Colección Ensayos y Experiencias - Tomo 66

La
escena absurda: en la caja hay una sorpresa
Imaginemos
a un grupo de niños en un aula, digamos una sala de jardín de
infantes, en una de aquellas típicas rondas junto a la maestra.
Ésta, a quien llamaremos M., los saluda y les presenta un material:
se trata de una caja de cartón prolijamente forrada, que sacude
varias veces dejando oír un entrechoque de objetos que despierta
inmediatamente la curiosidad en el grupo. Escuchemos el diálogo
que se entabla entre M. y los niños.
– ¿Saben que hay acá adentro? –pregunta M.
– No… ¿qué hay? –contestan casi a coro.
– Vamos a jugar a adivinar. Yo voy a ir respondiendo a sus preguntas
y así, por medio de pistas, podrán saber qué les traje hoy.
– ¿Son instrumentos? –pregunta Matías, sin duda orientado por
la escucha de sonidos metálicos–, ¿son instrumentos de música?
– No –contesta M.–, pero no traten de adivinar enseguida: pueden
preguntarme cosas sobre lo que hay adentro, por ejemplo “de qué
color es”, o “para qué se usa”… y entonces va a ser más fácil
descubrir lo que hay en la caja.
– ¿De qué color es? –pregunta enseguida Carolina.
– ¿Para qué se usa? –agrega Sol.
La maestra duda un instante, y replica: Yo dije esas preguntas
como un ejemplo, pero pueden decir otras cosas. A ver: intenten
decir otras cosas.
– Mi mamá –dice Nicolás– tiene una caja parecida y la usa para
poner cubiertos, tenedores…
– Bueno, está bien, pero ésta no tiene cubiertos. Recuerden que
tienen que hacer preguntas y no tratar de adivinar sin tener una
pista. Si dicen cualquier cosa puede ser que adivinen, pero va
a ser más divertido si lo descubrimos pensando en distintas características.
– Yo no traté de adivinar –increpa entonces Nicolás–, yo dije
que mi mamá tiene una igual y guarda ahí cubiertos.
– Sí, Nico, dijiste que en esta caja podía haber cubiertos, como
en la que tiene tu mamá… y eso es como adivinar. Pero no te preocupes,
sigamos tratando de hacer preguntas que nos lleven a descubrir…
– Perdón, señorita –insiste Nicolás, dirigiéndose ahora a sus
compañeros–, que alguien me corrija si me equivoco, pero yo dije
que mi mamá guarda cubiertos en una caja como esta, lo cual no
significa que en esta caja tenga que haber cubiertos. Es obvio
que una cosa no implica la otra.
Ante el inesperado léxico utilizado por Nicolás, M. queda un momento
desconcertada y sin palabras. Cuando está por preguntarle dónde
había escuchado la palabra “implica”, Sol interviene:
– Perdón que me meta, Nicolás. Si bien no dijiste explícitamente
que en esta caja hay cubiertos, lo sugeriste. De otro modo ¿para
qué mencionarías el hecho de que en tu casa hay una caja igual
cuyo contenido es precisamente ése?
– Chicos… –balbucea M.–, creo que si me hacen algunas preguntitas
van a darse cuenta enseguida de lo que hay en la caja… es un juego
muy sencillo… A ver Matías: ¿qué podés preguntarme?
Matías piensa un instante con un dedo en la boca y formula la
siguiente pregunta:
– Señorita ¿vos conocés el contenido de la caja y nos orientás
a descubrirlo también como un recurso para suscitar nuestro interés?
¿O es que lo ignorás, como nosotros, y te valés de nuestra ayuda
para descubrirlo?
M. está por responder, pero interviene antes Nicolás, sin dejarle
tiempo para decir nada.
– Si el contenido de esa caja es accesible por medio de preguntas,
¿no sería lógico creer que tal contenido es equivalente a una
respuesta?
– Eso, eso… –agrega Sol, enfervorizada–, y si la caja contiene
respuestas, ¿qué tipo de respuestas son? ¿Trascendentes acaso?
Se produce en la salita un incómodo silencio. Un murmullo de voces
agitadas provenientes del juego de otros niños en el patio llena
el espacio, se escuchan las conversaciones de las maestras, los
ruidos de cacerolas de la cocina. Convergen en M. emociones encontradas.
Por un lado, el inevitable asombro por las destrezas lógicas y
lingüísticas que se evidencian en sus párvulos (por cierto sorprendentes
en niños de tan corta edad) y a la vez una incertidumbre, que
ronda las orillas del pánico, respecto del destino de esta insólita
conversación. Finalmente, retoma la palabra.
– Díganme ustedes: ¿qué creen que habrá en la caja?
– Si acaso son respuestas –tantea Carolina–, éstas pueden ser
un correlato de nuestras preguntas. Si esto es así, deberíamos
entonces explorar nuestro interior, nuestra propia ansia de saber,
nuestra curiosidad, y explicitar nuestras dudas más trascendentes.
– ¿Cómo cuáles? –pregunta M., entrando finalmente en el código
de la conversación, en un vano esfuerzo por disimular su asombro.
