El placer de criar, la riqueza de pensar

La crisis social vivida en los últimos años puso al descubierto la existencia de un alto número de sujetos en situación de pobreza extrema, falta de alimentos y trabajo. Esto problemas sociales pueden amenazar el tiempo y el deseo de una asistencia intensa, estable y prolongada a las necesidades biológicas y psíquicas de los adultos hacia los niños pequeños. En situaciones de crisis como las actuales, puede suceder que la sociedad descuide las atenciones requeridas por los niños en los momentos iniciales y ponga en riesgo una parte importante del futuro psíquico de sus ciudadanos. Por tal motivo, las autoras de este libro decidieron organizar, en la Argentina, una intervención-acción1 en sectores de máxima precariedad económica, para tratar de favorecer el destino psíquico y el bienestar de los niños a través de la recuperación -en los adultos que los tienen a su cargo (madres y agentes de salud)- de la confianza básica necesaria para estabilizar la satisfacción de las necesidades de los pequeños.
Se decidió trabajar con madres de niños pequeños, por considerar que la primera época en la vida de un niño requiere de una estabilidad y entrega de parte de los adultos hacia el recién nacido que garantice su sobrevida biológica y psíquica, con lo cual las madres se transforman en las primeras responsables del destino de los niños y de las características que adquiere el ingreso a la infancia en cada uno de ellos.
Para conocer las distintas formas de ingreso a la infancia, se decidió trabajar con madres de niños de 0 a 3 años, con el objeto de elaborar las características distintivas con las cuales se relacionaban con ellos, ampliando la calidad y la riqueza de sus relaciones iniciales.
La infancia tiene como momento de inicio el nacimiento de un niño, pero atraviesa la totalidad de la vida de un sujeto presentándose como los recuerdos y la ternura que humanizan y dinamizan su psiquismo. En esta concepción, los días de infancia se gestan en los primeros años de la vida (Lyotard, 1997), pero permanecen como la referencia a lo íntimo y lo imborrable de los momentos originarios placenteros y atractivos. En su conjunto, pueden ser considerados como un espacio de transmisiones en el cual se consolida el caudal cultural, psíquico y simbólico que se transmite de padres a hijos. Refiere a un momento particular que permanece y se consolida a modo de una urdimbre sobre la cual se entretejen distintas oportunidades y destinos que se traman en la calidad y la calidez de las primeras relaciones. Por ello, se decidió comenzar el trabajo por las madres y no por los niños, por la importancia de aquellas en la infancia de sus pequeños.
La riqueza libidinal con la cual las madres asisten a sus hijos resulta un aspecto condicionante y relevante de su desarrollo psíquico. Las relaciones iniciales preponderantemente inestables, o pobres en el legado libidinal, suelen generar en los niños desconfianza en el mundo circundante, con probables amenazas de desórdenes psíquicos que incidirán en la calidad de sus aprendizajes. Si, por el contrario, el bebé recibe amor, tibieza y placeres en estas primeras relaciones, su psiquismo se carga con la energía necesaria para tratar de reproducir estas sensaciones placenteras en cualquier situación posterior de crecimiento. En nuestra experiencia, muchos niños que consultan por dificultades en el aprendizaje suelen tener antecedentes traumáticos y conflictivos en los primeros momentos de su desarrollo psíquico que restan, posteriormente, energía y potencia al deseo necesario para relacionarse con el conocimiento en forma autónoma. A lo largo de distintas investigaciones, ha quedado demostrado que los aprendizajes de cada niño no comienzan en la escuela, sino que se gestan en el interior de la estructura parental, como uno de los aspectos significativamente condicionantes de su infancia.
No todas las madres tienen la disponibilidad social y afectiva para asistir a su hijo en forma estable, regular y exclusiva durante los valiosos meses posteriores al nacimiento. Las habituales situaciones de inestabilidad social en la que muchos niños nacen (hogares monoparentales, multiplicidad de hermanos, falta de trabajo de alguno de sus progenitores) hacen que no siempre esta función quede a cargo de sus madres. No es necesario que este vínculo insustituible en la constitución del psiquismo infantil quede cubierto con exclusividad por la madre biológica del niño. Lo importante no es la prolongación de la herencia de sangre, sino el establecimiento de un lazo de amor que asegure la permanencia de una persona, siempre la misma, que pueda mimarlo y se haga cargo de su crianza. Una abuela, un padre protector, una hermana mayor, una madre de leche, uno de los miembros de una pareja homosexual que haya gestado al niño con fertilidad asistida o lo haya adoptado, son personas con representatividad afectiva suficiente como para ocuparse de las necesidades de atención y abrigo de un niño en los primeros momentos de su existencia. Los nuevos tipos de familias, presentes en todas las clases sociales, convocan a la revisión de conceptos psicológicos acerca de la incidencia de la estructura parental en la consolidación de los días de infancia (Lyotard, 1997). La única condición para quien sustituya a la madre en el ejercicio de su función es que desee hacerse cargo del niño y tenga un psiquismo lo suficientemente desarrollado como para entender e interpretar amorosamente las necesidades del pequeño. La estabilidad que ofrece una persona que dona amor y asistencia durante los primeros años de la vida protege, marca y queda como una reserva de confianza que acompaña imaginativamente en cualquiera de las situaciones difíciles que se transitan. Para el bebé, los olores, la voz que anticipa el reconocimiento de alguien amado y conocido, conforman un espacio de entrega y estabilidad insustituibles. Caricias, paciencia, arrullos, palabras, sonrisas son bienes que atesoran el futuro psíquico del niño pequeño; ofrendas de amor que generan en la cría deseos y confianza en la vida, más allá de la relación biológica que los relacione con la persona que se los otorga. Cualquier sujeto dispuesto a transferir amor en forma estable puede cubrir este espacio libidinal, en el cual se constituye el psiquismo de un niño en los primeros momentos de su desarrollo, durante el cual el tipo de ejercicio de la función materna de quien lo asiste deja huellas indelebles que actúan como propulsoras de un deseo de vida, cuya vigencia se actualiza en toda situación de necesidad y de carencia. Quienes trabajan con enfermos terminales suelen verificar la añoranza de este tipo de vínculo de entrega y ternura como el aspecto de máxima protección cuando la realidad se torna amenazante y adversa.

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