
El
contexto
El
siglo XXI se inició en un contexto de mundialización de los mercados
y de las economías, de grandes cambios culturales y sociales y
de rápidos avances científico-tecnológicos; ámbitos todos en constante
interacción. Todos estos cambios derivan en re-diseños del mundo
del trabajo y del perfil de los trabajadores, así como en transformaciones
en las necesidades de formación de los ciudadanos para que puedan
participar responsablemente y no queden excluidos de los beneficios
sociales. En este contexto, se re-introducen viejas discusiones
como las referidas a la relación entre educación y trabajo, a
la formación que debe ofrecer la escuela (en todos sus niveles)
para “preparar” a los profesionales y trabajadores que se insertarán
en el mundo laboral. Y también se le plantean al sistema educativo
una cantidad de “nuevas” demandas o, cuando menos, se re-definen
las que se le hacían con anterioridad, otorgándoles nuevos sentidos,
introduciendo aspectos inéditos o incorporando nuevos nombres
para viejas necesidades.
Buena parte de la denominada “crisis” del sistema educativo puede
considerarse como una consecuencia de estas nuevas (y no tan nuevas)
exigencias, frente a las cuales se han intentado diversas respuestas,
sin que se hayan podido aún articular soluciones que resulten
pertinentes y legítimas desde la mirada de los distintos grupos
interesados. En el caso de Argentina, la sucesión de respuestas
diversas se evidenciaría, por ejemplo, en todas las modificaciones
que se sucedieron en diversos ámbitos y niveles en las últimas
tres décadas y, en particular, a partir de la sanción de la Ley
Federal de Educación en 1993. Los acuerdos acerca de la función
del sistema educativo que era posible identificar a fines del
siglo XIX y principios del XX han perdido vigencia y no lograron
ser reemplazados por otros con la suficiente legitimidad. Hoy
ya no se le pide al sistema educativo que los alumnos –futuros
ciudadanos y trabajadores– sepan leer, escribir, calcular y tengan
construidos hábitos adecuados (sean “disciplinados”). La demanda
al sistema educativo incluye que los egresados hayan desarrollado
habilidades y actitudes que suponen el manejo de información,
la utilización de medios informáticos, el trabajo en equipo, la
capacidad de comunicación efectiva, la toma de decisiones, el
manejo en ambientes cambiantes, inciertos y ambiguos, la comprensión
de la complejidad de su entorno, la tolerancia a la diversidad…
Por otra parte, la Comunidad Europea en su proceso de convergencia
incluye también al sector educativo. La búsqueda de patrones comunes
que permitan establecer la correspondencia entre la formación
obtenida y acreditada por las personas y su capacidad para ocupar
determinados puestos de trabajo, se vuelve así un tema de la agenda
educativa europea, que luego se desliza a la latinoamericana.
El propósito es buscar acuerdos que faciliten la movilidad de
los trabajadores entre los distintos países.
En
este marco cultural y político-educativo toma fuerza, primero
en el sector de la formación técnica y profesional y luego en
el nivel universitario, la idea de que es necesario “formar por
competencias”. Pese a la multiplicidad de definiciones y conceptualizaciones
del término “competencias”, parece que lo que se quiere significar
con él es que es necesario ofrecer una formación que garantice
que los titulados serán “competentes” para hacer lo que el trabajo
exigirá de ellos.
Con el tiempo, la idea de “formación por competencias” o basada
en ellas se extiende a toda la escuela. Se habla así del “diseño
curricular basado en competencias” en todos los niveles del sistema
educativo, desde las “competencias básicas” ligadas a la alfabetización,
hasta las específicas de una profesión universitaria.
Este uso “extensivo” del término hace que el mismo tome nuevas
dimensiones, significaciones y connotaciones que a veces parecen
llegar hasta el punto de su distorsión. Aun cuando se use idéntica
palabra, ¿se habla de lo mismo cuando se plantea la formación
por competencias en el marco de la capacitación laboral al interior
de la empresa que cuando se la utiliza para referirse al diseño
de la formación en el polimodal?
Por otra parte, ¿qué respuestas puede y debe dar el sistema educativo
ante la multiplicidad de demandas que recibe y, en particular,
frente al requerimiento de formar por competencias?
Este
libro pretende contribuir al debate necesario para la construcción
de algunas respuestas “pendientes”. Ello supone tener en cuenta
no sólo cuáles son las demandas que se le formulan al sistema
educativo, sino también cuáles son las necesidades a las que éste
debe dar respuesta (aun cuando nadie lo requiera), y también,
cuáles son sus posibilidades, sus especificidades, sus recursos.
En este sentido, responder a la demanda no quiere decir hacer
lo que la sociedad, el mercado y el sistema político y sus representantes
(los empresarios, los funcionarios) desean o solicitan. Consideramos
que la respuesta a la demanda requiere poner en marcha un proceso
complejo que implica analizar los requerimientos, las necesidades
que ellos involucran y estructurar propuestas para encontrar las
respuestas más adecuadas desde las especificidades, convicciones,
posibilidades y limitaciones del propio sistema educativo. Construir
esta alternativa no es tarea sencilla en un medio tan complejo
y cambiante como es la sociedad actual; pero intentarlo y avanzar
en este camino es una tarea ineludible y prioritaria.
Anticipamos que la postura que se sostiene en este libro es básicamente
crítica respecto de la idea de realizar diseños curriculares basados
en competencias laborales para todos los ámbitos y niveles educativos.
