Colección Ensayos y Experiencias - Tomo 41

Derechos del niño, prácticas sociales y educativas

Volver al Tomo Nº41El primer documento de organismos internacionales referido a los derechos de los niños lo elaboró, en 1923, la "Unión Internacional de Ayuda a los Niños", en Ginebra y al año siguiente fue adoptado por la Liga de las Naciones y conocido como Declaración de Ginebra. Cuenta Rubén Naranjo, en su libro Janusz Korczak, maestro de la humanidad, que este médico, escritor y educador, cabal defensor de la infancia, lo rechazó con firmeza. "Los legisladores ginebrinos han confundido las nociones de derecho y de deber.

El tono de la Declaración es de ruego no de exigencia, es un llamado a la buena voluntad, una petición de comprensión" (Janusz Korczak, El derecho del niño al respeto, pág. 32). Un significativo desarrollo en el plano jurídico de los derechos de la infancia se desplegó en estos casi ochenta años. Y, sin embargo, el núcleo de la objeción de Korczak sigue vigente; en todo caso expresa esa diferencia, dolorosa muchas veces, entre las declaraciones de los adultos y de sus instituciones y la realidad de la mayoría de los niños y niñas, la realidad del mundo. Es que, de lo que se trata, es de un cambio cultural respecto de la infancia y la juventud. Esa nueva manera de pensar a los niños y jóvenes, como sujetos plenos de derechos, supone el abandono y la transformación de concepciones y políticas, íntimamente arraigadas en las prácticas sociales.

En ese trayecto de la necesidad como derecho y el derecho como un deber social, estos escritos buscan situar en diversos puntos problemáticos y distintas prácticas sociales las consecuencias de la suscripción de la Convención Internacional de los Derechos del Niño. Retorna el nombre de Janusz Korczak, quien, como muchos otros, supo anticipar las desigualdades de derechos entre adultos y niños, en la misma sociedad civilizada centroeuropea que no dudaba en sumergirse en sangrientas guerras ni embarcarse en formas sistemáticas de exterminio colectivo. Resulta estimulante conocer las experiencias que realizaba en sus asilos para huérfanos; durante las primeras cuatro décadas del siglo veinte, poniendo en práctica sus convicciones sobre la infancia y sus derechos: el parlamento de los niños, el tribunal de justicia, en los que los niños participaban activamente de la vida institucional y de la resolución de sus problemas y conflictos. La adversidad de su época, la convicción y el compromiso son orientadores, hoy, de una posición ante la sociedad: "El hogar de Huérfanos se salvó. Dos tentativas de pogroms y tres de saqueo fueron rechazadas con nuestras propias fuerzas... Nuestros protectores ya no existen. Unos fueron muertos o arruinados, otros piensan sórdidamente sólo en sí mismos; ruines y estúpidos, los que en medio de la tempestad piensan que sólo ellos van salvarse. Los niños son nuestro porvenir. Exijo un aporte de 100 zlotys para el fondo del Hogar de Huérfanos. Exijo, no pido. Yo mismo iré a retirar el dinero en los próximos días. Ruego no me lo rehúsen porque no soportaré la negativa". Así, en las peores condiciones, ponía en acto frente a su sociedad lo que exigía a los legisladores.

El cambio en cuestión, proceso pleno de dificultades, implica no sólo al Estado sino a la sociedad en su conjunto, a las comunidades, a las familias. Se trata de articular (¿sostener?, ¿construir?) nuevas políticas públicas; se trata de las modalidades institucionales, comunitarias, familiares, intersubjetivas; se trata también del uno por uno, en los que se efectivizan los derechos en la vida cotidiana de los niños. En la urgente problemática de la exclusión, punto central de la agenda social, el capítulo del respeto a la ciudadanía en desarrollo de niños y jóvenes ocupa su lugar, cuestiona lo instituido. Asumir las consecuencias de la Convención significa construir otro presente y otro futuro en un mundo que zozobra.

Daniel Korinfeld

 

 

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