Colección Ensayos y Experiencias - Tomo 40

Entre generaciones
"Entre"
es un espacio, lugar de pasaje, fluido, obstaculizado, interferido,
realizado; espacio de espejos que reflejan, refractan, proyectan,
se rompen, generan tiempos de oscuridad y de luz. Luces con su
propia opacidad. Ese entre generaciones es hoy objeto de análisis.
Ese espacio, brecha, relación o vínculo, algunas de las formas
con los que se ha nombrado, eso que pasa entre, y que pugnamos
por aprehender, se desmarca cada vez gracias a su propia complejidad
de la cual formamos parte.
Esa implicación, más que desventaja, en tanto analizada, es motor
de una búsqueda y al mismo tiempo una pista. Transmisión e implicación
allí son sinónimos. Ahí donde y cuando nos preguntamos y preguntamos
sobre eso que pasa, allí donde respondemos desde donde podemos,
hacemos lazo, quebramos el estupor y el silencio vacío que impera.
José Saramago, escritor portugués, cuenta: "En noches calientes
de verano, después de la cena, mi abuelo me decía: 'José, hoy
vamos a dormir los dos debajo de la higuera'...
Mientras el sueño llegaba, la noche se poblaba con las historias
y los sucesos que mi abuelo iba contando: leyendas, apariciones,
asombros, episodios singulares, muertes antiguas, escaramuzas
de palo y piedra, palabras de antepasados, un incansable rumor
de memorias que me mantenía despierto, al mismo que suavemente
me acunaba.
Nunca supe si él se callaba cuando descubría que me había dormido,
o si seguía hablando para no dejar a medias la respuesta a la
pregunta que invariablemente le hacía en las pausas más demoradas
que él, calculadamente, introducía en el relato: '¿Y después?'
Tal vez repitiese las historias para sí mismo, quizá para no olvidarlas,
quizá para enriquecerlas con peripecias nuevas. No es necesario
decir que yo imaginaba, en aquella edad mía y en aquel tiempo
de todos nosotros, que mi abuelo Jerónimo era señor de toda la
ciencia del mundo.
Cuando, con la primera luz de la mañana, el canto de los pájaros
me despertaba, él ya no estaba allí, se había ido al campo con
sus animales, dejándome dormir". Saramago dormía en el arrullo
de palabras donde las historias armaban el colchón de los sueños.
Allí se tendían e hilvanaban los hilos de una historia que anuda
a unos y otros "entre" pasado y futuro.
Como en todos los tiempos, una y otra vez, un narrador, un abuelo,
un padre, un maestro inauguran y recrean, en las noches de la
vida, el había una vez... Relato que pone en palabras la experiencia,
que enhebra en ella memorias y olvidos, el contar de la pasión
que despierta en otro una inquietud, chispitas que abren ojos.
Y al hacerlo una llama se pasa, algo se enciende e inicia lo nuevo.
El "había una vez" del que hablan las abuelas cuentacuentos y
que relata Marcelo Bechara, donde el enunciado de la cultura para
enunciar lo que no se puede abre el tiempo. Un puente que se tiende,
lugar de pasaje y contrabando en la siempre renovada fantasía
de continuidad.
Un pensamiento acerca de la transmisión con ilusión de seguir
siendo en ese "nuevo". Pero también lugar de traición, que reconstruye
la memoria y hace lugar para un nosotros que no es pura repetición
ni continuidad. Transmisión que sigue haciendo girar la rueda
de la vida; porque otros lo hicieron, porque siempre se ha hecho.
El narrar del que sabe, el que ha visto, el antiguo, el viejo.
Sin embargo, hoy, en un tiempo donde ya no hay "largo plazo",
las profundas mutaciones en la vida y las costumbres nos sitúan
frente a un nuevo desafío: ¿qué lugares de inscripción ofrecemos
a los nuevos? La expertización del mundo como forma de organización
de saberes, fragmentados y repartidos, ha transformado el sistema
cultural, y el relato, que antes mediaba, aparece desprovisto
de su valor simbólico.
En una cultura que se despreocupa de su memoria, la reflexivización
de las costumbres nos coloca frente a la muerte de la asociación
poderosa entre escuela y porvenir. La santa palabra de la maestra
moderna, lindante al control y al dominio, pero santa al fin,
hoy ha sido socavada, desdibujada. Estanislao Antelo trae entonces
una pregunta: ¿quién precisa un educador? Porque educar, dice,
ha sido, hasta hace poco, poner el ser al abrigo del tiempo. Y
hoy el tiempo frenético -de los lenguajes tecno y de las comunicaciones-,
la dictadura del mercado y la lucha por la sobrevivencia, nos
sitúan frente a la expropiación de la experiencia común, donde
los lazos que sostenían nuestras filiaciones y pertenencias aparecen
desdibujados. Garabato que envuelve figuras marcadas por la discontinuidad,
que libera de la determinación del pasado y también, al mismo
tiempo, de la obligatoria necesidad de un futuro previsible.
