¿Por qué un manual de evaluación para docentes?
Vamos
a presentar en forma muy sintética las razones concretas
que tuvimos en cuenta al momento de organizar un curso de perfeccionamiento
docente sobre evaluación de los aprendizajes y, también,
al convertir ese curso en un manual. Al leerlas, reflexione, ante
cada una, si para usted son reales o no.
• En las instituciones de formación docente, en general,
sigue siendo el último tema de un espacio curricular, razón
por la que casi nunca se alcanza a desarrollar, por lo menos en
la medida que su importancia requiere.
• En las ofertas de cursos o seminarios de perfeccionamiento
o de capacitación es un tema muy poco frecuente.
• También fue el último tema planteado en
los documentos oficiales de la transformación educativa.
Sin
embargo,
•
la mala praxis evaluativa es posiblemente la razón de la
mayoría de los conflictos entre los diferentes actores
de la comunidad educativa y de la sociedad en general;
• la evolución de la teoría pedagógica
respecto de la evaluación ha ido exigiendo cambios de metodología
y actitudes;
• la confusión entre los varios factores que integran
un sistema de evaluación da lugar a:
- que exista entre los docentes imprecisión conceptual
al respecto,
- que reduzcan la evaluación a la función calificadora,
- que interpreten la evaluación como una cuestión
política o administrativa más que didáctica;
- las estrategias evaluativas aplicadas por los docentes inciden
tanto en la formación y desarrollo del pensamiento y las
actitudes como en la autoestima positiva o negativa;
• todo alumno tuvo desde siempre el derecho de ser evaluado
con idoneidad y con respeto a su dignidad de persona. Ahora, además,
lo respalda la legislación vigente: la Ley Federal de Educación
(1993) establece: art. 43: Derechos de los educandos, inc.
c): Ser evaluados en sus desempeños y logros, conforme
con criterios rigurosa y científicamente fundados, en todos
los niveles, ciclos y regímenes especiales del sistema,
e informados al respecto;
• la misma ley reconoce el derecho de los docentes de contar
con posibilidades de perfeccionamiento: art. 46: Derechos
de los docentes, inc. i): La capacitación, actualización
y nueva formación en servicio, para adaptarse a los cambios
curriculares requeridos.
¿Para
qué este manual?
El
origen de esta propuesta se halla en los cursos de perfeccionamiento
docente que, sobre la evaluación de los aprendizajes, empezamos
a dictar en 1997.
A su vez, el origen del curso fue una inquietud que venía
de muy lejos cuando, en el ejercicio de la profesión, surgieron
dudas y hasta angustias en torno a la necesidad de calificar sin
tener la seguridad de que esas calificaciones, por lo menos en
algunas ocasiones, tuvieran un fundamento válido.
Consideramos que es en la evaluación donde se ponen de
manifiesto dos facetas propias de casi todas las acciones humanas:
la técnica que consiste en saber hacer, y la ética
que reside en hacer de acuerdo con valores. En el tema que nos
ocupa, el principal valor es el de la justicia y equidad. El análisis
de la realidad nos ofrece múltiples ejemplos de alumnos
aprobados y no aprobados arbitrariamente o sin los fundamentos
suficientes. Esto desvirtúa el sentimiento de honestidad
y justicia que los docentes debemos ayudar a internalizar. Por
otra parte, el uso del sistema de calificación como instrumento
de poder del docente lleva a sentimientos de impotencia y a reales
frustraciones. Por presentar un ejemplo extremo, podemos recordar
los suicidios de adolescentes japoneses provocados por los niveles
de exigencias del sistema.
Nuestra preocupación por este tema es lo que explica que
lo abordemos con exclusividad. De algunos de los otros “objetos”
evaluables en el campo de la educación, haremos apenas
alguna mención. Esta problemática es tan extensa
y profunda que necesariamente hay que decidirse por un recorte.
Al finalizar abordamos muy sucintamente las consecuencias que
el nuevo concepto de evaluación tiene en el rol docente
y en la institución.
