Palabras
pronunciadas por Marta Beisim en la Presentación del Libro
Buenos Aires, 15 de diciembre de 2005
Lacan
cuenta una anécdota que voy a parodiar para presentar este
libro. La relata en el Seminario Lógica del fantasma y
resulta de la aparición de sus Escritos en 1966 en Francia.
Ustedes saben que en ese momento los artículos de Lacan
se encontraban dispersos, habían aparecido en La Psychanalyse,
en la Enciclopedia de Henry Ey y en otros lugares. Esto cubre
un período muy largo de la obra de Lacan, desde el ‘36
al ‘66, y también épocas muy diferentes de
su pensamiento.
Lacan cuenta la siguiente anécdota: durante la presentación
de Écrits había sucedido un hecho curioso que le
daba una medida de cómo el libro podía ser recibido
por el público. Alguien se le acercó y le preguntó:
"¿cuál es el lazo entre sus Escritos?"
Posteriormente, en el seminario XVIII, encontramos una referencia
en la que se puede leer que a Lacan no le interesaba establecer
entre sus escritos otro lazo que el que pone de manifiesto en
lo que sigue: “Como autor estoy menos implicado de lo que
se imagina. Mis Escritos tienen un título más irónico
de lo que se cree, ya que en suma se trata de informes que son
producto de congresos. Me gustaría que se los entienda
así: cartas donde cada vez, sin duda, doy cuenta o me interrogo
acerca de un movimiento de mi enseñanza. Pero, en fin,
esto da el tono”.
Volviendo a la anécdota que estaba relatando, Lacan califica
la pregunta como una pregunta idiota, dado que la persona en cuestión
ni siquiera había abierto el libro, cosa que Lacan deduce
de que recién acababa de aparecer. Pero aclara que “idiota”
no está tomado sólo en sentido peyorativo, tiene
el sentido de “natural”, podríamos decir “pedestre”
o “ingenuo”.
Es probable, y esto no es sino una conjetura, que estuviese influido
por un personaje de Dostoievski, de quien dice, en otro de sus
seminarios: “Hay un denominado Dostoievski que llamó
“el idiota” a uno de sus personajes. El idiota se
conduce maravillosamente en cualquier campo social que atraviese
y en cualquier situación de embarazo en la que se entromete”.
Sin embargo, Lacan retoma la pregunta que le habían formulado
y la responde. Nos dice, no sin esfuerzo, y nos aclara que esa
pregunta no se le hubiera ocurrido a él sólo, que
fue necesario que alguien (aunque fuera poco calificado o tal
vez por eso mismo) se la hiciera.
No interesa ahondar en la respuesta que él da para esta
presentación. Simplemente haré mención de
ella diciendo que el lazo entre los Escritos está dado
para Lacan por el tema del cuestionamiento de la identidad que
los recorre desde el estadio del espejo hasta la construcción
del sujeto para el psicoanálisis. Como se ve, la pregunta
no carecía de interés. He resuelto hacerla mía,
así como lo hizo Lacan en su momento.
Quisiera agregar a esta comparación una cuota de complejidad
que se desprende del hecho de que es más difícil
situar el lazo entre textos firmados por distintos autores, o
tal vez más arriesgado.
Es el riesgo que corro con esta presentación, pero también
es el gusto que proporciona.
Yo leí el libro, así como Lacan había leído
sus Escritos (si es que un autor puede leerse a sí mismo)
para poder responder; y espero estar algo calificada para nombrar
el lazo en cuestión.
En principio el lazo se nombra: El juego, historia de chicos.
En principio está el libro, un libro de psicoanálisis
de niños en el que el juego está ubicado sin excepción
en el centro de la operatoria del psicoanálisis en lo que
hace al trabajo con los niños. En ese sentido, se instala
en una polémica que sigue siendo muy actual en cuanto al
valor del juego en nuestra práctica.
Esta polémica recoge posiciones tan dispares como las que
sustentan la intervención del analista desde el juego como
motor de la práctica del psicoanálisis y aquellas
que destierran absolutamente al juego de la clínica con
niños. Ninguno de los artículos deja lugar a dudas
en cuanto a focalizar al juego en el centro de nuestra labor.
Las diferencias en cuanto a la singularidad de los abordajes quedan
unificadas en este sentido y le dan al libro cierto carácter
de necesariedad.
El juego, historia de chicos aparece en cierto momento de la historia
del psicoanálisis y del de niños en particular e
implica una toma de posición. La historia de chicos se
hace historia de grandes.
Luego tenemos el significado de: El juego, historia de chicos.
En el libro abundan los ejemplos que, extraídos de la clínica,
nos permiten acceder a cómo las historias de chicos que
padecen se entremezclan con los juegos y pueden leerse a posteriori
desde allí.
Esto me lleva a hacer algunas reflexiones acerca de la memoria
y del olvido. Quizá estemos más acostumbrados a
que se testimonie sobre historias de chicos en análisis
que a que se deje constancia de las historias de los juegos. Tal
vez como si no fuera propio de los juegos el ser recordados por
ser actos que se consumen en su realización, actos en los
que, cuando el juego se realiza como tal, queda realizado el deseo
que el juego soporta.
Muchas veces, y en lo que hace a mi trabajo como analista, siento
la necesidad de anotar el juego que hemos jugado el paciente y
yo, porque se produjo algo que quizá podrá ser retomado
o trabajado después pero que, en todo caso no puede ser
destinado al olvido. En ese sentido, el libro es testimonio de
una práctica y de las reflexiones sobre ella, pero también
es memoria de algo que no está incluido comúnmente
en lo que se considera memorable. El juego pasa como pasa la infancia.
