
Este libro es resultado de una investigación que llevamos
a cabo en el Departamento de Educación de la Universidad
Nacional de Luján.1 Nuestro trabajo se centró en
el nivel medio para adultos, con el objetivo de comprender cómo
se enfoca el trabajo en las escuelas y de qué modo las
políticas públicas de la década de 1990 incidieron
en ellas. El plan del libro incluye el diagnóstico de los
enfoques del trabajo en las escuelas –lo que llamamos “las
pedagogías del adulto”–, de las normativas
y cambios curriculares que regulan el trabajo escolar y nuestras
ideas respecto de cuáles son puntos nodales sobre los que
habría que intervenir para que la educación media
para adultos se convierta en parte de un proyecto de democratización
del sistema escolar.2
Los cambios que la educación argentina sufrió en
la década de 1990 dejaron huellas graves en el sistema
escolar, y la educación para adultos, obviamente, no quedó
al margen de este proceso: el deterioro curricular, la destrucción
de la estructura del sistema, su fragmentación resultado
de la pseudofederalización, siguen afectando la democracia
interna, el trabajo de docentes y directivos, la claridad de los
objetivos del trabajo escolar, los efectos sociales de una política
deteriorante.
¿Por qué, con los problemas que presenta la educación
infantil-juvenil, concentrarnos en la situación de la educación
de adultos? Esta oferta escolar ha sido escasamente estudiada
hasta el presente. Algunas jurisdicciones comienzan a observarse
a sí mismas y están, en los últimos tiempos,
produciendo materiales, pero éstos tienen circulación
limitada.3 Pensamos que la escasez informativa refleja la falta
de atención que se asignó al campo. Sin embargo,
los datos sobre el nivel de escolaridad de la población
de 15 y más años dan cuenta de una desigualdad que
no puede dejarse a un lado sin que implique hacer caso omiso del
no cumplimiento del derecho a la educación para un alto
porcentaje de población. Datos provenientes de la Encuesta
Permanente de Hogares (mayo de 2002) y del último Censo,
señalan que la mitad de la población en condiciones
de trabajar no ha completado los estudios secundarios. La distribución
de la cantidad y tipo de educación está y estuvo
asociada estrechamente a la estructura social. Hace muchos años
que las investigaciones de sociología de la educación
presentan evidencias de la desigualdad existente en la distribución
cualitativa y cuantitativa de la educación; el sistema
escolar para niños y jóvenes se caracteriza por
su segmentación y por conformar circuitos diferenciados
que inciden en la trayectoria educativa y laboral posterior de
los alumnos. Estas condiciones son particularmente evidentes en
el campo de la educación para adultos porque, en su mayor
parte, ésta está destinada a una población
que suele retomar su escolaridad después de fracasos. Sus
ofertas no siempre facilitan la ruptura del “círculo
vicioso” en el que un bajo nivel escolar inicial obstaculiza
posteriores elecciones de calidad.
Esta situación es uno de los datos más fuertes de
una realidad problemática: la educación como derecho
universal constituye una declaración no cumplida. Ante
este panorama, cabe interrogarse respecto de las posibilidades
que se ofrecen, así como sobre las acciones y las políticas
que se consideran deseables para romper ese círculo vicioso,
comenzar a revertir la desigualdad y avanzar en un proceso de
democratización educativa y social.
La oferta de educación de adultos fue resultado de los
fracasos en la escolarización inicial, de la diferenciación
de las condiciones educativas de sectores sociales subalternos
y tuvo carácter fundamentalmente compensatorio, sin llegar
a resolver las desigualdades en las posibilidades de escolarización.
En los últimos años, la diferente distribución
de la educación escolar –más allá del
juicio de valor académico o ideológico que pueda
hacerse sobre la escuela– parece tener más grave
repercusión, dada la presión social por certificaciones
y conocimientos, como condición para ingresar o permanecer
como trabajador o para integrarse como ciudadano.
¿Que nos dicen los datos sobre la educación de los
jóvenes y adultos? Las cifras muestran un porcentaje de
analfabetismo en el nivel nacional que da cuenta de la diferencia
entre regiones. Según el Censo de 2001 en todo el país,
cerca del 3% de las personas entre 10 y 49 años son analfabetas,
pero hay provincias en las que este porcentaje pasa del 6% (Misiones,
Santiago del Estero, Corrientes) y Chaco llega al 8%. Por otra
parte, en un momento en que para cualquier tipo de trabajo se
está pidiendo escuela secundaria, los datos del último
Censo señalan que la mitad de la población en condiciones
de trabajar no ha completado los estudios secundarios y que el
7% de la población económicamente activa no completó
la educación primaria, el 23,7% tiene sólo la primaria
completa y el 18,8% ingresó al secundario pero nunca lo
terminó. Esto indica que el 49,5% de la población
con aspiraciones de conseguir un empleo no llegó a culminar
niveles de enseñanza media.4
Hay en este horizonte oscuro una “deuda interna” no
pagada y cabe preguntarse qué hace o hizo el Estado ante
ella, qué caracteriza a las políticas públicas
y a los modos de trabajo institucional sobre los que se estructuran
las ofertas de educación destinadas a los sectores sociales
que no pudieron acceder a los hoy necesarios niveles de escolaridad.
