Revista Novedades Educativas


Entrevista a Francesco Tonucci
Publicada en la Edición Nº86

 

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Los chicos interviniendo a lo grande en la vida de la ciudad

En esta entrevista realizada por Patricia Mariel Del Regno en la ciudad de Buenos Aires, el especialista italiano explica su experiencia con el “Concejo de los Niños” en municipios de ciudades italianas, donde los chicos discuten y proponen al Concejo Municipal medidas que los beneficien, como espacios libres y seguridad para pasear o jugar. Además, señala interesantes diagnósticos de la problemática urbana como “la pérdida de la cultura de compartir símbolos ciudadanos y espacios públicos” por una “cultura de la división y el encierro”, problemas de polución y tránsito. Finalmente, reflexiona sobre el modo en que se liga su proyecto ciudadano con el rol de la escuela como formadora de participación y cómo los docentes pueden impulsar acciones democráticas con sus alumnos.
La propuesta de “participación de los niños en órganos de gobierno de la ciudad”, que plantea Tonucci, es fruto de una reflexión y una experiencia concreta en comunas de ciudades italianas. Este proyecto ha despertado interés en algunas ciudades argentinas, como Rosario y Chacabuco, cuyas intendencias se han acercado a la invitación. El gobierno de la ciudad de Buenos Aires también ha recibido con agrado a Tonucci y su propuesta, que aquí contó con el aval de UNICEF.

¿Cómo llegó usted a interesarse por este proyecto de participación de los niños en la vida de la ciudad?
- Éste es un proyecto que surgió del malestar concreto -como padre, abuelo, ciudadano- al ver cómo los niños sufren, a lo que se suma nuestro propio malestar, el de todos los que vivimos en la ciudad. El recorrido de mi reflexión fue para intentar comprender lo que pasa. Yo, que viví toda mi vida en el mundo de la educación, me di cuenta de que no era suficiente para solucionar este problema. El malestar en la ciudad no se soluciona ni dentro de la casa ni en la escuela, esto no es suficiente. Entonces empecé a pensar en la acción de la ciudad como posibilidad de salir de ese malestar. La ciudad crece en malestar porque “ha perdido su cultura”.

¿Qué implica la “pérdida de la cultura de la ciudad”?
- Se está perdiendo el “compartir el espacio”. Por ejemplo, significa “compartir la plaza”, la plaza es el símbolo de la ciudad y a la plaza se asoman la catedral, el mercado, el cuartel, el Palacio de Gobierno. Éstos son los símbolos de los ciudadanos que comparten el espacio, pero en los últimos años la ciudad se ha dividido. Así, la ciudad ha perdido su cultura para volver a dividirse entre un centro y una periferia y “soportamos” esta separación, este malestar, porque “nos dan servicios” a los votantes. Los administradores de municipios no piensan que la ciudad -que está amoldada a las necesidades e intereses de los adultos- puede no ser adecuada para los niños. Porque nosotros los adultos somos los que votamos. Por eso creo que nosotros, los adultos solos, no somos capaces de salir de esta coyuntura y necesitamos del protagonismo de los niños. Ésta es mi “utopía sostenible”.

Usted reconoce que esta inquietud parece utópica. ¿Cómo define su viabilidad?
- Cuando me dicen que mi proyecto es utópico, bueno, lo reconozco, pero es una utopía sostenible, concreta, que tiene un futuro. Esto no es algo irrazonable, sino que todo lo que está ocurriendo actualmente en las ciudades es irrazonable... ¿y cuánto puede durar? Es una historia muy breve. Hace cincuenta, treinta años que las ciudades viven así, ¿y a dónde vamos? Yo creo que la ciudad que han elegido los adultos como parámetro es para un adulto, trabajador activo, el resto no cuenta. Por eso yo estoy exhortando a los intendentes a que den respuestas, sencillas, pero comprometidas, con respecto a “asumir a los niños” como parámetro de cambio. Alguien dice: “Es una propuesta revolucionaria”; eso me da mucho miedo porque yo creo que es una propuesta banal, de sentido común... ¿Acordarnos de que existen los niños es revolucionario? ¡Qué terrible! Esto significa que nuestra sociedad ha perdido el sentido común. Desde aquí se pueden sacar un montón de consecuencias.