Cuando comenzamos a organizar el curso tuvimos siempre presente
que lo que debíamos ofrecer no era una dosis de información
teórica acompañada por ciertas prescripciones prácticas
-lo que se puede concretar en unas pocas horas-, sino un proceso
en el que la información estuviera montada en una estrategia
de enseñanza y de aprendizaje que condujera a un cambio
de actitudes, condición fundamental para que lo aprendido
se inserte en la realidad del aula. Esta preocupación tiene
su razón de ser. Estábamos, y seguimos estando,
en la convicción de que, dado que los sistemas de enseñanza,
de aprendizaje y de evaluación son interdependientes, sin
una renovación en las prácticas evaluativas se invalidan
los cambios en las estrategias de enseñanza y, sobre todo,
en las de aprendizaje, y es ese punto el que, junto con una nueva
oferta curricular, constituye la base de una transformación
educativa.
Eso es lo que tan ingeniosamente expone Jesús Mari Goñi
en “Los injertos y el sistema inmunológico”,
en el que hace un paralelo entre un organismo humano y el sistema
educativo. El organismo humano está dotado de un sistema
inmunológico que expulsa los injertos. En el sistema educativo:
“Mi opinión es que la evaluación es el
componente más potente del sistema y en consecuencia el
modelo que se sigue para realizarla expulsa a los demás
y se hace dueño del sistema”.
Como dice la parábola, no tiene sentido volcar vino nuevo
en odres viejos.
Y es, justamente, lo que ha sucedido en este proceso de “transformación”
de la educación que venimos viviendo. Se ha atendido a
los cambios de estructura del sistema, de los contenidos curriculares
y de las estrategias de enseñanza, pero se ha descuidado
totalmente la formación necesaria para promover una práctica
evaluadora coherente con las nuevas propuestas. Los alumnos estudian
otros contenidos en un nivel que se denomina de diferente manera,
pero siguen estudiando para “zafar”.
En el dictado de los cursos, atendemos ese propósito a
través de las “estrategias de enseñanza”
constructivista que promueven una “estrategia de aprendizaje”
significativo. Pero, ¿cómo lograr eso mismo a través
de un libro? No debíamos perder la función dialógica
que instalábamos en los cursos entre nosotras y los asistentes
y entre los asistentes mismos.
Por ello lo pensamos como “manual”. No tanto en el
concepto corriente de compendio de saberes expuestos en forma
accesible a los efectos de que sus destinatarios se apropien de
ellos de la manera más fácil posible, sino como
un documento de apoyo didáctico útil al docente.
Docente que debe trabajar con alumnos cada día y al que
le viene bien “tener a la mano” una fuente de recursos
posibles, a partir de los cuales, y utilizando su saber, su experiencia,
su conocimiento del contexto en el que trabaja, su juicio crítico,
tome decisiones que le permitan poner en práctica un proceso
evaluativo algo más científico que el que venía
aplicando.
Vemos justamente a nuestro destinatario como ese profesional de
la educación, joven o maduro, que no tuvo la posibilidad
de profundizar el tema, por lo menos en su planteo actual, y por
lo tanto sale del paso haciendo lo que hicieron con él
sus profesores. Que tampoco en este presente encuentra ni ocasiones
ni tiempo, y a veces ni recursos, para estudiarlo en forma sistemática,
pero tiene inquietudes y aspiraciones. Ese docente puede encontrar,
casi con seguridad, un repertorio de libros muy buenos que le
informan sobre la teoría o que tratan temas puntuales,
pero aún no cuenta con uno que, además de abordar
la temática en forma integral, lo ayude a hacer la derivación
didáctica de esas teorías para resolver las cuestiones
concretas y complejas que debe enfrentar cada día y, por
lo tanto, lo ayude también a superar la ansiedad que provoca
tener noticias de avances teóricos y no saber cómo
llevarlos a la práctica. Así hemos visto llamar
“evaluación” a una prueba y cómo el
concepto de “evaluación continua” se tradujo
en una toma más continuada de pruebas, con la consiguiente
sobrecarga de trabajo propio y de reacciones negativas en los
alumnos.
Como la tarea de evaluar es propia de la tarea docente, nuestros
destinatarios son todos los docentes, desde los que se desempeñan
en los primeros años hasta los niveles superiores, pues
las bases teóricas son las mismas, las diferencias se encuentran
en la derivación didáctica que se debe hacer en
cada caso. Por ejemplo, la metodología para elaborar una
prueba es la misma para todos, pero ésta variará,
por supuesto, según diversos factores, tales como contenidos,
nivel de madurez de los alumnos, etcétera.
