Colección Ensayos y Experiencias - Tomo 65

Las neurociencias: ¿universo simbólico?

En los inicios del siglo XXI, las ciencias médicas, a través de uno de sus representantes más “modernos”: las neurociencias, intentaron convertirse en un universo simbólico con la pretensión de poder explicar prácticamente cualquier alteración del comportamiento y de la conducta de un sujeto a través de un argumento bioquímico o electrofisiológico.
Lejos están algunas investigaciones actuales en neurociencias de la postura ética que dominó el pensamiento científico y la conducta moral de un hombre como Santiago Ramón y Cajal, en el siglo pasado. Aún hoy, sus investigaciones son un aporte invalorable a lo que se realiza en rehabilitación física en el mundo, a partir del concepto de plasticidad neuronal. Y qué decir del exhaustivo estudio de la anatomía microscópica de todo el sistema nervioso, que sentó las bases morfofuncionales de la neurociencia actual.
Lejos están algunos profesionales de la salud mental de la digna templanza del maestro del psicoanálisis cuando investigaba la vida onírica y su relación con la neurología. Estudios que se impusieron no sólo en las ciencias de la salud y la educación, sino en la literatura, el arte, los medios de comunicación y en el uso cotidiano. A pesar de esto, algunos investigadores occidentales niegan los descubrimientos freudianos sobre la vida inconsciente y el deseo como motores de la vida subjetiva, dándole al hecho onírico sólo una categoría bio-químico-eléctrica.
Cierta rama de las neurociencias le supone a la conducta humana un puro correlato neurológico, genético o metabólico. Inclusive las alteraciones de la conducta, las adicciones y las probabilidades de adoptar determinadas actitudes o comportamientos desviados o psicopatológicos estarían predeterminados genéticamente, en un genoma aún no descifrado en su totalidad. Así, por ejemplo, aparecen las llamadas neurociencias del consumo, que le atribuyen al sujeto una potencialidad para contraer determinada patología de acuerdo con una supuesta vulnerabilidad genética en la que el medio ambiente no tendría mayor incidencia, porque se trata de un potencial genético predeterminado. Pareciera que la posibilidad o no de contraer una enfermedad está del lado de la inteligencia genética y no en conjunción con la subjetividad.
También aparecen las neurociencias aplicadas. Tal es el caso de las empleadas para entender el fenómeno de la comunicación. Todo parece reducirse a células que responden a la excitación de los circuitos neuronales y transmiten señales a las neuronas, que regulan así la actividad neuronal y producen interacción de la información, que genera conocimiento y luego inteligencia.
En estas investigaciones, los conceptos de inteligencia y de conocimiento nada tienen que ver con el de la subjetividad ni con el historial vital del sujeto, que parece no tener importancia.
También la inteligencia aparece asociada a la cantidad de materia gris, al grosor de la corteza cerebral, al mayor o menor desarrollo cerebral, al entrenamiento precoz del cerebro, etcétera.
Creemos y apostamos al progreso científico. No cuestionamos, desde estas páginas, las investigaciones contemporáneas sobre el tema. Sí, en cambio, cabe analizar el modo en que se aplican sobre una determinada población y la ideología que subyace a ese pensamiento.

