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Enseñar
y aprender en grupos cooperativos
Comunidades
de diálogo y encuentro
Daniel
Stigliano y Daniel Gentile
ISBN:
987-538-173-X
Pags.: 112
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Aspectos
relativos a la cooperación, el diálogo y el encuentro
Javier
Ríos
Primera
pista: lo ético-político
El
acontecimiento educativo es una praxis social. Si bien el texto
[Enseñar y aprender en grupos cooperativos] es una obra muy didáctica,
de fondo se expresa una posición ético-política respecto de nuestras
acciones educativas. Hay una reflexión profunda sobre las prácticas
de aula, sobre los valores, sobre la vocación educadora, sobre
una escuela democrática y me siento identificado con ellas pues
fueron compartidas en distintos encuentros, charlas, clases y
mates con los Danieles. Con respecto a esta pista me voy a permitir
reflexionar el concepto de cooperación. Y para esto comenzará
con un ejemplo: si viésemos cuando empieza la temporada invernal
cómo las aves migran dirigiéndose a un lugar más cálido para pasar
el invierno, habrá que fijarse como vuelan en V y por qué lo hacen
así. Sucede que la bandada aumenta en un 71% el alcance del vuelo
con relación al ave que vuela sola. Primera selección: volar en
grupo permite llegar más rápido y fácilmente a destino porque
ayudándonos entre nosotros los logros son mejores. Cuando un ave
sale de la formación siente la resistencia del aire y la dificultad
de volar sola. Entonces, rápidamente retorna a la formación para
aprovechar la menor resistencia del aire en el vuelo en grupo.
La segunda lección: permaneciendo unidos a nuestro equipo, a nuestro
grupo, dispuestos a aceptar y ofrecer ayuda, el esfuerzo será
menor, será más sencillo y placentero alcanzar las metas. Los
resultados serán mejores. Cuando el ave líder se cansa, se traslada
al final de la formación mientras otro asume la delantera. Siguen
volando en V. La tercera lección: hay que compartir el liderazgo,
los problemas y los trabajos más difíciles. Cuando un ave se enferma,
está herida o cansada y debe salir de la formación, otras salen
de la formación y la acompañan para ayudarla y protegerla y permanecen
con ella hasta que muere o hasta que es capaz de volar nuevamente
y alcanzar al grupo, o de integrarse a otra formación. Cuarta
lección: estemos unidos y colaboremos pese a la diferencia, tanto
en los momentos de dificultad como en los de esfuerzo. Si hacemos
realidad el espíritu de equipos y nos apoyamos mutuamente, si
pese a las diferencias logramos trabajar juntos y en forma constructiva,
si apoyamos a los que tienen más dificultades, el trabajo será
más simple y el vuelo hacia el objetivo más placentero.
¿Cuáles
son las diferencias entre aprendizaje colaborativo y cooperativo?
Estos dos términos muchas veces son utilizados como sinónimos
y si bien tienen una connotación similar es necesario diferenciarlos
ya que no implican las mismas acciones. La premisa básica de ambas
posturas está fundada en el enfoque constructivista. Sin embargo,
el aprendizaje colaborativo responde al enfoque socio-cultural
y el aprendizaje cooperativo a la vertiente piagentiana del constructivismo.
Estos enfoques tienen algunas características que los diferencias
notoriamente. Podemos decir que cada postura representa un extremo
de los procesos de enseñanza y de aprendizaje, que va de ser muy
estructurado por el profesor en el cooperativo hasta dejar la
responsabilidad del aprendizaje en gran medida en el estudiante,
en el colaborativo. El aprendizaje cooperativo requiere de una
división de tareas entre los componentes del grupo, quienes se
dividen la tarea y asumen la responsabilidad de encontrar la solución
a la parte que les corresponde o de desarrollar la investigación
acerca de la misma. En otras palabras, cada alumno se hace cargo
de una parte y más tarde, una vez completada la tarea, se ponen
en común los resultados. Ambos enfoques -el colaborativo y el
cooperativo- representan diferentes dimensiones del proceso de
aprendizaje. El cooperativo, mucho más estructurado por el docente,
se desarrolla en una dimensión de tarea mediante la utilización
de conocimientos operativos básicos que permiten completar satisfactoriamente
la meta propuesta. A diferencia del colaborativo, que lo hace
en una dimensión de procesos en los cuales es central la responsabilidad
del alumno y el autocontrol sobre los procesos cognitivos. La
premisa básica de ambos enfoques es la conformación de un grupo
con objetivos prefijados de trabajo académico, pero las acciones
desarrolladas se diferencian ya que el grupo cooperativo tiene
una actitud más pasiva, espera a que el docente organice el trabajo
e indique los pasos a seguir. Éste último, no solo brinda los
lineamientos y las reglas del trabajo, sino que controla al grupo
durante todo el proceso, corrigiendo errores y solucionando conflictos.