Es que el futuro, asociado a promesas utópicas o no -idea relativamente
nueva en la historia-, ha dejado el lugar a una suerte de expansión
del presente, construcción social al fin, percepción del tiempo
que parece arrastrar a la parálisis, a la evitación a tomar posición
en esa corriente que circula entre los que están y los que van
llegando. Canceladas las expectativas acerca del futuro, exceptuando
las técnicas, los pasadores quedan cuestionados. Eclipsada la
construcción de una historia por venir, ¿queda poco por contar,
por decir, por transmitir, por compartir?, ¿cada cual atiende
su juego?
La dinámica de la exclusión también opera allí. Esta temporalidad
nos obliga a un pensamiento de la transmisión desde nuevas interrogaciones,
y viene a inquietar y sacudir en las prácticas aquellas ideas
y formas todavía arraigadas, demasiado seguras y tranquilas bajo
el modelo de los procesos, desarrollos y progresos.
Nuevas perspectivas nos incitan a repensar la educación, ya no
como conservación y recuperación de los valores y sentidos del
pasado, ni como un lugar en el que el futuro y los sujetos puedan
ser construidos como objeto de fabricación. Estas líneas nos dan
la posibilidad de apertura a lo nuevo, al acontecimiento, a lo
que aún no fue, un dar la palabra que produce el intervalo, la
discontinuidad. Pero "esa discontinuidad se torna riesgo, dice
Sandra Carli, cuando (...) no es más que la evidencia dramática
de que las generaciones adultas y las generaciones jóvenes transitan
un espacio y un tiempo que ha dejado de ser común, y (...) el
malestar obtura la posibilidad de construir alguna filiación entre
tantas diferencias". En la brutalidad de un presente que en sus
formas violentas y disolutivas no da tregua, "sospechas y desconfianzas
-como señala Clara Bravin - no hacen más que deteriorar el ya
desbastado espacio común.
Parece necesario señalar, una vez más, que los niños y jóvenes,
las nuevas generaciones, no son un todo homogéneo, la diferencia
esencial no se juega en la edad en común, sino en su existencia
social. Lejos de las noches de sueño acunadas en relatos e historias,
un nuevo escenario irrumpe en la argentina de hoy.
Una infancia que no es muda reclama y pregunta -en la voz de Carlos
Cullen- "¿para qué nos educan? Como excluidos, como desmemoriados,
¿podemos dialogar? ¿Seremos llamados a dialogar y resolver los
problemas que genera un modelo que, por definición, nos silencia
y nos arrincona en la mera supervivencia? "La Argentina como comunidad
nacional ha interrumpido, clausurado o debilitado muchas de aquellas
conversaciones cruciales para la reconstrucción civil del conjunto
social.
En la era de la explosión de las comunicaciones, nuestro país
ha dejado de apasionarse por el diálogo civil, nutricio y descentrado,
fundado en la exploración, el conocimiento y la experiencia -nos
dice Rafael Gagliano- (...) y ha reducido el piso común de los
consensos sociales mínimos que nos habilitan a sentirnos sujetos
sociales y ciudadanos prójimos y próximos." Diálogos acallados
y silenciados por la desmesura del terror.
Una generación que falta, y un dolor que perdura y la percepción
de un vacío que no puede ser nombrado sino en la reconstrucción
de la memoria, "una empresa de palabras y representaciones, un
acto creador de sentidos", como dice Marcelo Viñar. Es que "el
espanto no se olvida, sólo se procesa o se padece". Quizás por
esto el paso de la memoria entre generaciones es una empresa que
nos convoca en lo que a la educación le cabe: la construcción
de nuevos sentidos, de un mundo otro, que no repita las violencias
del pasado.
Dice Norma Barbagelata, "aprender a contar de otro modo, y de
otro modo lo ocurrido (...), abriendo un espacio diferente de
la mera rumiación dolorosa o vengativa del pasado (...). Y permitir
un olvido, necesario, olvido que no borra la huella, la marca
de lo acontecido".
Entre un imperativo de la transmisión y la conmoción-confusión
que parece reinar, más allá de una épica de la confrontación generacional
o de la pura continuidad, es entre las generaciones que será posible
multiplicar opciones y construir nuevos espacios de libertad.
Las preguntas, entonces, son acerca de un espacio y un tiempo
común en el que adultos y jóvenes pudiéramos compartir la palabra
para la construcción de sentidos y experiencias que abran posibilidades
de hacer y decidir frente a aquello que no se puede fabricar ni
confiscar.
Carina Rattero
Daniel Korinfeld
Coordinadora de la presente edición
de Ensayos y Experiencias
y director de la publicación,
respectivamente