Filosofía con los más pequeños

Filosofía con los más pequeños

Fundamentos y experiencias (44)


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El trabajo está organizado en dos partes, diferenciadas aunque no disociadas. En la primera se pretende brindar algunas nociones generales acerca del programa de Filosofía para Niños y de sus fundamentos teóricos, que pueden resultar particularmente interesantes para quienes no tengan un conocimiento previo acerca de él. La segunda parte se sustenta, de un modo más fuerte, en experiencias concretas en las que chicos, docentes y padres han tenido un contacto directo con el programa.

Primera Parte:
¿Qué es Filosofía para Niños?

Capítulo 1:
Historia, enfoque y objetivos de Filosofía para Niños
Capítulo 2: ¿Cómo filosofan los chicos? Metodología y recursos
Capítulo 3: El docente en filosofía
Segunda Parte:
La filosofía en el Jardín

Gustavo Santiago

Profesor de filosofía (UBA) y trabaja, desde 1994, en Filosofía para Niños, coordinando talleres con niños de nivel inicial y educación básica, dictando seminarios para docentes y directivos y asesorando a instituciones que aplican el programa.

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Hace algunos años, hablar sobre la posibilidad de que niños pequeños tuvieran filosofía en la escuela resultaba poco menos que ridículo. Aun hoy, cuando el número de colegios que tienen un espacio dedicado a la filosofía es bastante importante –y crece año tras año-, la cuestión no deja de despertar cierto asombro a aquellos que no conocen la propuesta. En muchos casos, incluso, ese asombro se asocia con una actitud de desconfianza. En el fondo se duda de que los chicos realmente puedan participar en una clase de filosofía.
Esta cuestión se torna aún más fuerte cuando, como haremos aquí, se plantea esa posibilidad para niños de 4 y 5 años. Detrás de nuestra propuesta hay un trabajo teórico y una experiencia práctica que llevan alrededor de treinta años en el mundo y más de diez en nuestro país. Lo que intentaremos mostrar en este trabajo es no sólo que los chicos pueden participar en una clase de filosofía, sino porque creemos que es, además, conveniente que lo hagan.
Antes de entrar de lleno en nuestro tema, detengámonos en algunas consideraciones básicas. En principio, tengamos presente que “la” filosofía no existe ni existió nunca. Es decir, no existe una única manera de definir la filosofía. Lo que hay y ha habido desde hace aproximadamente treinta siglos en occidente son personas a las que se ha denominado –o que se han autodenominado- filósofos, y que han sostenido enfoques diferentes –y en muchos casos contradictorios- acerca de una gran variedad de temas. ¿Qué es lo que ha tenido y tiene en común lo que los filósofos han dicho y hecho que permite identificarlos como tales? La respuesta no es para nada sencilla. Basta con leer un manual de historia de la filosofía para advertir que lo que personajes como Diógenes, Platón, Kierkegaard, Russell o Deleuze –por mencionar sólo algunos- entienden por filosofía es completamente diferente. Hay, incluso, casos en los que un mismo filósofo produce un vuelco tan importante en su propia actividad que cuesta encontrar coherencia entre una etapa de su pensamiento y otra (por ejemplo, el caso de Wittgenstein, que ha llevado a hablar del “primer Wittgenstein” y del “segundo Wittgenstein” como si fueran dos personas distintas).
Entonces, una respuesta a la pregunta: “¿Pueden los chicos participar en clases de filosofía?” dependerá de qué entendamos por filosofía. Si creemos que la auténtica filosofía es la sostenida, por ejemplo, por Hegel, la respuesta muy probablemente será negativa en razón de la complejidad del sistema del filósofo alemán.
En los capítulos siguientes nos vamos a ocupar del exponer la concepción de la filosofía que planteamos como apropiada para el trabajo con niños pequeños. Pero antes consideremos algunas situaciones que a modo de ejemplo nos permitan avanzar en nuestra introducción al tema.
Un niño de cuatro años y un adulto están apoyados en la baranda de una pileta mirando su imagen reflejada en el agua. El chico pregunta: “¿Con qué ojos me ves, con los de arriba o con los que están en el agua?”. El adulto no entiende la pregunta y le pide una aclaración. “Lo que te digo es si vos me ves a mí en el agua o con los ojos del agua me ves a mí que estoy afuera”, insiste el chico. El adulto, desorientado, le pregunta: “¿Y vos cómo me ves a mí?”. El chico sonríe y le dice: “Yo te veo en el agua, con los ojos de afuera. Entonces vos me ves a mí en el agua con los ojos de afuera”.