En otras palabras, la negociación y la transacción de significados
se realiza entre el docente y el grupo. Esto no sucede en un verdadero
grupo colaborativo que trabaja en forma activa, dado que el docente
solo orienta a través de premisas iniciales básicas dejando al
grupo la responsabilidad de la tarea. De esta manera la tarea
se convierte en un proceso de auto-aprendizaje. Es posible que
el aprendizaje colaborativo requiera de mayor experiencia académica
y de mayores habilidades comunicativas de los estudiantes involucrados.
Los alumnos colaboran entre ellos y con el docente en la construcción
del conocimiento. En este paradigma, docentes y alumnos aprenden
y ninguno de ellos es el depositario definitivo del conocimiento.
Nadie centraliza el saber. En el proceso colaborativo todos los
involucrados son pares y están en situación de cumplir con el
rol de generar conocimiento. En cambio, los alumnos que cuentan
solo con conocimientos operatorios básicos, demandan una guía
permanente de parte del docente, se sienten más cómodos en un
contexto estructurado que les ayude a resolver los problemas.
Es decir que en el enfoque cooperativo los alumnos consideran
al docente como el depositario de los saberes válidos o legalizados
y como el responsable del proceso de aprendizaje. Generalmente
la motivación es de tipo extrínseca.
Me parece interesante pensar en esta dupla cooperación-colaboración
focalizándola como un continuum y no como un versus. Esta mirada
nos permite acercarnos a los procesos que realizan los alumnos
y también nosotros, los docentes, cuando interactuamos en/con
un determinado curso. El objetivo siempre tiene que ver con el
logro de un aprendizaje autónomo y lograrlo implica un proceso.
En este caso asimilo autonomía al proceso colaborativo que se
establece entre docentes y alumnos después de pasar, a veces rápidamente
y otras con lentitud, por un trabajo de cooperación heterónomo,
más centralizado por el docente.
¿Se puede comenzar por el trabajo colaborativo sin pasar por el
cooperativo? Creo que no, por eso planteo la idea del continuo
entre ambos.
Segunda
pista: lo antropológico
Cuando
hablamos de grupos nos referimos a un contexto vincular y vinculante.
Esto es, un lugar para acoger al otro, para recibirlo. En esto
conviene seguir a Emmanuel Levinás: “abordar a otro en el discurso”
-se lee en las primeras páginas de Totalidad de infinito. Es acoger
su expresión en la que desborda en todo momento la idea que de
él pudiera llevar consigo un pensamiento. Es pues recibir de otro,
más allá de la capacidad de yo, lo que significa exactamente tener
la idea de lo infinito. Pero esto significa también ser enseñado,
la relación con otro es una relación ética pero ese discurso acogido
es una enseñanza. Pero esta no viene de la mayeútica socrática,
viene del exterior y me aporta más de lo que contengo. No se puede
aprender o percibir lo que quiere decir recibir sino a partir
de la acogida abierta u ofrecida al otro. La palabra, como manera
de hablar, manera de hacer con la mano tendida dirigiéndose a
otro, para darle al otro, a veces de comer, a veces un saber.
La aceptación y acogida del otro pone en juego mi libertad y la
justicia. El otro que se recibe no es el usted de un rostro que
se revela en una dimensión de altura o de poder; sino que es un
tú de la familiaridad. Es lenguaje silencioso, entendimiento sin
palabras, expresión en el secreto. En el encuentro con los otros
formamos la dimensión de la “nostridad”, el itinerario del yo
al nosotros. Precisamente por estar expresados en vocablos elementales
como son los pronombres personales muestran el dinamismo de la
inteligencia y la querencia sentiente propia de cada hombre hacia
el nosotros, armonizando la egoidad y la alteridad en la “nostridad”.