¿Cuáles son algunas de las acciones concretas que pueden emprenderse en las ciudades en pos de recuperar una cultura ciudadana de compartir espacios?
- Podemos pedir la supresión de tanta circulación de automóviles y que, cada tantas calles, haya una para otro tipo de transportes (bicicletas, por ejemplo), y permitir a los niños espacios para bajar a la calle y jugar, permitir a los ancianos sentarse y leer el periódico. Es un espacio público. El comercio podría aprovechar esto de la gente paseando. Hacer una calle placentera para pasear, éste es el tema. La calle que yo estoy describiendo, donde la gente se mueve, donde hay árboles, mesitas, niños jugando, ancianos paseando, es una calle vivida. Éste es el tema, yo creo que sería importante que una ciudad como Buenos Aires, que es una ciudad fundamentalmente llana, pueda regalar algunas calles, crear algunas que puedan cruzar toda la ciudad y regalarlas a las bicicletas. Esto no significa aumentar el caos del tránsito, esto es una presunción equivocada. En las ciudades de Europa centro-norte están experimentando esto: invertir para facilitar una movilidad más ligera, más limpia, como la bicicleta. Además, esto es una forma de gimnasia. Esto significaría que un número de coches privados se pararan y que la gente se moviera de otra manera. Por eso no aumenta el tránsito, sino que lo disminuye, y la ciudad se hace más limpia. Es la única manera de solucionar el problema de la polución. Tenemos que cambiar costumbres, y creo que los niños, que son ”peatones profesionales”, nos dan algunas pistas interesantes. Creo que los niños jugando en la calle son la línea de la defensa verdadera de la ciudad...

Usted dice que su propuesta puede ser ambiciosa, pero que es sustentable y posible y que, de hecho, hay experiencias, en ciudades italianas, donde los chicos pueden acercarse a los ediles y hacerles propuestas. ¿Podría contar propuestas que los chicos hayan hecho defendiendo sus derechos?
- Nosotros empezamos hace seis años atrás en una pequeña ciudad de Italia, Fano, cerca del Adriático, mi ciudad natal. Es una ciudad de menos de 60.000 habitantes. Empezamos por una sesión del Concejo Deliberante, que había decidido abrir un “laboratorio de la ciudad de los niños”, lo que significaba “ponerse un enemigo en casa”, porque obligaba a responder a los niños. Esto es una lucha verdadera en la que yo estoy bregando hace seis años, peleándome con el intendente. Pero lo bueno es que el intendente acepta este conflicto. Este proyecto, del cual soy director científico, comenzó cuando llamamos a los niños a trabajar con nosotros. Porque no es posible hacerlo sin los niños. Yo dediqué mi vida al estudio del pensamiento infantil, por eso creo que no es justo representar a los niños por nuestra cuenta. Entonces, formamos un “Concejo de Niños” que son representantes de las escuelas primarias de la ciudad. Son como treinta niños de ocho a diez años, que trabajan conmigo cada mes. ¡Es una maravilla! Se trabaja muy bien, a ellos les gusta mucho, son muy conscientes de la importancia de su papel y se afrontan todos los temas de la ciudad. Una vez por año, estos pequeños concejales son recibidos en el Concejo de la Ciudad, que se abre a los niños y les da la palabra. Allí, representantes de las escuelas llevan al Intendente y al Concejo Deliberante las protestas de los niños y los adultos dan las respuestas. Por ejemplo, los niños notaron este año que el municipio había dado todos los espacios públicos en gestión a sociedades deportivas -con la justificación de que no tiene recursos para sostenerlos por sí mismos-, para que fueran bien mantenidos. Y los niños se percataron de que, así, ellos se quedaban sin espacios para jugar y, si querían jugar, tendrían que pagar. En la ciudad se está perdiendo el espacio libre y esto ha sido una ocasión de reflexión. Nosotros, como adultos, hemos apoyado la reacción de los chicos y ahora el Ayuntamiento está estudiando el contrato de cesión de los espacios, acordando que siempre deberán tener una franja de una o dos horas de acceso libre a los niños, para que éstos puedan aprovechar los espacios y jugar sin pagar. Esto es un ejemplo de los pequeños enfrentamientos entre los niños y los adultos.