Encrucijadas y paradigmas
Fue uno de los desvelos de Freud, hacer del psicoanálisis una ciencia. Darles estatuto científico a sus investigaciones se constituyó en uno de los grandes desafíos a lo largo de toda su obra. Incluso Jaques Lacan, en su propuesta del “retorno a Freud”, con sus aproximaciones a la matemática, la lógica y la lingüística, quiso proveer al psicoanálisis de un cuerpo teórico que sustentara con mayor eficacia los embates intelectuales de la época. El gran interrogante era, frente a los postulados del positivismo, cómo escapar del razonamiento inductivo. El mayor desafío era poder hacer científicos los postulados que no respondieran a los parámetros de lo observable, de lo medible. Así, entonces, el psicoanálisis se vio inmerso en múltiples cuestionamientos acerca de:
· el verdadero estatuto de sus formulaciones;
· el concepto de verdad;
· cuáles son los fundamentos para modificar la categoría de individuo por la de sujeto del inconsciente;
· cómo se logra el acceso a la llamada “verdad del sujeto” si no podemos medir o cuantificar sus acciones con el método hipotético deductivo.
Todo este planteo confronta fuertemente con los postulados del espíritu científico de la época, que pretende establecer leyes efectivas, relaciones invariantes y un razonamiento lógico. Es decir, reducir todo a términos reales en el marco de una coordinación establecida entre los diferentes fenómenos particulares y algunos hechos generales.
Por otro lado, se ha cuestionado, no sólo el objeto de estudio, sino el método de abordaje y de investigación, ya que, en psicoanálisis, se requiere del investigador, de cada investigador en singular, como variable fundamental para que algo de esa verdad se desarrolle. Subversión de un orden establecido que involucra hasta al investigador como variable que puede modificar el espacio de trabajo. Y el psicoanálisis plantea que no es sin el marco de la transferencia analítica, con el profesional tratante, que se podrá acceder a esa verdad. Esa verdad será lo que iluminará al sujeto en su devenir y en su existencia, plagada de desasosiego, incertidumbre y angustia, para lograr un efecto de liberación de las ataduras inconscientes que lo llevan a repetir compulsivamente un esquema de sufrimiento aprendido en los tiempos de la infancia. Esquema “aprendido” y devenido en fantasma que atraviesa su existencia y artífice del despliegue de su subjetividad contemporánea (síntomas).
En la actualidad, el debate sobre el estatuto científico del psicoanálisis ha quedado relegado a algunos círculos ortodoxos emparentados con la epidemiología neoliberal, que ven en la obra freudiana un enemigo para sus objetivos capitalistas, tales como la venta de psicofármacos.
No obstante, se han ido generando diferentes debates. Uno tiene que ver con su aplicación en diferentes disciplinas. En esta ocasión abordaremos este aspecto desde la psicopedagogía clínica.
La formación de los profesionales de la psicopedagogía clínica tiene claramente dos orientaciones. Una toma al individuo y otra al sujeto. Una orientación clínica le supone al individuo una posibilidad de pensarse conscientemente a sí mismo desde un abordaje de las defensas yoicas, a las cuales hay que fortalecer mecánica o sugestivamente, y de modo perentorio, para que el individuo supere sus problemas existenciales y se vuelva a insertar en el circuito productivo. Otra orientación clínica lo piensa en términos de sujeto del inconsciente; instancia psíquica en donde hay que buscar la problemática de lo humano. El sujeto es allí donde no sabe que es. Esto quiere decir que donde el yo habla (la conciencia, la inteligencia, los circuitos neuronales), fortalecido por sus defensas, y cree saber sobre su padecimiento, es allí dónde verdaderamente no sabe nada de sí mismo ni del origen de sus padecimientos.
La especificidad de la psicopedagogía clínica apunta a abordar los problemas —de un niño o de un joven— asociados con el aprendizaje. Así como otros colegas desarrollan su especificidad profesional en ámbitos tales como las toxicomanías, los problemas alimentarios, los trastornos de ansiedad, la psicopedagogía clínica piensa al sujeto desde ese lugar. Esto genera un fuerte debate en torno al estatuto epistemológico de la psicopedagogía. ¿Se trata de psicopedagogos que trabajan como psicoanalistas? ¿Se trata de psicoanalistas que abordan desde una especificidad pedagógica al sujeto?
Consideramos a éste como un debate estéril, ya que del mismo modo los psiquiatras o los psicólogos debieran cuestionarse su formación a la hora de dedicarse al psicoanálisis. Muchos profesionales de la salud mental aparecen enmascarados bajo un velo “psi”, pero se parecen más a un curandero que a un trabajador de la salud mental.
Por esa razón, la cuestión de la formación de los psicopedagogos que se dedican a la clínica, con una mirada y una formación desde el psicoanálisis, tendrá que ver con su ética clínica. Una ética que no les permita retroceder en la investigación del inconsciente. Una ética que no les permita ser tentados por planteos facilistas, oportunistas, mediáticos, alternativos y urgentes. Una ética que los obligue a recibir al niño, pero atender al sujeto. Una ética que les permita advertir que no se trata de un individuo como reservorio químico-eléctrico, “inteligente”, al que hay que rehabilitar, reeducar o resocializar.
La psicopedagogía clínica con orientación psicoanalítica aborda la problemática de un sujeto que padece y que hace síntoma, en este caso, desde la problemática del aprendizaje.
La ética de la que hablamos no es en términos de moral sino de conducta profesional y científica. La psicopedagogía clínica con orientación psicoanalítica deberá conducir el tratamiento en tres direcciones:
· Hacia el descubrimiento del padecimiento inconsciente.
· A la modalidad en que hace síntoma ese sujeto, o se inhibe.
· Al motivo por el cual el padecimiento se manifiesta a través de un síntoma tan especifico como pueden ser los problemas de aprendizaje. O a través de una inhibición que provoca “anorexia intelectual” y, entonces, el sujeto “aprende nada”.
Se debe desterrar la idea de que es la manifestación fenoménica el objeto de estudio; en este caso, para la psicopedagogía, la inteligencia. Eso que se ve no es más que un síntoma que responde a una lógica inconsciente que hay que develar.
El recorrido del texto está protagonizado por trabajadores de la salud mental y de la educación que ingresan al terreno para acercarse, desde la experiencia clínica, a la problemática de niños y adolescentes. Ámbito en el que cobra especial relevancia el modo en que se piensan y extreman las nociones de inteligencia y subjetividad. Los trabajos aquí reunidos transitan un espectro teórico y una práctica clínica real y cotidiana, expresada en cada ejemplificación y en cada viñeta; protagonizada por quienes las relatan. No se trata de investigadores de escritorio, sino de profesionales que ingresan al mundo del niño y del joven: la escuela, la familia, la calle, para comprender su padecimiento y poder encontrar respuestas posibles que no los encasillen y que —por sobre todas las cosas— les devuelvan la dignidad de sujetos que piensan, sienten y deciden sobre el modo en que quieren vivir.

Sandra Yannuzzi y Fernando Osorio

 

   

 

 

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