Aquí las comunidades de encuentro y de diálogo cobran una dimensión
ontológica, fundamental para la comprensión de la persona humana.
La
tercera pista: el mero estar
Solo
podemos descubrir los rostros de los otros superando la individuación
del ser. Desde una perspectiva de pensamiento latinoamericano
propongo el estar, porque desde ese estar, esa presencia práxica
en las comunidades haciendo un camino ético-político-educativo,
podemos contribuir al crecimiento y desarrollo de la persona de
nuestros educandos. Quiero terminar con unas palabras de Paulo
Freire: “el ser que se sabe inacabado entra en un permanente proceso
de búsqueda. Yo soy inacabado, el árbol también lo es. Pero yo
soy más inacabado que el árbol porque lo sé. Como consecuencia
de mi ser inacabado me inserto en un movimiento de búsqueda. No
hay búsqueda sin esperanza”. Y yo les auguro a los autores que
sigan buscando y nos deleiten prontamente con una nueva obra que
nos ayude a desarrollar la esperanza.
Aspectos
relativos a la didáctica
Fabián
Otero
El
texto Nostalgia del maestro artesano cuenta como los artesanos
en el medioevo les enseñaban a sus discípulos. Pero estos maestros
artesanos medievales nunca contaban su secreto, porque contarlo
significaba que el discípulo copiara la originalidad del artesano
y acabara con ese artesano, en esa comunidad. Este relato me sirve
porque la presentación de este libro por parte de un ex alumno
que es Daniel Gentile implica, no que descubrió un secreto mío,
sino que descubrió sus propios secretos y descubrió secretos junto
con otros y a partir de esto nos ofrece y pone a discusión pública
estos secretos. Voy a hablar desde un abordaje didáctico. De la
lectura del texto voy a trabajar cuatro cuestiones que me parecieron
significativas y voy a cerrar con un epílogo, deseo o prospectiva.
La primera idea que me resulta interesante para pensar la clase
que recorre todo el libro, es la idea de la dimensión grupal de
la enseñanza. Los autores retraducen esta idea en el sentido de
constitución comunidades de diálogo y encuentro. Y atan a esa
constitución la cuestión de la vincularidad; que es una clave
interpretativa sumamente interesante para salir de algunos atolladeros
educativos en los cuales nos encontramos hoy. En esta primera
idea de la dimensión grupal es muy importante reconocer el espacio
del aula y de la institución educativa como espacios constitutivos
de la grupalidad en oposición a espacios y aulas que son constitutivos
de una mera serialidad o de una sumatoria de individuos despersonalizados.
Hay instituciones y aulas que despersonalizan. El texto apuesta
fuertemente a esta grupalidad y propone el desafío de posicionarnos
o construir espacios comunitarios mediante el diálogo y el encuentro
desde donde se entrama la vincularidad. En este sentido, los otros
nos constituyen como sujetos, como personas. Somos, a partir de
la mirada de las y los otros. Pero somos en la medida en que hacemos
un espacio para que la otra y el otro entren en nuestra vida.
Otro/otra que es un adolescente, un niño, un padre. Esto significa
que lo reconozco, lo significo. En términos de Violeta Parra,
“en las multitudes a quien que yo amo”. Esta es una clave de lectura
muy interesante. ¿Qué pasa con los adolescentes y los padres en
el encuentro con los educadores, hoy, en las escuelas? ¿Es necesario
repactar, tomar distancia, atrincherarnos, excluirnos…? Son preguntas
en sintonía con el tipo de preguntas que aparecen en el texto.
