Revista Novedades Educativas


Entrevista a María Teresa González Cuberes
Publicada en la Edición Nº 102

 

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Talleres: sentimiento, pensamiento y acción

. Un buen taller promueve salud mental al generar el cambio y la adaptación activa y transformadora a una realidad
. Los pseudotalleres desatan el puro activismo, la demagogia

¿Cómo se puede enseñar de manera participativa?
- La participación deriva del juego intersubjetivo, y esto se logra cuando la docencia tolera que los liderazgos circulen dentro del grupo. El magisterio convencido de que no se trata de «manejar» o «dominar» al grupo puede capacitarse para coordinarlo, dejar de manipularlo. Aprendiendo a «leer» lo que acontece podrá «co-pensar» y provocar desafíos en una situación placentera en la que todos se sientan incluidos. De ese modo se facilita la comunicación y el aprendizaje, se moviliza al grupo ante estancamientos, se favorece el intercambio de roles entre los participantes. Es aconsejable, además, registrar el proceso a fin de decidir el momento y el tipo de intervenciones más oportunas y, naturalmente, monitorearlo, evaluar y auto-evaluarse de manera constante. Para que la participación sea efectiva vale la pena intentar la co-coordinación y atreverse a pedir otras miradas y comunicaciones a alguien que sea consistente y tenga más experiencia.

¿Cuál fue el contexto en el que usted escribió El taller de los talleres?
- En 1980, después de tres años de residir fuera del país, elegí vivir en Mar del Plata, recuperar la provincialidad -soy cordobesa-. Allá por 1970 había comenzado a explorar las técnicas grupales, el ejercicio de la coordinación -de un equipo interdisciplinario y de grandes encuentros interprovinciales de salud y educación-. En Londres había confirmado que la participación, las relaciones democráticas, el tiempo y el espacio grupal y su dinámica correspondían al encuadre de los llamados workshops o atelieres (talleres), las «oficinas» para Brasil. En la ciudad adoptiva, tímidamente, comencé a realizar experiencias, algunas aplaudidas, muchas resistidas, otras tantas «copiadas». El país comenzaba a salir de su obligado letargo.

¿Cómo se enseñaba entonces?
- Bien en unos pocos espacios, mal en la mayoría. Bloom y Gagné forzaban todo intento educativo. La teoría psicogenética barnizaba las aulas, que debían convertirse en el lugar para «aprender a aprender», silenciando el error. Aún circula, lleno de equívocos, algún sobre-entendido y malentendido de aquellas épocas.

¿Cuál es la esencia de la propuesta de trabajo en taller?
- Sería totalitario responder sólo ésta o aquélla, sin embargo creo que favorece el libre flujo de las subjetividades, nos humaniza y hace más honestos intelectualmente, da entrada al sentimiento, al pensamiento y a la acción tanto en el enseñar como en el aprender. Me opongo a la idea del taller como el lugar del aprender haciendo, nada se puede hacer sin sentir ni pensar al mismo tiempo.

¿Cuáles son sus características y cuáles sus ventajas?
- En el taller -modalidad operativa, jamás un método- se pueden aplicar criteriosamente diferentes estrategias, técnicas, metodologías, incluida la clase magistral. Esto facilita que docente y grupo atraviesen cuatro momentos insoslayables en términos de aprendizaje: vivencia, reflexión, conceptualización y sistematización. No importa en qué orden se desarrollen, estos momentos siempre han de ser vividos y trabajados. Las ventajas del taller están íntimamente relacionadas con su esencia, una instancia ideal para trabajar los vínculos interpersonales, con los conocimientos, las actitudes y las prácticas.

¿Qué implicancias tuvo en las aulas?
- Las mejores... y las peores. Un sólido encuadre propicia el respeto mutuo, la apropiación, circulación y producción de saberes y conocimientos, sólo así se coordina seriamente -no solemne, ni burocráticamente-. Lamentablemente, los pseudotalleres desatan el puro activismo, la demagogia y el desborde de algunos miembros; así el taller se bastardeó, se instaló como moda, la improvisación hizo estragos. Un taller patológico, mercantilizado, perverso puede provocar desde desinterés hasta severos daños. Un buen taller, en cambio, promueve salud mental al generar el cambio y la adaptación activa y transformadora a una realidad que, de otra manera, lleva a repetir y a hacer síntoma. La experiencia generalizada no ha sido demasiado fecunda; difícilmente lo sea, dado el totalitarismo de nuestros países; en unas circunstancias histórico-sociales que se sustraen a los cambios sustanciales el taller se instala por decreto y queda en el «como si». La educación, el sistema educativo y su aparato tecnoburocrático no son democráticos; los saberes, los conocimientos y la cultura sí lo son; allí reside el taller como posibilidad y como esperanza.

¿Podría señalar algunos referentes teóricos?
- El pronunciamiento de los chicos de Barbiana (Italia), Freire, Freinet y la producción de Pichon-Rivière serían algunos de los trabajos que conservan vigencia. Por mi parte, y luego de revisar múltiples experiencias realizadas en diferentes pueblos y ciudades, publiqué Hacia el aprendizaje grupal –que reúne propuestas para los distintos niveles-, Dicho y hecho: atreverse con el taller y el grupo de reflexión -experiencias realizadas en la universidad- y un trabajo sobre aula-taller que no alcanzó a circular. No descarto la idea de volver a escribir sobre el tema, nuevas teorizaciones lo demandan. Respecto del taller con los más chicos rescato a Tavernier, quien ofrece múltiples ejemplos, adhiero fervientemente al trabajo comunitario y al atelier tal como se concreta en Reggio Emilia (Italia), aunque existe poca información en nuestra lengua. Me parecen objetables, en cambio, algunas publicaciones en las que se prescriben programaciones -guías didácticas predigeridas-, muchas de las cuales son desacertadas; no dejo de asombrarme frente a algunos plagios. Cabe recordar aquel libro fundacional de Moccio, El taller de terapias expresivas. Foucault, Mannoni, Dolto, Winnicott, son autores en los que habrá que abrevar para ejercitar la función intelectual que, como señala Eco, consiste en excavar las ambigüedades y sacarlas a la luz... No es que la función intelectual esté separada de la moral. Es elección moral decidir ejercerla.

 

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