Estructuración psíquica y subjetivación del niño de escolaridad primaria

Estructuración psíquica y subjetivación del niño de escolaridad primaria

El trabajo de la latencia


$ 310,00

Este libro despliega con profundidad y amplitud el trabajo de la latencia y su importancia crucial para las etapas subsiguientes, así como las consecuencias para el desarrollo si no se establece sobre las bases sólidas de un adecuado desenlace edípico, un descentramiento narcisísitico, un funcionamiento diferenciado entre lo conciente y lo inconciente, etc.
El autor sostiene que la latencia no es definible por lo cronológico, sino por una nueva manera de organización del aparato psíquico. Es decir, es un proceso psíquico incitado culturalmente, no condicionado fisiológicamente.
“Lo esencial es que no se considere más la latencia como una etapa casi de detenimiento del desarrollo, y que se encuentre en ella, al saber leerlos, no sólo los efectos tan mentados de la represión que apaga las manifestaciones de la sexualidad y del complejo de Edipo, sino modificaciones de lo anteriormente vivido que apuntan, con la adquisición de nuevos mecanismos, a establecer progresivamente un aparato psíquico distinto, con una estructuración más compleja del sujeto y de su relación con el mundo, en el plano intrasubjetivo y en el intersubjetivo.”
Extraído del prólogo de Madelaine Baranger

Prólogo por Madelaine Baranger
Capítulo I.
Revisión histórico-crítica de la bibliografía sobre la latencia
Capítulo II.
Planteando la latencia
Introducción
Acerca de la teoría
Latencia temprana y tardía
Pasaje a la pubertad
Capítulo III.
De lo observable a lo inferido en lo intrasubjetivo
Expresión gráfica 
Actividad motriz y juego
Desarrollo intelectual y del pensamiento
Lenguaje
Sentimientos
Agresión
Capítulo IV.
Trabajo de la latencia
Preconsciente
Relación con otros trabajos psíquicos
Capítulo V.
Explorando lo intersubjetivo
El camino exogámico
Relaciones intersubjetivas
Capítulo VI.
Sobre psicopatología
Algunas consideraciones generales
Patología adolescente y pseudolatencia

Rodolfo Urribarri

Doctor en Psicología (UBA). Fue profesor regular de la Cátedra II Psicología Evolutiva de la Adolescencia en la Facultad de Psicología (UBA), en diciembre de 2007 ha sido designado Profesor Consulto Titular en dicha Facultad. Fue profesor invitado y contratado en la Université de Paris VII. Director de la revista n/A Psicoanálisis con niños y adolescentes. Miembro titular con función didáctica de la Asociación Psicoanalítica Argentina y Full Member de la Asociación Psicoanalítica Internacional. Presidente de varios congresos de psicopatología Infantil-Juvenil. Miembro de Honor de la Asociación Argentina de Psiquiatría y Psicología de la Infancia y de la Adolescencia. Profesor de la especialidad en varias escuelas de postgrado. Fue coordinador general de las pasantías clínicas “Clínica de las adicciones” y “Embarazo y Aborto en la Adolescencia”, en la Facultad de Psicología (UBA). Ha dictado cursos, supervisiones y conferencias en Bilbao, Vitoria, Madrid, Montevideo, Río de Janeiro, Campinas, Bahía, Blumenau, Curitiba, Porto Alegre, Pelotas, Ciudad de México, San Francisco, New York, París y ciudades del interior de la Argentina. Ha recibido numerosos premios de instituciones del país y del exterior. Es autor de numerosas publicaciones sobre su especialidad.