Nuestra búsqueda de respuestas se encuadra en una perspectiva
político-pedagógica crítica: intentamos “develar
las pautas de conocimiento y las condiciones sociales restrictivas
de nuestras actividades prácticas” (Popkewitz, 1988)
en el campo de la educación de adultos, no sólo
por el interés que tenemos en sus particulares problemas,
sino también porque consideramos que constituyen analizadores
de la tendencia neoliberal que hegemoniza las políticas
nacionales en la década de 1990. Conocer estas tendencias
permitiría interpretar la dinámica política
tanto en el nivel de las normativas como de la gestión
institucional y la práctica docente e identificar –para
modificarlos– aquellos aspectos del sistema de educación
de adultos que refuerzan la desigualdad.
Antes de publicar estos resultados discutimos con estudiantes
universitarios y con docentes, en cursos y seminarios, los contenidos
que acá desarrollamos y los difundimos a través
de ponencias y en algunos artículos. Los comentarios recibidos,
las preguntas y reflexiones suscitadas, nos llevaron tanto a revisar
y a reajustar nuestros análisis como a confirmarnos que
ayudaban a entender situaciones vividas, a precisar preguntas,
a revisar los modos de trabajo de los profesores. Esta gradual
puesta en circulación de los problemas y de las propuestas
que planteamos nos resultaron un estímulo para hacer llegar
nuestro trabajo a más lectores.
Si bien este libro fue escrito bajo mi dirección y parte
de él entre dos –María Eugenia Cabrera y yo–,
hay acá muy diversas voces. Están las opiniones
de los docentes que, en largas entrevistas, nos transmitieron
sus vivencias, sus alegrías y dolores del trabajo en las
escuelas, sus reclamos –no siempre escuchados– por
una mejor educación. Corresponde, por eso agradecer las
horas que nos brindaron, las ideas que nos transmitieron y los
interrogantes y problematizaciones que nos generaron.
En diversas etapas de la investigación participaron otros
colegas: María Sara Canevari trabajó a lo largo
de parte importante del proceso; Stella Maris Mas Rocha, Luciana
Manni y Sabrina Rodríguez procesaron información
recogida en documentos y entrevistas.
El texto de este libro incluye una parte de nuestros datos e interpretaciones.
Los resultados de la investigación son más amplios
y quien desee complementar la lectura del libro puede encontrar
en la página web www.noveduc.com/documentos.htm una breve
historia de los centros de educación secundaria para adultos
desde su origen hasta más allá del 2000, escrita
por María Sara Canevari, y una ampliación de los
temas referidos a las normativas y a los cambios de planes de
estudio.
Es posible que algunas características que señalamos
a lo largo de este texto hayan cambiado. Sólo nos preguntamos
–e invitamos a nuestros lectores a hacerse esta pregunta–
si los cambios que pueden identificar hoy en la realidad colocan
a estas escuelas en una situación muy distinta de la que
nosotros presentamos acá, si son realmente una vuelta de
tuerca significativa o si constituyen, como muchas veces ha sucedido,
una modificación de algunos aspectos que, “gatopardísticamente”,
mudan algunas cosas “para que todo siga igual”. También
los invitamos a detectar qué vale la pena conservar y acrecentar,
qué experiencias merecen ser compartidas y multiplicadas
porque muestran una apertura y un compromiso con una forma más
justa de distribuir la educación, este bien que, como los
bienes materiales, se tornó escaso para tantos ciudadanos.
Compartir la información que produjimos es una invitación
a discutirla y, en especial, a intervenir para revertir procesos
que marcan uno de los dramas sociales del presente.
Tal como plantea Freire, resulta indispensable no perder de vista
aquellas preguntas estrechamente vinculadas a toda práctica
pedagógica: conocer para qué, conocer con quiénes,
conocer a favor de qué, conocer contra qué, conocer
a favor de quiénes, conocer contra quiénes (Freire,
1988).
Las respuestas que adoptemos ante estos interrogantes permitirán
la construcción de políticas y prácticas
que tengan como efecto el mantenimiento o, por el contrario, la
transformación de la situación actual.
Silvia
Brusilovsky
Directora