El tema de la grupalidad en oposición a la serialidad no está
dado, sino que es permanentemente un proceso. Por lo tanto, los
autores nos invitan a entusiasmarnos con esta idea trabajosa de
construir grupos. Esta idea de ir en pos de construir se da de
bruces con la retórica discursiva permanente de las comunidades
educativas en donde muchas veces no existe la intencionalidad
de un verdadero trabajo desde la grupalidad; o peor se choca cuando
el discurso institucional o del aula es “somos una gran familia”,
donde habría que preguntarse quiénes son los menores y quienes
los mayores en esa “familia”. De alguna manera la propuesta de
construir la grupalidad nos opone al sesgo de una militancia individualista
muy fuerte en los ‘90 ligada a los consumismos compulsivos de
nuevas tecnologías de la información y la comunicación y nuevos
lugares de placer. La construcción de la grupalidad es una respuesta
importante e interesante contra unos disvalores que aparecieron
fuertemente desarrollados e instalados en nuestra sociedad a partir
de la debacle menemista. Los autores apuestan fuertemente a la
constitución de culturas colaborativas docentes al interior de
las escuelas. En la década de los ‘80, Giroud, mostraba que las
aulas en los Estados Unidos tienen una retórica muy fuerte de
construir grupos cooperativos pero militan fuertemente en pos
de un individualismo acérrimo. Instalando estas culturas colaborativas
docentes, el docente portará estas experiencias a otras instituciones.
Las portará a otros espacios de vida y quizá esto nos ayudará
a humanizar más las tramas vinculares. Unido a esta cuestión de
la dimensión grupal los autores, con muy buen tino, hablan del
trabajo institucional. La clase se encuentra atravesada por la
institución. Es de alguna manera utópico pensar que yo cierro
la puerta y la institución no aparece; porque aparece. Las instituciones
funcionan muchas veces bajo la lógica del “como si…”: hacemos
como que no sabemos pero todos sabemos cómo trabaja el colega
y lo que acontece porque mi hijo, el vecino, los chicos te dicen
“yo con esta no ví nada” y terminamos sabiendo todo de todos pero
jugamos a un “como si…”. El atravesamiento institucional nos ata
también a otros tipos de atravesamientos que circulan en las aulas
y en las escuelas: los sociales, los políticos y los económicos.
Los autores no subrayan mucho esto y quizá sería bueno hacer algunas
referencias a estos temas. Algunas preguntas interesantes a partir
de esta dimensión de la grupalidad: ¿Cuáles son hoy los facilitadotes
u obstaculizadores de la grupalidad en el aula y, concretamente,
en las escuelas? Las actuales condiciones laborales del docente
en la Escuela Media, ¿favorecen la constitución de estos entramados
grupales en el aula y en las instituciones? ¿No caeremos nuevamente
en discursos voluntaristas docentes donde se hacen reformas a
costa de la buena voluntad y el tiempo libre del docente? ¿O no
estaremos en pos de nuevas modas pedagógicas o de otros deberes-seres
del docente? Estas son algunas preguntas que, en la lógica de
los autores, sería bueno que armemos comunidad de diálogo y encuentro
y las discutamos.
Segunda idea: los autores trabajan con la resignificación de elementos
clásicos de la agenda didáctica. Tres son los elementos que trabajan
fuertemente: el contenido, en una resignificación muy fuerte;
la planificación y la evaluación. Del contenido hacen un giro
que resulta interesante y lo definen como “un lugar de encuentro
entre el docente y el alumno”. Y hay un subrayado muy importante
que realizan desde toda la dimensión, en términos de Coll, de
lo procedimental. Diría que subrayan mucho esta dimensión del
pensamiento crítico, de la buena pregunta; pero también quisiera
recuperar, ya que son centrales en el tema del contenido, las
dimensiones estructurales, los conceptos estructurales de un campo
disciplinar, que es lo que nos permite navegar en ese campo y
nos permite también entrar en diálogo con otros campos. La buena
pregunta es un transversal como lo demuestran los autores a partir
de los ejemplos de distintas disciplinas y que no quedan hegemonizadas
bajo el campo de la filosofía. Como segunda idea del contenido
hay que recuperar la idea de que el contenido es transformación:
el contenido me transforma y transforma la realidad. El contenido
hoy tiene que servir para que un chico interprete, no solamente
su vida sino en el mundo, (¿Qué es lo que pasa en la Argentina
que cada vez hay más pobres?). El contenido de cualquier materia
tiene que servir para poder mirar esa realidad y transformarla.
Los autores, en esta resignificación de los elementos clásicos
de la agenda didáctica, apuestan a la incertidumbre, la diversidad
y la multiplicidad. Interesantes tres palabras. La pregunta sería,
¿cómo entran la incertidumbre, la diversidad y la multiplicidad
en los enfoques epistemológicos que sostienen los distintos campos
del conocimiento? Hoy, ¿todas las materias sostienen esto? ¿O
las exactas siguen percibiendo que son exactas, y la indeterminación
de los paradigmas no llegó nunca ahí? ¿Cómo se trabaja en las
instituciones esta problematización del contenido? ¿Y cómo se
trabaja la planificación, en los términos en que lo plantean los
autores, en verdadera hoja de ruta? ¿Cómo se trabaja la evaluación?