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Prólogo por Madeleine Baranger
Me formé como analista de niños hace muchos años; las circunstancias me distanciaron de esta práctica, aunque sigo siempre con interés y curiosidad los descubrimientos y desarrollos producidos fuera de mi propia experiencia.
Acepté prologar este libro, antes de haberlo leído, confiada, por otros trabajos de R. Urribarri, de que me podía traer ideas novedosas y no tan evidentes en lo anteriormente aprendido. Pensé que podía ser una oportunidad de actualizar mi pensamiento, nada menos que sobre el tema de la latencia, que, en mi memoria –y entiendo que también para analistas de niños actuales– era considerado el ejercicio más tedioso del trabajo con niños.
El título mismo, con “el trabajo de la latencia”, permitía presagiar algo muy distinto, y no me defraudó.
Creo que lo esencial para mí es que no se considere más la latencia como una etapa casi de detenimiento del desarrollo, y que se encuentre en ella, al saber leerlos, no sólo los efectos tan mentados de la represión que apaga las manifestaciones de la sexualidad y del complejo de Edipo, sino modificaciones de lo anteriormente vivido que apuntan, con la adquisición de nuevos mecanismos, a establecer progresivamente un aparato psíquico distinto, con una estructuración más compleja del sujeto y de su relación con el mundo, en los planos intrasubjetivo e intersubjetivo.
En verdad, era muy lógico suponer que no se trataba sólo de una etapa de pasaje entre la infancia y la pubertad y adolescencia, en la que, lo mismo que en cualquier otra etapa, había mecanismos específicos que anunciaban y tendían a una reestructuración más acorde con el ingreso en las etapas siguientes.
Es cierto que el mismo Freud insistió sobre la preponderancia de la represión de la sexualidad, que debía resurgir después con más fuerza por motivos biológicos; que, en la misma época, se intentó relacionar esta supuesta desaparición con un período de glaciación del mundo externo, repetido analógicamente (Ferenczi). Esta casi desaparición de la sexualidad manifiesta se consideraba efecto insoslayable de la represión, que sólo se podría superar más adelante por el incremento de energía de “los instintos” en la pubertad –en vez de suponer que este periodo que parecía muerto e inactivo albergaba en realidad la preparación de lo que se vendría a establecer después–.
Entiendo que la idea del “trabajo de la latencia” corresponde mucho más a un pensamiento analítico, para el cual el desarrollo recorre un camino “vectorizado”, diría A. Green, con cambios que son transformaciones y complejización de lo anteriormente dado e instrumentado: no sólo modificaciones positivas y negativas de lo anterior, sino aparición de otros enfoques y capacidades que se crean en gran parte silenciosamente y llegaran a florecer plenamente, si no se presentan mayores obstáculos, en la adolescencia.
No tendría sentido resumir los distintos capítulos del libro, prefiero poner el acento sobre los temas que me hicieron repensar más ideas recibidas y prejuicios no tan cuestionados: la definición más “por la negativa” de dicho período del desarrollo.
No me voy a referir tampoco específicamente a las contribuciones de Freud, ampliamente citadas y comentadas en el texto. Tampoco lo haré por las citas numerosas y críticamente comentadas de autores subsiguientes y contemporáneos, todo lo que constituye un valioso texto de referencia. Considero que actuó como punto de partida para el pensamiento del autor, conjuntamente con las preguntas surgidas de la práctica clínica, y que se ha integrado para formar naturalmente parte de su pensamiento en la medida de su coherencia.
Se puede citar, como ejemplo de inclusión de ideas previas, la diferencia entre latencia temprana y latencia tardía, habitualmente reconocida, y también la idea de que las defensas en este período se vuelcan al servicio y a la primacía de la sublimación.
Sí quiero subrayar que todas las afirmaciones están ampliamente ilustradas por ejemplos clínicos u observaciones de la vida cotidiana que ayudan a representarse y precisar las diferencias principales con otros puntos de vista e interpretaciones.
El aporte de los dibujos y del modo de trabajarlos es otro punto importante. Muestra cómo los temas y los mismos instrumentos del dibujo van cambiando a la par del procesamiento psíquico de la latencia.
Otra observación en los dibujos, no tan habitualmente citada, es la diferencia entre las modalidades de expresión de niños y niñas. Se entiende que debe corresponder a diferencias en la estructuración psíquica, con relación a la diferenciación sexual más afirmada entonces que en la primera infancia; la observación está avalada por un test o encuesta en la cual distintos profesionales acertaron mayormente a diagnosticar si el dibujante era niño o niña.