– ¿Cuáles? Bueno… –sigue Carolina–. ¿Cuál es la razón de nuestra
existencia? ¿Qué nos hace especiales a cada uno de nosotros y
sin embargo nos une como seres humanos? ¿Qué es el amor?
– ¿Por qué morimos? –agrega Nicolás.
– Y en sintonía con eso –completa Matías–, si hemos de morir:
¿por qué existe en nosotros un profundo apetito de eternidad?
– ¿Es esta realidad que vivimos la única posible? –retoma, muy
entusiasmada, Sol–. ¿Cuánto de lo que somos es producto de nuestra
naturaleza y cuánto lo es de nuestra voluntad como seres autónomos?
¿Existe el libre albedrío?
– Nuestros sentidos ¿son confiables? –pregunta Nicolás nuevamente,
con las cejas arqueadas y el índice en alto–. ¿Podemos creer lo
que a través de ellos nos parece real? ¿Existe Dios? Y en tal
caso: ¿posee una voluntad cuasi-humana o es una presencia omnisciente?
– ¿O acaso una invención desesperada de los hombres en un intento
para construir su identidad, explicar su origen? –replica Carolina.
– ¡Abramos la caja! ¡Allí están todas las respuestas! –dice Augusto,
que hasta este momento escuchaba todo con atención–, es evidente
que la señorita trajo esta caja para satisfacer nuestro infinito
afán de respuestas, nuestra infantil curiosidad…
M. apoya una mano sobre la tapa de la caja, un poco avergonzada.
El inesperado giro, las imprevisibles reacciones que una propuesta
tan pedagógicamente probada como la caja de cartón está tomando,
la desconciertan.
– Chicos –dice–, no sé si lo que hay en la caja es realmente lo
que ustedes creen. En realidad deben saber que en la caja solamente
hay…
– ¿… objetos? –la interrumpe Augusto.
– Bueno… sí. Sí, Augusto: objetos.
La repentina revelación es seguida de un silencio cargado de tensión.
Transcurre un minuto, que a M. se le antoja eterno, hasta que
de pronto Augusto rompe la calma y habla, sobresaltando a M.:
– Eso a mí no me desanima –dice el niño–, los objetos pueblan
el mundo creando símbolos, representaciones. La materialidad es
sólo un plano de las cosas. Aun en el objeto más simple puede
haber muchas respuestas. ¿No es acaso la Biblia un objeto de papel?
¿No son objetos el telescopio, la imprenta, la tierra misma?
Sol, cuyo fervor había ido en aumento mientras escuchaba la salvadora
intervención de Augusto, se pone de pie y extiende los brazos
en alto: –¡La Divina Comedia es sólo un frasco de tinta! –grita–,
¡los bocetos de Leonardo tan sólo trazos en carbonilla! Y sin
embargo…
– … Sin embargo –concluye Augusto–, referirse a esos objetos es
remitirse a algo más vasto, ¿verdad?
Sol asiente y regresa a su asiento, satisfecha.
– Nuestro propio cuerpo –agrega tímidamente Matías– está compuesto
por materia, por sustancias orgánicas. Sin embargo, en cada uno
de nosotros hay infinitas preguntas e infinitas respuestas.
– Abramos la caja, entonces –propone Augusto dirigiéndose a la
maestra.
La mirada de todos los niños recae en el elegante cubo de cartón,
sobre cuya tapa descansa temblorosa la mano de M. Siglos de inquietante
espera cobran vida en los ojos de estos pocos niños. Algunos se
estrujan los dedos de las manos, que apenas asoman tras las mangas
cuadriculadas de sus delantales. Otros estiran el cuello para
ver más de cerca el contenido revelador.
M. suspira nerviosa, baja lentamente los párpados en un gesto
de pretendida ausencia, alza la vista. Se acomoda en su silla,
echa una última mirada a las paredes desmesuradamente decoradas
de la sala…
Y abre la caja.1
El
imperativo de la libertad
Desde distintas tradiciones pedagógicas y a cuento de diferentes
problemáticas que atraviesan el campo de lo educativo, depositar
la mirada sobre los motivos que impulsan al niño a aprender ha
devenido un procedimiento central e ineludible. Se trata de unas
fuerzas a veces inciertas, y claramente menos aprensibles que
aquellas cobijadas por categorías que se centran en el lugar y
la actividad del maestro, pero que se han instalado con fuerza
en el repertorio del pensamiento pedagógico actual. Cabe entonces
preguntarse por la relación que guarda el creciente afán por abarcar
los deseos, intereses y motivaciones de los alumnos, con las nuevas
tecnologías de enseñar, con los nuevos sentidos del ser docente,
y con las nuevas formas de alianzas entre los diferentes actores
escolares.
Si el aprendizaje de los alumnos existía antaño al amparo de ficciones
“seguras”, como el modelo tradicional de la transmisión, y era
allí entendido como un elemento protegido de todo riesgo donde
su ocurrencia (o no ocurrencia) se podía atribuir a cuestiones
más que nada técnicas, en los nuevos escenarios la certeza metódica
cede espacio al terreno incómodo y fluctuante de lo estratégico.
