Colección Ensayos y Experiencias - Tomo 64

Probabilidades y evidencias

Cualquiera sea la vertiente analizada, la información que circula sobre la temática de las drogas requiere una decodificación y un estudio minucioso. La penalización del uso de drogas distorsiona la representatividad de las estadísticas y el análisis de los resultados de las investigaciones de distinto origen. La parcialidad desdibuja la realidad de los acontecimientos. Se dispone de la información proveniente de decomisos, incautaciones y requisas, pero se desconoce la circulación real y cotidiana de sustancias tóxicas; la criminalización de la tenencia y/o consumo de drogas atenta contra el reconocimiento o testificación de los sujetos que se estarían adjudicando la comisión de un delito.
Cuando rige socialmente una concepción ideológica asociada al delincuente más que al enfermo, es probable que los agentes de seguridad, justicia, educación y salud no se permitan leer de un modo alternativo los actos del usuario de drogas.
Es probable que pocos sujetos logren, con tranquilidad y confianza, abstraerse de la condena pública para presentarse a solicitar ayuda en un hospital público, en un consultorio o solicitar los servicios de su obra social, o de su servicio de medicina prepaga, o responder sinceramente una encuesta.
Es probable que resulte difícil evaluar la fiabilidad de los resultados de cualquier investigación propuesta desde la industria farmacéutica, con respecto al éxito terapéutico en la administración de medicamentos y drogas legales, dados los intereses que envuelven la difusión de esa información.
Es probable que, en la urgencia “moderna” por resolver la problemática de los sujetos que consumen drogas a través de “nuevos abordajes” clínicos y psicoterapéuticos (llamados terapias alternativas), se atente contra la subjetividad de quienes consultan. Porque la vertiginosidad de la época obliga a encontrar respuestas inmediatas, aunque sean insensatas y transitorias.
Es probable que resulte difícil enfrentar el narcotráfico cuando los intereses político-económicos de grandes emporios multinacionales puedan, quizás, filtrarse en gobiernos débiles o corruptos, o en esferas de poder. Por lo cual es probable, también, que sigan apareciendo como población cautiva niños y jóvenes cooptados por el consumo de drogas legales o ilegales, en espera de políticas públicas que los protejan.
Es difícil arriesgarse al desafío de pensar, responsable y comprometidamente, para arrimar una postura personal frente al problema. Este texto no agota los temas ni puede abarcarlos en toda su dimensión. Los primeros textos incursionan –desde la clínica con niños, adolescentes y adultos jóvenes, usuarios de sustancias tóxicas (legales o ilegales)– en la subyacencia individual del consumo de drogas legales o ilegales. Un proceso de angustia detona la compulsión al consumo, poco o nada reglado. Una carencia subjetiva no permite, luego, apoyatura en el lazo social constitutivo de lo humano.
Las sustancias “de moda” increpan y desafían la ignorancia acerca de los riesgos y efectos que producen al ingresar al cuerpo. La amenaza del peligro de muerte no intimida ni frena el consumo. Tampoco la búsqueda de placer y satisfacción se juegan en ese acto tóxico. El sujeto intenta una ausencia alucinada, una anestesia para sí porque no puede lidiar ni con el deseo parental ni con la avasalladora realidad social.
Las explicaciones sobre el “fenómeno” de la drogadependencia o toxicomanía no soportan las posturas teóricas eminentemente individualistas o superlativamente sociales. Se hace imprescindible la inclusión de lo cultural. Otros factores intervienen contundentemente: la industria farmacéutica y la epidemiología neoliberal, para promover nuevos representantes culturales de control social a través de la estandarización internacional de la enfermedad mental.
Con historias de vida y estrategias de abordaje concretas, la búsqueda de explicaciones se acerca a las instituciones que aún albergan a los jóvenes logrando contenciones singulares. A pesar del deterioro y el descrédito, la escuela es un borde que hace frontera con la realidad.
Por otra parte, el ensayo de indicadores observables y vocabularios típicos para usos y abusos de sustancias tóxicas, asociados al sujeto y al objeto droga, intenta una posible prevención y esboza la aplicación de recursos instrumentales para su abordaje en instituciones educativas.
Desde los modelos legales, algunos documentos muestran el pensamiento y la ideología imperante para penalizar, salvo específicas excepciones, todo acto asociado a la tenencia y consumo. En las antípodas, otros sugieren que, ante la imposibilidad de romper la dependencia, la ayuda debe permitir una vida digna “con drogas”.
Las dos posturas solidifican el acto del sujeto y lo enquistan en la nominación de “toxicómano”, lo des-subjetivan y no posibilitan una salida a la cuestión de fondo; hacen visible un fenómeno con un único objetivo: producir control social. No se trata de drogas sí o drogas no, sino del padecimiento.

Fernando Osorio
Buenos Aires, Septiembre de 2006

 

   

 

 

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