¿Qué lugar se le asigna a los procesos de construcción metodológica
en la agenda didáctica, u hoy la suplimos y la lavamos por una
simple estrategia que tiene mayor resonancia del campo militar
y del “trac-trac” de la tarjeta de débito que de toda la cuestión
fuerte que tiene, en la didáctica, el proceso metodológico? ¿Pueden
reflexionarse didácticamente el tiempo y el espacio? El tiempo,
más allá de la obsesión del programa. O el espacio, más allá del
círculo de bancos y cuerpos.
Tercer punto: en el relato de las experiencias, los autores hacen
una apuesta a mostrar experiencias de “buena enseñanza”, un nicho
investigación que en nuestro país le sustrae a Brunner. Permitir
que nos asomemos a prácticas de enseñanza, es la apuesta que hacen
fuertemente: nos abren el aula para que nosotros entremos, observemos
y, a partir de esta aula, podamos aprender. Porque aprendemos
junto con otros, no solamente del libro del profesor sino también
de los pares. El dispositivo formativo de la observación de pares,
de clases de pares, encuentra en el texto una riqueza interesante:
someter al público docente, a colegas, tú clase y la de otros.
Clase que uno elige como la más interesante, la más lograda, la
más placentera. La alteridad, el reconocimiento del otro y de
la otra, permite que esa clase sea reconocida como buena enseñanza.
Otro elemento interesante que se plantea en el libro respecto
de la buena enseñanza es que transparentan planificaciones, momentos
que pensaron pre-activamente la clase. Se trata de clases pensadas,
no improvisadas totalmente, aunque siempre hay elementos de indeterminación
en la clase y se trata, también, de clases no rutinizadas, las
del piloto automático, las del texto único, las del sopor de la
misma carpeta de actividades todos los años. En términos de pregunta
plantearía si podemos superar las lógicas de planificaciones que
van más allá de una pedagogía fashion, de la intención de mostrar
un papel bien hecho o la obsesión por los papeles. Y podamos instalar
verdaderas clases a la discusión pública a partir de hojas de
ruta de trabajo.
El cuarto tópico que voy a trabajar son las diferenciaciones entre
enseñar y aprender. Ha sido este un tópico importante de la década
de los ‘80, pero las representaciones que tenemos siguen estando
hoy rodeadas de la linealidad de que uno enseña y otro aprende,
propia del positivismo (uno es la causa de lo que otro es la consecuencia).
Desde el discurso de la realidad educativa que sólo mira los aprendizajes
de los alumnos en términos de calidad y premia o castiga al docente
(tuvimos experiencia de esto cuando fuimos culpabilizados en los
operativos censales de evaluación de la calidad educativa en la
década del ‘90). El encuentro que subrayan los autores a través
del diálogo invita a mirar desde otro lugar los procesos de enseñar
y de aprender. Encuentro que implica la subjetividad, culturas
diferentes, historias sociales y representaciones.
El último punto, para terminar, lo titulo así: “Ir más allá de
lo psicológico para estar más acá de la enseñanza”. Esto significa
que, a partir de toda la producción que está en los textos, estamos
en condiciones hoy de describir, de narrar cómo damos las clases
y comprender qué es enseñar desde la propia voz de los docentes.
Se trata de recuperar el placer y el deseo de enseñar que nos
fueron arrebatados. Es, a partir de la constitución de espacios
de diálogo y encuentro entre pares y con nuestros alumnos, donde
aparecerá el placer y el deseo. Se trata de tramas vinculares
sobre la enseñanza, sobre el conocer y el saber en una Argentina
dual. En definitiva, el texto y el deseo de ir más allá de lo
psicológico para estar más acá de la enseñanza, nos acerca a la
ilusión, la esperanza que planteaba en los ‘70 Laurence Stenhouse,
quien decía: “Serán los docentes quienes cambiarán el mundo de
la escuela, entendiéndola”. Ojalá que esto suceda.