Nosotros rescatamos alguna de sus marcas.
Por último tenemos: El juego, historia de chicos como ficción.
Aquí sí me apoyaré en los textos para desarrollar
esta faceta del libro, pero haciendo la salvedad de que, como
tema, la ficción que el juego propone los recorre a todos.
Dice Alicia Rozental: “La condición de eficacia de
un juego es dar crédito a la ficción como ficción,
al juego como juego. Reconocerlo como tal es posibilitar que un
aspecto se juegue sin 'ser tomado en serio'”. De todos modos,
la autora nos aclara con Freud la paradoja de que este “de
jugando” es, para los niños, una actividad tomada
muy en serio. La paradoja lleva así a dilucidar las relaciones
entre la ficción y la verdad.
Alicia Rozental, después de citar a Saer, nos dice que
la ficción está al servicio de contar verdades indemostrables,
inverificables, improbables. Y más adelante, y allí
la acompañamos más en lo que hace a las relaciones
entre la ficción y el juego, introduce la categoría
de lo imposible, este imposible que, nos sigue diciendo, “sólo
de jugando es posible que entre en circulación”,
en la realidad del juego.
Por su parte, Raquel Gerber nos dice con respecto a este tema
y cuando está desarrollando la comparación entre
el juego infantil y la creación literaria: “La ficción
es el modo de figurar, de representar ese imposible a ser encontrado
-por perdido- que atañe a lo real del origen. El juego
como mostración es una construcción que insiste
en figurar lo irrepresentable". Un poco antes ya había
establecido que la ficción como tal remite a la falta,
a la castración.
Con respecto a este tema -que sitúa en el acto de jugar
de los niños efectivamente un imposible que está
relacionado con lo que de la sexualidad, y sin hacer demasiadas
precisiones, no tiene representación, falta-, quisiéramos
incursionar brevemente en el amplio campo de lo que se llama significación.
Año 1900, Interpretación de los sueños. Freud
comienza así su insuperable trabajo: “En tiempos
que podemos llamar precientíficos, la explicación
de los sueños era para los hombres cosa corriente”
Queda claro en el texto que la opinión popular les otorga
a los sueños alguna significación y recurre a diversos
procedimientos para su interpretación. En contraposición
con ello, la ciencia considera a los sueños como productos
carentes de sentido. Es así cómo Freud se inclina
a aunar las investigaciones psicoanalíticas con la vertiente
popular.
El valor de esta cita que, creo, es por todos conocida, reside
en que, en mi opinión, todavía queda un resto de
extrañeza, de incredulidad, en la medida en que surge la
pregunta por la significación de los juegos infantiles,
del mismo modo en que Freud tiene en su momento que sustentar
esforzadamente que los sueños significan, a pesar de que
desde antiguo era cosa corriente.
Y me estoy refiriendo a lo que recorre este libro y que es la
pregunta de los analistas por la significación de los juegos
que los niños efectivamente juegan en los consultorios.
Aclaro esto debido a que, con relación a este tema, existe
la coartada de leer los juegos de los niños desde alguna
construcción teórica previa. Pero éste no
es el caso.
La significación que el acto de jugar tiene en psicoanálisis
conecta con la ficción en la medida en que se sustituye
una significación faltante que antes ya habíamos
designado de modo muy general como sexual. Esa representación
faltante es imposible de significar. Y el funcionamiento de esta
imposibilidad hace que para el juego sea indiferente el registro
de la mentira o la verdad: la ficción hace posible una
imposibilidad.
Igualmente valdría la pena hacer dos aclaraciones. La primera
se refiere al hecho nada desdeñable de que los niños
no se preguntan acerca de la significación de sus juegos,
simplemente los juegan.
La segunda, que quedará sólo enunciada, es la de
que los analistas, al jugar, forman parte de la significación
de los juegos de sus pacientes y no están fuera de ellos
descifrando o interpretando, lo cual acarrea las más de
las veces el hecho de que se juegue a un juego del que se desconoce
su significado.
Esta idea se hace explícita en el capítulo de Rubén
Flores: "¿A qué juega el analista?", en
la medida en que sitúa al analista en el juego siguiendo
su hilo y no desde afuera al modo de la interpretación.
No sé si seguir el hilo del juego es exactamente formar
parte de su significación. De todos modos, la idea se encuentra
en consonancia con aquella que, en otra ocasión, habíamos
construido relativa a la personificación del analista.
Y hablando de caminos que se cruzan, podemos decir que Cristina
Beiga ("Ficción y subjetividad") y Cecilia Illia
("Jugadores fuera de área") nos hablan en sus
textos a partir de su experiencia de la eficacia del juego allí
donde se torna increíble pensar que el juego pueda alojarse:
en los niños arrasados subjetivamente o en aquellos, si
se me permite la homologación, arrasados por la pobreza.
Por último, "Final del juego", texto en el cual
Silvia Peaguda trabaja la culminación del análisis
como final de juego dejando, creemos, bien establecido que para
que haya un final debe haber un trabajo previo, y orientándonos
hacia la pregunta acerca de lo que se desvanece y lo que queda.
Y, de tanto haber incursionado en el valor de una pregunta en
esta presentación, sea ella idiota o no, finalizaremos
con otra. ¿Qué nos queda a los analistas cuando
los niños finalizan sus juegos, aquellos que los libraron
de algún sufrimiento? Nos queda la memoria, a veces hecha
libro, y nos quedan los juguetes. Los que habitarán otros
juegos y serán otros y los mismos.