Ese carácter de manual debía apoyarse, entonces,
en la oferta de una información y de una estrategia para
llevar a la práctica esa información, y ello en
un formato todo lo coloquial que permite la comunicación
a través de la letra escrita.
En cuanto a la información, no nos hemos extendido en la
exposición de la teoría que, como dijimos, viene
siendo muy bien expuesta por numerosos autores desde la década
del 90 y que incluimos en nuestra bibliografía en castellano.
Apenas la presentamos en forma muy sintética por la necesidad
de explicitar nuestro marco teórico. Justamente por ser
abordada de esta manera, consideramos que nuestros lectores se
beneficiarían consultando algunas de esas obras.
Por la misma razón, tampoco profundizamos los planteos
críticos a las prácticas vigentes. Sólo los
mencionamos como estrategia para la metaevaluación de los
lectores.
En cambio creímos necesario, por ser temas fundamentales
y muy poco tratados, hacer un abordaje más integral en
lo atinente a la auto y a la coevaluación de los alumnos.
Sí ofrecemos las cuestiones que debería tener presente
todo docente para ejercer la función evaluadora que le
es inherente, la que incluye la descripción de todas las
fases del proceso evaluador, todo ello como respuesta a una determinada
concepción pedagógica.
En función de ese mismo propósito, y pensando en
la posibilidad de que el libro llegue a manos de quien ejerce
la docencia sin la formación psicopedagógica básica,
hemos evitado el uso de un lenguaje altamente especializado y,
para la necesaria terminología técnica, hemos previsto
su aclaración. Este aspecto nos ha preocupado puntualmente
para hacer de este “instrumento de consulta” algo
decididamente accesible, sin renunciar a la calidad de la propuesta.
Que la comprensión del mensaje no se vea interferida por
la utilización de un vocabulario de lujo vivido como ajeno.
En cuanto a la propuesta metodológica, o apoyo didáctico,
tanto sugerimos reflexiones incorporadas al texto, como un repertorio
de actividades, con tres propósitos elementales:
•
conducir al lector a la puesta en marcha de los procedimientos
cognitivos que le permitan apropiarse críticamente de la
información, en diálogo consigo mismo o con algunos
colegas;
• promover su autoevaluación respecto de las propias
prácticas evaluativas o sea, una metaevaluación;
• suscitar la realización de microexperiencias en
sus aulas para comenzar a romper las barreras que tantas veces
impiden poner en práctica las nuevas propuestas.
De
esta manera aspiramos a suplir en cierta medida, incluso, las
deficiencias de ciertos cursos de perfeccionamiento que se reducen
a ofrecer casi exclusivamente contenidos conceptuales a un auditorio
pasivo, y tampoco prevén su continuidad a partir de un
proceso de seguimiento. Este hecho se explica por la permanente
escasez de recursos que lleva a acortar los tiempos necesarios
para que en un curso puedan tener cabida contenidos procedimentales
y actitudinales.
Evidentemente, tanto por los asuntos que trata como por su lenguaje
más bien sintético, no es un libro para la lectura
veloz. Convendría irlo leyendo por etapas tratando de reflexionar
y ensayar las sugerencias durante un ciclo lectivo.
Es nuestra ilusión que promueva la formación de
pequeños grupos que decidan estudiarlo e ir aplicando la
propuesta apoyándose mutuamente en la realización
de microexperiencias. Y aún mejor, que esos grupos sean
promovidos y apoyados desde la institución.
Para decirlo gráficamente, aspiramos a ayudarlo a demoler
un antiguo edificio en el que todos hemos vivido durante algún
tiempo. Pero no por explosión o implosión sino pieza
por pieza, porque en cada casa siempre se puede encontrar algo
que valga la pena conservar. Limpiado el terreno, y quizás
con algún escombro, aportamos nuestra colaboración
para ir construyendo uno nuevo.
Lamentablemente, o por suerte, lo dejamos sólo con los
cimientos y algunas paredes. Lo demás lo tendrá
que ir construyendo usted, con paciencia, dispuesto a hacer, deshacer
y volver a hacer. Creemos que el último adornito lo va
a colocar el día que se jubile, pues siempre se puede hacer
algo más o algo mejor.
Al servicio de esto hemos puesto nuestros estudios, nuestra experiencia,
nuestro compromiso. Lo hicimos pensando en usted, al amparo de
nuestra inconmovible vocación docente y convencidas de
que en la raíz de una sociedad mejor está una mejor
educación.