En estos “pequeños enfrentamientos” entre los niños y los adultos funcionarios no habría una igualdad de fuerzas, sino una asimetría de posiciones. ¿Cómo intervienen aquí los especialistas como usted que acompañan a los chicos en este proyecto?
- A mí me gusta hacer notar que, si no fueran los niños a reclamar por estas cosas, estas cosas no saldrían. En otra oportunidad, los niños notaron que había demasiados coches, lo que les hacía difícil jugar, y el concejal de tránsito, en “un momento de generosidad”, y sin darse cuenta de que frente a los niños es importante tener cuidado cuando se habla o promete, expresó: “Yo les prometo que un día voy a cerrar toda la ciudad a los autos”. Después de decir esto se dio cuenta de que resultaría bastante difícil, porque, por más pequeña que sea una ciudad -en nuestro caso la cruzan varias carreteras estatales- cerrarla al tránsito significa interrumpirlo quizás hasta en un plano nacional u obligar a desviarlo en otro sentido. Entonces, este concejal empezó a llamarme a Roma: “A ver cómo podemos hacer...”, y yo le respondí: “Yo estoy con los niños, ustedes tienen que cumplir; si no, yo llamo a una rueda de prensa y digo que no cumplieron”; y el “pobre” cumplió. Cerró la ciudad en determinados momentos, y de esto ya hace cuatro años, que se repiten todos los años. Cuando uno llega a Fano, durante estos días de cierre, un domingo de abril, que para nosotros es el empezar de la primavera, se encuentra con un cartelito, normalmente en el desvío de la calle, que dice: “Hoy las calles de Fano son cerradas a los autos porque han sido regaladas a los niños para jugar”.
Lo que a mí me interesa destacar es que hoy a los niños se los considera siempre “menores” y como “alguien a quien tenemos que defender”, entonces surgen movimientos en defensa del niño, “teléfonos de diferentes colores”... Yo estoy bastante en contra de esto, yo creo que no tenemos que “defender a los niños”, yo creo que tenemos que “armarlos”: dar armas significa dar instrumentos. Siempre, cuando empiezo cada año el encuentro con el Concejo de Niños, digo que los niños tienen que aprender a ser un poco más bravos, a defender sus derechos. Por ejemplo, en Fano, nosotros utilizamos un cartelito que los niños ponen debajo de los vidrios de los coches señalando que están estacionados de una manera que crea disturbios a los peatones. Esta “multa” que los niños ponen dice: “Usted es un maleducado por estacionar en un lugar donde yo tenía derecho a pasar, obligándome a bajar a la calle y correr un peligro inútil”. Firmado (nombre y apellido) por un niño de ocho o diez años. Los niños me dicen que la gente siente vergüenza al encontrar esos mensajes. Esto es un pequeño ejemplo de que los chicos pueden ser “activos”. Es importante ver que, luego de los dos años de “mandato” en que se desempeña cada niño en el concejo, cambian muchísimo. Al final, son “niños bravos de verdad”: escriben a los periódicos, se ponen en mi contra, nos peleamos en el Concejo.

¿Qué otros reclamos o propuestas elevaron los niños en el Concejo?
- Por ejemplo, el Concejo Municipal decidió cerrar una escuela, desplazarla a otro lugar para dedicar ese espacio para otra cosa y los niños concejales se pusieron en contra de esto. Los niños querían manifestar su disconformidad... ¡como lo hacen los adultos! Tuvimos varias reuniones para ver cómo era el tema e invitamos al Secretario de Educación para que él diera razones. Lo interesante es que los niños pueden hablar sobre todo. En una oportunidad, un niño me mandó una carta que decía: “que los adultos sepan que nosotros podemos expresar nuestra opinión sobre todo, incluso en problemas que no podemos resolver”. Esto es muy interesante, y nosotros con los niños hablamos del hospital pediátrico, de la policía urbana, de los restaurantes y demás.

¿Cómo ha ido extendiéndose esta experiencia del Concejo de Niños que comenzara en su ciudad natal?
- Han ido surgiendo nuevas propuestas. Como esto empezó en una ciudad pequeña, algunos dicen: “¡Ah, pero esto es fácil porque la ciudad es pequeña!”... No es fácil. Claro que las ciudades pequeñas tienen más posibilidades, pero ahora esta propuesta está pasando a muchas más ciudades. Por ejemplo, yo actualmente soy asesor del Alcalde de Palermo, y Palermo es una “ciudad dura”, “ciudad de mafia”... Bueno, el Intendente de Palermo quiere desarrollar un proyecto de la Ciudad de los Niños. En Roma también está empezando. Aquí, en la Argentina, una “ciudad dura” como Rosario se sumó a esta invitación, a esta “provocación” y también lo hizo otra ciudad más pequeña, como Chacabuco. También el gobierno de la ciudad de Buenos Aires ha recibido con interés esta experiencia. Sus intendentes han hecho una intervención de maravilla, comprometiéndose mucho, sosteniendo que ellos creen que éste es el camino. Ésta es la utopía que se puede llevar adelante, porque si no, yo creo que estamos perdiendo el futuro de la ciudad.

