Colección Ensayos y Experiencias - Tomo 25

Los atrasados escolares

"Los llamados niños 'con problemas', a los que vamos a referirnos, son el producto de una historia familiar; pero lo que se llama su 'enfermedad' se sitúa en un contexto social determinado que favorece o no una evolución hacia lo patológico, es decir, hacia mecanismos de exclusión social."
Maud Mannoni

Volver al Nº 25"Los atrasados escolares" era el nombre con el que, a principios de siglo, se señalaba al conjunto de niños que debían ser reubicados en otros espacios del sistema educativo. Degenerados, pequeños desgraciados, retardantes, débiles de espíritu, idiotas de primer grado, eran algunos de los nombres que se les daban en los sucesivos intentos clasificatorios que recorrían todo el arco de afecciones, enfermedades y manifestaciones de los alumnos en las aulas. La idea de un ajuste de los métodos educativos para estos niños fue el objetivo de la alianza de la pedagogía con la medicina; su principal efecto fue el etiquetamiento y la segregación, en un contexto en el que la homogeneización era una razón de Estado.

Tener presente esta historia, no tan lejana, nos permite recordar que el diagnóstico de los trastornos de aprendizaje corre siempre por el filoso borde que señala los comportamientos, actitudes y procesos que una institución está dispuesta a incluir y los que deben quedar por fuera de su marco.

Es sabido que no todos los que "fracasan" en la escuela manifiestan problemas de aprendizaje. Las múltiples dimensiones que intervienen van obligando a "la escuela" a preguntarse si es que no está fracasando con ellos; se impone allí desplegar el amplio y poco definido espectro de estos trastornos: las desviaciones más o menos acentuadas respecto de "lo normal" para un sujeto que aprende.

A la escuela se le está pidiendo desde la sociedad que se prepare para atender a una diversidad de demandas; que transforme su cultura, sus concepciones pedagógicas, sus estrategias, para ir siendo crecientemente inclusiva de las diferencias de distinto orden y diverso grado; sin embargo, todavía vacila en disponerse y prepararse para atender las diferencias de los sujetos en sus procesos de adquisición del conocimiento. Reconocer la dificultad cotidiana del trabajo de los docentes en las aulas, más que justificar la necesidad de mantener el estado de las cosas es una clara señal de la necesidad de los cambios.

¿Hasta qué punto estas dificultades para "incluir" no forman parte de los elementos que sirven a nuevas formas del etiquetamiento-identidad, a nuevas categorías diagnósticas?

En este contexto es necesario repensar para los profesionales de la salud dichas categorías, más allá de los requerimientos de normalización y standarización globalizados que caracterizan el desarrollo científico en la actualidad.

Los problemas de atención e hiperactividad, como caso especial, permiten la presentación de distintas posiciones. Sin duda, no hay una única clínica; esto no sólo es comprobable a través de una revisión histórica, sino repasando las diversas posiciones que coexisten, cada una con sus propias referencias, con sus parámetros, y también con su propia eficacia. En cada una de estas opciones se pone en juego la ética que la sostiene, es decir, un mensaje para el sujeto con relación al síntoma. Y un síntoma, cuando tiene que ver con el aprendizaje, porta una dimensión subjetiva y una dimensión institucional.

Abrir la discusión y ampliar el intercambio entre los especialistas y los profesionales de la educación y la salud no puede menos que echar luz sobre este complejo y espinoso terreno.

Daniel Korinfeld

 

 

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