como base del aprendizaje
que despliega la acción motriz y qué es lo que debemos
desterrar de nuestra práctica docente. Cabe aclarar que
cada aspecto tiene necesariamente explicaciones inmediatas en
la concepción pedagógica que los profesores tenemos
en torno a la plusvalía de la actividad física.
El primero tiene que ver con una concepción de enseñanza
que considera a los niños y adolescentes como un receptáculo
que habrá de llenarse con nuestra experiencia y sabiduría.
Aquí se enseña y educa el movimiento y se destacan
las destrezas que los alumnos no poseen: “miren, ésta
es la mano derecha, la otra es la izquierda…”, “correrán
por entre las banderolas…”, “hay que botar la
pelota primero con una mano, después con la otra…”.
En esta concepción se encuentra la pedagogía del
modelo basada en la demostración y repetición. Esta
primera influencia se manifiesta claramente en el dualismo cuerpo-mente,
responde a una visión eficientista del cuerpo humano -¿o
será cuerpo máquina?-, e insiste en las capacidades
condicionales y coordinativas. ¿No será que los
niños ya están cansados de saltar dentro y fuera
del aro?
El posible antídoto -afirma la autora- es mirar la expresión,
la exploración y el descubrimiento motriz. Cómo
y de qué manera los niños y adolescentes reconocen
sus alcances, si sus cometidos y acción motriz son inhibidos
o espontáneos, si construyen o sólo repiten, si
disfrutan o sólo simulan. Las partes del cuerpo, y mucho
menos la corporeidad, no se aprenden ni se integran con mencionarlas,
es necesario, por el contrario, vivenciarlas, escucharlas, sentirlas.
La segunda influencia conceptual, en la transposición didáctica
de nuestra especialidad, tiene un cariz biológico y se
apoya en la visión del rendimiento. Su precepto central
busca el gesto enérgico que implica la iniciación
deportiva y la buena ejecución. Su orientación pedagógica
descansa también en la eficiencia. Si observamos esta forma
de abordar lo didáctico, desde lo que sugiere Pierre Famose,
se diría que la percepción de la dificultad de la
tarea -que en última instancia proporciona al sujeto la
sensación de competencia en el plano motriz- es anulada
desde el comienzo, pues cuando el maestro anuncia una tarea definida,
concerniente al reconocimiento de sí mismo, los procesos
de aprendizaje y reconocimiento se ven afectados.
Para contrarrestar estas influencias, es necesario reflexionar,
junto con la presente obra, en las distintas opciones para integrar
la corporeidad. En este contexto, Alicia Grasso con la colaboración
de Beatriz Erramouspe nos invita a analizar y hacer un recorrido
por ese territorio personal: el cuerpo, para construir “la
identidad corporal desde la cabeza, con el rostro, con la boca,
los ojos, el tronco, los brazos, las manos, las piernas y los
pies, teniendo en cuenta los significados y significantes del
cuerpo y de cada una de sus partes”.
La apuesta está hecha, el desplazamiento conceptual también.
La comunicación desde el cuerpo, y desde su interior, junto
con la gestualidad, es un tema que promete un desarrollo significativo.
Aquí radica la importancia del trabajo de Grasso, pues
propone, avanza, señala un camino.
Para cerrar estas líneas, me sumo al empeño de la
autora por terminar “con la discriminación explícita
e implícita en la clase, donde sólo aprenden y participan
los mejores, los hábiles, los que responden al modelo impuesto,
mientras el resto transcurre en actos fallidos, errores y frustraciones
que los llevan a odiar la materia y a creerse ineptos, cuando
en realidad se les ha estado intentando enseñar desde un
modelo que no deseaban ni podían aprender”.
Luis Felipe
Brito Soto