Mirando el noticiero de televisión, la nena le dice a su madre: “¿Por qué se pegan esos señores? ¿Vos no me dijiste que está mal pegarle a los demás?”.
Creo que todos, sea como niños o estando en contacto con ellos, hemos vivido situaciones como éstas, en la que se produce algún planteo que descoloca al adulto (situaciones que, por ejemplo, Quino ha explotado con mucha eficacia en diversas tiras de Mafalda). ¿Qué puede hacer el adulto en estas situaciones? ¿Emprender una extensa –y presumiblemente incomprensible- exposición física o metafísica –en el caso del primer ejemplo- o ética –en el segundo- que pretendiera aclarar (como si él las tuviera realmente claras) estas cuestiones? ¿Pasar a otro tema? ¿Contestar “sos muy chico para entender estas cosas”? ¿Evadirse con un chiste?
En circunstancias como éstas podemos apreciar que entre la filosofía y los niños no hay un abismo. El asombro, la curiosidad, el cuestionamiento, la búsqueda de sentido, la reflexión, la creación de conceptos, etc., son puestos en práctica tanto por niños como por filósofos. Ahora bien, como dice Aristóteles en su Ética a Nicómaco: “una golondrina no hace verano”.*1 Que los chicos ocasionalmente hagan planteos que pudiéramos denominar “filosóficos” no significa que sean filósofos. Justamente, buena parte del trabajo de filosofía en el jardín consistirá en tratar que esas “golondrinas filosóficas” no sólo no se pierdan sino que convoquen a otras compañeras. Hacer filosofía con niños es alentar, potenciar esas actitudes filosóficas espontáneas para que se desarrollen del mejor modo posible. No se trata de introducir en los niños algo extraño a ellos mismos, sino de acompañarlos en el desarrollo de algo que ellos mismos generan.
Para finalizar esta introducción, quisiera señalar dos condiciones que deben estar presentes en el docente para que esta multiplicación de “golondrinas filosóficas” tenga lugar.
La primera de ellas surge de la lectura de un texto de Ann Sharp y Laurance Splitter:
"[Los docentes] deben creer que los niños pueden hacer filosofía y pensar por sí mismos. Debemos recordar que la filosofía construye a partir de ingredientes que, en términos generales, ya están presentes en los niños muy pequeños: una vívida disposición a querer conocer y descubrir sentidos y un acopio creciente de experiencias y pensamientos –la aparición de una visión del mundo.
[Los niños necesitan ver al docente] como un estímulo para sus propios pensamientos y curiosidad, y no como alguien cuya tarea es revelar los secretos y misterios.”*2
Si el docente cree que el niño no puede filosofar, que es muy chiquito para reflexionar, seguramente logrará que efectivamente no pueda hacerlo, porque le quitará el espacio necesario –al colocarse él mismo en el lugar del develamiento de la verdad- para que las disposiciones mencionadas anteriormente se desarrollen.
Primera condición, entonces: confiar en los chicos, creer en sus capacidades reflexivas, darles la posibilidad real de desarrollarlas.
Para la segunda, tomo un pasaje de un artículo de María Teresa de la Garza:
"Hacer filosofía con los niños y niñas constituye una aventura maravillosa en la que súbitamente aparecen aspectos inéditos de la realidad, aspectos que nos ponen en profundo contacto con lo humano y que nos devuelven algo que era nuestro, algo que nos corresponde también como a los niños: el goce de conocer, el goce de pensar juntos y de explorar los inacabables caminos de sentido, descubierto y creado en ese medio nutriente que es el diálogo."*3
Esta segunda condición implica involucrarse auténticamente en la experiencia de filosofar con niños. Si se piensa que lo que los chicos pueden sostener es algo pobre, limitado, probablemente no ocurra nada interesante en la clase. Me ha tocado ver cómo el desinterés de un docente aplastaba toda inquietud filosófica de los chicos. Afortunadamente, son muchos más los casos en los que los docentes, sumergiéndose en la experiencia del filosofar con niños y niñas, vivencian el goce de pensar y explorar con ellos.
NOTAS
1. Aristóteles, Ética a Nicómaco, Libro I, 1098a.
2. A. M. Sharp, L. Splitter, La otra educación, Buenos Aires, Manantial, 1996, págs. 209 y siguientes.
3. M. T. de la Garza, “Filosofía y literatura: una relación estrecha”, en Filosofía para Niños. Discusiones y propuestas, Buenos Aires, Novedades Educativas, 2000.

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