Se estudió también en las representaciones gráficas el dibujo del cuello, que suele aparecer alrededor de los ocho años, interpretándolo como representación del preconsciente, “lugar mediatizador entre lo pulsional inconsciente representado por el cuerpo y lo consciente representado por la cabeza”.
Se nota su ausencia en los dibujos de niños con marcada impulsividad o de ambientes violentos. El cuello que a veces figura en los dibujos durante unos años puede desaparecer con una irrupción puberal brusca. Pero “en el proceso terapéutico, a medida que se elaboran los conflictos y aparecen las vías sublimatorias, aparece el cuello en el dibujo de la persona humana o a veces en él de un animal”. Se concluye que “el dibujo del cuello y sus características son un índice diagnóstico destacable a tener en cuenta, revelador del establecimiento del preconsciente en el ‘trabajo de la latencia’, silencioso y arduo trabajo en la estructura psíquica”. La creación y la organización del preconsciente es ya una sublimación; “esta instancia intrapsíquica, gestada desde lo subjetivo con influencia de lo transubjetivo, constituirá el pivote clave del funcionamiento psíquico ulterior”, como se precisa más en capítulo final sobre adolescencia.
La consideración de los juegos habituales de niños y niñas muestran también diferencias de modos de expresión que corresponden a la mayor importancia de la diferencia de sexo. Los juegos “parecen representar la funcionalidad de los genitales... y una ejercitación preparatoria del rol sexual a desempeñar”. Esto permite pensar que la primacía genital, que será el logro de la adolescencia, se prefigura en el periodo previo, implicando algo más que la defensa contra la angustia de castración, “un aspecto progresivo que promueve la diferenciación sexual, su exploración desplazada en el juego y la encubierta preparación para el futuro rol sexual”.
Todo esto tiende a desmentir el otro prejuicio que daba por sentada la desaparición de la sexualidad durante la latencia, dominada por la lucha contra la masturbación. Si el interés por la sexualidad ya no es tan manifiesto, es porque el desarrollo, apoyado y fomentado por la escolaridad y otras instituciones educativas, desvía en gran parte este interés hacía lo intelectual y el pensamiento (“lo escoptofílico conduce a lo epistemofílico”) que proporcionan una descarga sustitutiva. Con la adquisición del lenguaje, el pasaje del proceso primario al secundario y el acceso al principio de realidad, el verbo puede sustituir la acción y enmascara el placer pulsional. La posibilidad de ocultar el pensamiento promueve una creciente autonomía, alejamiento o desprendimiento de los objetos primarios, que facilitará posteriormente el camino a la exogamia.
Los juegos, con la aparición de los juegos de roles, se despliegan con un creciente interés por la realidad y el afán de adaptarse a ella o poder dominarla por el desarrollo de recursos yoicos. Son también elemento central de la relación entre pares, además de la simbolización de las relaciones edípicas y fraternas.
Correlativamente con la represión y las satisfacciones enmascaradas, se desarrolla frecuentemente una actividad fantasmática (sueños diurnos) que repara parcialmente las frustraciones inevitables de la infancia y las injurias narcisistas. En esta etapa se empieza a construir la “novela familiar”, muchas veces recurrente durante toda la vida, con los sueños diurnos, en parte transformaciones del acto masturbatorio.
Lo hasta aquí reseñado insiste sobre la importancia, explícitamente marcada por el autor, de considerar la latencia no ya como un tiempo cronológico, sino como una etapa, condicionada más por la cultura que por la fisiología, en la cual nacen y se construyen mecanismos cada vez más complejizados y sofisticados para el desarrollo del ser humano y su destino.
No voy a extenderme sobre otros temas esenciales: por ejemplo, el trato distinto por el cual se transforman o enmascaran las manifestaciones de las pulsiones libidinales y de la agresión; más importante todavía, el estudio de las identificaciones, al principio con los objetos primarios, después con objetos encontrados en lo social, que modifican y enriquecen los modelos del ideal del Yo, y con objetos grupales que producirán el sentimiento de pertenencia.
Más que todo, el último capítulo muestra cómo las dificultades de la adolescencia y de toda la vida posterior se pueden entender en función de obstáculos o fallas ya detectables en la latencia, muchas veces disimulados por una sobreadaptación que un diagnóstico en su momento podría modificar para un futuro más prometedor. Destaco la formulación de la pseudolatencia.
Los distintos materiales clínicos, viñetas o historiales más extensos, son muy convincentes y no se pueden resumir.
La lectura de este libro no solamente es instructiva para el tema del análisis de niños y de las concepciones metapsicológicas en general; creo que también resultará placentera como lo fue para mí.
Madeleine Baranger

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