Los docentes argentinos se han interesado mucho por sus reflexiones y viñetas sobre el pensamiento infantil y la escuela. ¿Cómo cree usted que entran los docentes en esta nueva propuesta suya de la ciudad y los niños?
- Esto me interesa mucho, es una ocasión que agradezco, porque los maestros se sienten “un poco traicionados”. Ellos dicen: “¿y nosotros dónde entramos en este nuevo proyecto?” Porque, aparentemente, este programa no es para la escuela, es para la ciudad, ¡pero la escuela está dentro de la ciudad! Éste sería mi primer mensaje: darse cuenta de que la escuela no está fuera de la ciudad -cosa que ocurre frecuentemente-; el segundo sería convencerlos de que la escuela puede asumir esta filosofía. Aquí planteo una reflexión que me golpeó mucho. Recién después de trabajar con la ciudad, como decía antes, yo sentí la necesidad de escuchar a los niños, de dar la palabra a los niños, de oír lo que los niños tienen que decir. En este caso, me doy cuenta de que, en la escuela, los niños no cuentan para nada; no hay un momento -ni está previsto- para que los niños expresen “su propio punto de vista”. Yo digo: “¡qué raro!, la ciudad no está hecha para los niños”, y nosotros para cambiarla no podemos prescindir de su punto de vista. Por su parte, la escuela, que fue hecha sólo para los niños, “no se entera, por nada”, de lo que piensan los niños.
Por otro lado, vemos como normal que a los niños no les guste la escuela. Esto es muy grave, porque los niños y los jóvenes pasan una parte importante de su vida dentro de la escuela y ¡tienen que pasarla en un lugar que no quieren!... Por eso yo digo: “¿Por qué no pensamos en entrar en esta filosofía nueva de la Ciudad de los Niños”? Esto significa un papel protagónico de los niños y lo aplicamos también a la escuela, para hacer “una escuela de los niños”. Ésta es la propuesta que me gustaría hacer a los maestros: “¿por qué no damos la palabra a los niños?”, es decir, “¿por qué no pensamos una forma de crear una democracia dentro de la escuela?”

¿Qué acciones formativas podría concretar la escuela en este sentido?
- La escuela se ocupa de educación urbana, de educación cívica, pero “la democracia no se enseña, se practica”. Esto es lo que podemos hacer: crear experiencias democráticas. Lo digo con ejemplos muy concretos: empezar con la “Asamblea de clase”, es decir, que cada tanto -puede ser una vez cada semana- los niños puedan discutir entre ellos. Aprender a discutir es una de las cosas más difíciles, la mayoría de los adultos no lo consiguen en toda su vida. Que la escuela brinde elementos y permita estos debates sería fundamental. Por ejemplo, que los niños puedan examinar la vida de la escuela, opinar sobre la vida de la escuela, proponer cosas, protestar. Luego, que pueda existir el “Consejo de Escuela”, lo menos formal posible, que los chicos se organicen como quieran, sin reglamentos preparados por nosotros los adultos, que se adecuen a las necesidades distintas de los niños. Que el Consejo de los estudiantes se encuentre periódicamente y que tenga poder. Hoy el poder en la escuela no lo tiene casi ninguno o, mejor dicho, cada uno lo ejerce hacia el más pequeño: el director hacia los maestros, los maestros hacia los alumnos. Se tendría que redistribuir el poder, y que los niños pudieran decidir cosas, expresar opiniones con libertad, que posiblemente tuvieran un presupuesto para sostener sus iniciativas, que tengan lugares de comunicación, donde puedan comunicar cosas a sus compañeros, que tengan también, si es posible, un tiempo para administrar... “¿Por qué no regalamos a los niños algunas horas de escuela?” Por ejemplo, cada año, veinte horas; el Consejo de alumnos decide qué hacer en esas horas.

Por último, en su experiencia personal, ¿usted recuerda especialmente algún docente de su niñez o juventud que le permitiera esta participación, esta capacidad de proponer?
- Yo he tenido muchos maestros, yo soy un divulgador, no soy uno que tiene una pedagogía propia. Pero, especialmente, yo creo que tengo que citar a Mario Loddi. Mario Loddi es un maestro que -últimamente he tenido el honor de escribir un libro sobre él- ahora está jubilado. Lo que él me enseño siempre fue la curiosidad. Cuando querían aprender algo de él, las maestras y maestros jóvenes se acercaban a él con respeto y con admiración, pero era siempre él quien les preguntaba cosas a ellos y era él quien me preguntaba a mí. Él quería aprender y yo le decía: “¡Pero soy yo el que tengo que aprender!”...
“Pero no, explícame tú, que me interesa mucho” -decía él. Estas chicas, maestras, yo recuerdo que salían totalmente desconcertadas, porque pensaban aprender y estaban enseñando al maestro más conocido de Italia, más importante que tenemos: ¡el único que ha tenido una Laurea “Honoris Causa” en Pedagogía... y él, ¡quería aprender! Pero lo quería con placer, su placer era conocer cosas nuevas. Esto y sus manualidades han sido siempre dos elementos fundamentales; a él le gusta “hacer” y esto significa que es un maestro que es capaz de aceptar también a niños que no tienen un desarrollo cultural, formal, alto; porque sabe apreciar a los que trabajan con las manos. Invito a las maestras y a los maestros a vivir todas estas reflexiones y propuestas, porque estoy seguro de que nos enseñarán mucho.

Patricia Mariel Del Regno

 


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