Nota de Prensa


Entrevista a Fernando Osorio
Gineconet.com
31 de octubre de 2006, Buenos Aires, Argentina

 

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Violencia en las escuelas
Un análisis desde la subjetividad
Fernando Osorio

ISBN: 987-538-155-1
Págs.: 224

Argentina y Uruguay:
$ 38.00
Resto del Mundo:
U$D 16.00

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Violencia en los colegios
¿De qué hablamos cuando hablamos de violencia?

Cada vez con mayor asiduidad los medios de comunicación dan testimonio de diversas expresiones de violencia en el ámbito escolar. Un análisis de los motores de este fenómeno y algunas alternativas para enfrentarlo.

Hace poco más de dos años un alumno de la escuela Islas Malvinas de Carmen de Patagones (Río Negro) sacó un arma en plena aula y empezó a disparar contra sus compañeros. Tres de ellos murieron y otros cinco resultaron heridos. Acaso aquella tragedia haya funcionado como el principio del fin: el supuesto de que los actos de violencia extrema en los colegios sólo tienen lugar en sociedades anglosajonas quedaba enterrado para siempre. Las autoridades escolares y las familias exponían su impotencia para responder a un fenómeno complejo y cada vez más extendido.

Se trata de un fenómeno que se desarrolla bajo formas de mayor o menor brutalidad pero siempre altamente nocivas.

Fernando Osorio es psicoanalista (UBA) y tiene una reconocida formación en el área de psicología forense y criminología. Es autor del libro “Violencia en las escuelas. Un análisis desde la subjetividad”. Desde hace años estudia esta problemática y, casi como punto de partida, propone una distinción no negociable. “La violencia escolar no es lo mismo que la violencia dentro de las escuelas. Violencia escolar son todos los hechos o acontecimientos antidemocráticos que genera el sistema educativo, los cuales atraviesan a todos los actores, no sólo a los alumnos. Violencia en las escuelas, por su parte, son todos los hechos o acontecimientos que genera la sociedad o que son generados a partir de un movimiento social y que ingresan a las organizaciones escolares como hechos de hostilidad o violencia a través de todos sus actores”, explica.

Lamentablemente la Argentina no un ámbito fértil en lo que a estadísticas se refiere. Esta particularidad dificulta mensurar el volumen, desarrollo y evolución de estos fenómenos. Sin embargo, más allá de lo cuantitativo, Osorio establece distingue “nuevas presentaciones” a través de los cuales la violencia social irrumpe en los colegios. Algunos de ellos son: violencia callejera extrema, uso y abuso de tóxicos, portación ilegal de armas, abuso sexual, maltrato físico y psíquico, abandono material y moral, prácticas autodestructivas, cortes de calles, rotura de mobiliario y pintadas en los muros.

Dado que los chicos que asisten a los colegios están en plena etapa de formación, su interacción –o la falta de ella– en su ámbito familiar adquiere una importancia vital. Osorio lo plantea así: “Las familias están muy perdidas, muy desconcertadas. Existe mucha gente desocupada, mucha marginalidad; o gente súper ocupada que no puede darle tiempo a sus hijos. Estas disfuncionalidades se proyectan en el ámbito escolar porque –a pesar del deterioro que está padeciendo desde hace quince o veinte años– sigue siendo por excelencia el espacio donde los chicos y los jóvenes siguen mostrando lo que les pasa. Es habitual en la consulta recibir a una mamá o a un papá que llega diciendo que en realidad no hubiera consultado por su hijo, pero que lo mandaron de la escuela. Con lo cual la escuela sigue siendo –en un porcentaje muy alto– el lugar donde se está atento a lo que le pasa a un chico”.

Cada vez más conflictos

Para Osorio se han incrementado los conflictos en los colegios por más de un motivo. “Está como decíamos antes, la descomposición social general y la repetida disfuncionalidad de la familia. Pero por muchos factores la escuela tampoco funciona como antes. Ya no es un ámbito de promoción y movilidad social (esto le quita sentido y genera violencia); se ha perdido el orden democrático interno (en algunos casos nunca existió); los alumnos no participan activamente de los procesos pedagógicos (de esta manera se desnaturaliza el compromiso de aprender); se percibe un deterioro de los vínculos afectivos (la relación alumno profesor está condicionada por la desconfianza y falta de tolerancia)”, detalla. ¿Pero cómo podemos enfrentar estos fenómenos? ¿Cómo responder a tal grado de complejidad en los factores que generan la violencia y en las formas en que se manifiesta?

Durante este año Osorio desarrolló con el auspicio de la Secretaria de Extensión Universitaria de la Facultad de Derecho de la UBA un seminario dedicado a la problemática de la violencia en las escuelas. Dicho espacio se transformó en un ámbito ideal para comunicar y enriquecer su perspectiva. Como concepción general Osorio sostiene que cualquier estrategia para intentar contener la violencia en las escuelas exige acciones asociadas a los docentes, a los medios y a la implementación de políticas públicas.

Como eje central propone la implementación de estrategias de reducción de daños a través de la creación de Consejos de aula. Estos deberán:

1. Aplicar tácticas de intervención sobre la base de la desjudicialización y la Descentralización. Para ello hay que adaptar y desburocratizar los servicios comunitarios y hacerlos funcionales a las necesidades de los involucrados en episodios de violencia escolar (Equipos técnicos, Centros de salud mental, Defensorías, Asociaciones civiles, etcétera).
2. Comenzar a considerar la capacidad de cambio de los jóvenes llamados violentos. Y aceptar que tanto las víctimas como los victimarios son sujetos de derecho y deben estar en igualdad de condiciones ante la ley y tener un debido proceso jurídico y –de ser necesaria– la asistencia en salud física y psíquica.
3. No hay que aceptar la imposición de modelos de abordaje social “importados” que no respeten la idiosincrasia y pensamiento de cada comunidad. Se deben encontrar respuestas y recursos locales.

La tarea es ardua. Exige mucho trabajo, consistencia y ajustes permanentes. Los resultados no serán inmediatos: por eso hay que empezar ya. Mirar hacia otro lado significa ser cómplices de un deterioro futuro cada vez mayor. Y el futuro ya llegó.

Por Lic. Sebastián Feijoo
Fuente Gineconet.com

 

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