En otros términos, y anticipando el análisis de Francisco Jódar
y Lucía Gómez, se trata de entender cómo el propio riesgo ha mudado
su sentido: allí donde solía entenderse como síntoma de unas carencias
en el (mal) gobierno de los sistemas sociales, se lo pasa a considerar
como condición de posibilidad de valores que definen la idea de
una buena educación. La innovación, el fomento de la acción, la
responsabilidad individual ante la incertidumbre; es justamente
porque la gestión de tales valores ya no es pensada como responsabilidad
exclusiva del maestro que el escenario educativo cambia.
La escena absurda que encabeza este libro hace referencia a este
conjunto de procesos, y a algunas de sus contracaras menos evidentes.
El camino de la normalización a la optimización y de la escuela
como espacio clausurado y cerrado a la formación permanente a
lo largo de la vida, podría sostenerse, son vías que a la vez
inauguran otro camino (¿paralelo?) que va del dominio y el control
de la infancia hacia la desresponsabilización del adulto respecto
del niño, aun cuando se erija en nombre de un aumento de las libertades
y la autonomía.
Y es que la libertad está en el centro de estas cuestiones, cualquiera
sea el ángulo desde el que se enfoque. Otrora conquista anhelada,
premio a la transgresión y fruto de la lucha, hoy es casi un imperativo
al que hay que ajustarse. Podría pensarse, con Ana Abramowski,
que la aparición en escena de la figura del “desmotivado”, ese
alumno que se incrusta en la apatía, que no cumple con el mandato
de investir el saber con su interés y que el único lugar donde
se impone con fuerza es en el centro de las preocupaciones (cuando
no de la autoestima) de los docentes, se inscribe en esta dinámica.
A diferencia del antiguo alumno “perezoso”, que transgredía una
norma que le era impuesta y ofrecía su quietud como silenciosa
pero firme oposición, el desmotivado no puede transgredir porque
está sumido en una suerte de parálisis: si el perezoso no hace
porque no quiere, dirá Abramowski, el desmotivado no hace porque
no puede: es incapaz de actuar.
Los maestros no están exentos de enfrentarse a este tipo de dilemas.
El lugar que ocupan en la escuela no está a resguardo ante el
embate del imperativo de la libertad. Si el saber que define el
lugar del maestro (y el imperativo de cuya transmisión lo constituye
como tal) comienza a convertirse en un bien negociable, en un
objeto que no necesariamente se imprime en un otro al amparo de
procesos controlados, entonces las coordenadas que hacen posible
el acto educativo se desdibujan.
Es inconcebible una escuela sin transmisión, y es inconcebible
un maestro sin saberes. El saber ha sido, como afirma María Victoria
Cepeda, la argamasa del discurso escolar. La cuestión es si en
tiempos del mercado y el discurso mediático el saber puede sostenerse
o palidece ante la fuerza expansiva de una nueva forma de circulación
simbólica: la información. Si el saber demanda un portador que
se enfrente a un no-portador, una circulación unívoca, una suspensión
de la reciprocidad o, por decirlo más sencillamente, si el saber
demanda asimetría, la información es capaz de colocar al maestro
en una posición mucho menos honorable aunque más acorde con el
imperativo de la libertad: la de un mediador que se encarga de
hacerla accesible y, en el mejor de los casos, de descifrarla
o traducirla.
La propia institución, sus rituales, sus procedimientos minuciosos,
parecen perder fuerza ante este relevo. La información, nos recordará
Cepeda, puede ser adquirida de modo autónomo e instantáneo, y
aunque el registro para conservar el saber haya sido históricamente
la escritura (el saber se conserva porque se acumula), el registro
para procesar la información es la informática, que más que conservarse
se almacena o se reemplaza.
En este escenario, adultos y niños se reposicionan vertiginosamente.
Desde los niños espectadores cuya experiencia se asume guionizada
por la programación de los canales de cable, como surge del análisis
de Carolina Duek, hasta los pedagogos y didactas que echan mano
de los mismos iconos mediáticos ante los que años atrás alzaban
sus voces indignados, como sugiere Javier Gurpegui.
La escena absurda, finalmente, y su propia condición de absurda,
no se salvan del huracán. Hace no tantos años, el relato se hubiera
inscripto sin dudas en el género de la ciencia ficción y el auditorio
hubiera aplaudido la imaginación del autor, pero es menos probable
que se hubieran hecho presentes los comentarios que el fragmento
suscita entre los docentes en la actualidad, del orden de: “muchas
veces subestimamos a nuestros alumnos”, o bien: “los chicos hoy
están mucho más adelantados de lo que creemos”. Y a partir de
este diagnóstico, ya no se trata de cuestionar el “mal hacer”
ni de ofrecer soluciones inteligentes a problemas de falta de
racionalidad práctica. Tampoco de superar tradiciones. Se trata,
esencialmente, de mirar hacia adentro, allí donde reside el paisaje
trascendente de la escena pedagógica, y aportar herramientas para
comprender el sentido de los lugares que ocupamos en la escuela.
Daniel
Brailovsky
Nota
1. Cuento inédito de Daniel Brailovsky, titulado "En la caja
hay una sorpresa".