Mientras en algunos casos (la formación para el trabajo, la educación
superior y media técnica) nos parece pertinente recurrir al análisis
de las competencias esperadas del egresado por el mundo del trabajo
como un elemento a considerar en el diseño curricular, en el caso
de la formación general o educación básica no nos parece apropiado.
En consecuencia, el libro focaliza en la formación para el trabajo
(conocida también como formación profesional) y en la formación
profesionalizante que se desarrolla en el sistema educativo formal,
señalando sus cuestiones comunes y, muy especialmente, sus diferencias.
Los entre-telones
Este
libro es producto de un conjunto de entrecruzamientos de mi propia
historia personal con otras historias personales y colectivas.
Tuvo sus comienzos en una charla con el editor, en un pedido que
partía de su interés por el nacimiento de esta publicación como
parte de un proyecto editorial y que se encontró con mi preocupación
por la extensión de la “moda” del uso del término “competencia”
y de la “formación por competencias”.
Pero sus orígenes nos remontan un poco más atrás en el tiempo.
Para que se entienda desde dónde es pensado este libro tengo que
hacer un poco de historia profesional, que sintetizaré en tres
momentos “claves” en relación con esta problemática, cuyos efectos
en mi pensamiento se conjugan en este trabajo.
Durante los años 90, mientras la idea del desarrollo de competencias
en el sistema educativo se instalaba fuertemente en todos los
niveles, yo me desempeñaba principalmente como consultora de empresas
en el área de capacitación. Esta tarea me llevó a conocer los
trabajos en torno a las competencias en el ámbito de la formación
laboral, técnica y profesional que venían desarrollándose desde
hacía unos veinte años. Ya por ese entonces, en nuestro trabajo
profesional relevábamos las competencias requeridas en los puestos
de trabajo como un insumo para el diseño de la capacitación, pero
no pensábamos que la misma se limitara exclusivamente a la formación
de competencias laborales.
Durante los años 2000 y 2001 trabajé en el Programa de Formación
Docente del Ministerio de Educación de la Nación1. Como parte
de mi tarea, colaboré en la organización e implementación del
Postítulo en Análisis e Intervención Socioinstitucional que dirigió
la Prof. Lidia Fernández2. El desarrollo del Postítulo evidenció
su potencialidad para desarrollar en los participantes, además
de saberes específicos sobre las temáticas previstas, un conjunto
de capacidades de orden personal e interpersonal (capacidades
de escucha, de negociación, de coordinación, etcétera). Estos
resultados me llevaron a pensar acerca de las condiciones que
ofreció esta formación para permitir su obtención. Tiempo después,
otras dos experiencias me permitieron profundizar estas ideas
y confirmar el impacto formativo de este tipo de propuesta curricular:
el Posgrado en Análisis e Intervención Institucional de la Universidad
Nacional del Nordeste3 y la cátedra de Formación y Capacitación
en distintos ámbitos laborales en la Universidad Nacional de San
Luis4. Los análisis surgidos de estas experiencias se vuelcan
especialmente en el cuarto capítulo de este libro.
El tercer momento: desde el año 2003 me desempeño como asesora
pedagógica del Instituto Tecnológico de Buenos Aires, Universidad
especialmente dedicada a la formación de ingenieros. Desde entonces
profundicé mi conocimiento sobre los debates que se desarrollan
en el mundo en torno a la educación superior en general, y a la
educación en ingeniería en particular. Dadas las definiciones
de política universitaria en nuestro país, que proponen una opción
explícita por acercarse al sistema europeo, resultaba especialmente
pertinente tener en cuenta los desarrollos que se daban en el
Espacio Europeo de Educación Superior. En Europa primero y, como
consecuencia de las opciones políticas, también después en América
Latina, entre los temas centrales en discusión se encuentra la
definición de competencias del egresado y el consiguiente diseño
curricular por competencias.
Las diferencias entre la formación para el puesto de trabajo y
la formación universitaria me llevaron a adoptar una actitud crítica
frente a la propuesta de desarrollar un currículum universitario
estrictamente basado en competencias, aun cuando considero que
la perspectiva de tomar en cuenta las competencias requeridas
de los egresados es una herramienta importante. Es así como desde
el ITBA comenzamos a trabajar para el desarrollo curricular desde
una perspectiva que incluye el enfoque de las competencias pero
que no se limita al mismo. El capítulo 2 es, en buena medida,
producto de estas actividades profesionales, de los debates que
las mismas generaron y de las reflexiones que estimularon.
Este
recorrido por algunos momentos de mi trayectoria profesional permite
entender mi interés por poner en palabras algunos aspectos acerca
de lo que implica incluir el enfoque centrado en “competencias”
en distintos ámbitos de la formación.
Pero, en ese punto, la historia de esta obra recién comienza.
A partir de la charla con el editor empezó a tomar forma qué y
cómo sería el libro: sus propósitos, las temáticas que abarcaría,
las personas que se sumarían al proyecto.
La inclusión de reflexiones y relatos de experiencias escritos
por profesionales con distintas trayectorias laborales constituye
un modo de mostrar variedad de perspectivas y ámbitos de aplicación.
A todos los autores invitados me une el respeto profesional, el
reconocimiento a su tarea y, en muchos casos, también una amistad
surgida en el campo laboral.
Historia que, esperamos, no haya terminado con la edición, sino
que continúe en las discusiones que el texto pueda generar, en
los desarrollos a que en el futuro pueda dar lugar en lectores,
autores y editores.
Organización de la obra
El
libro se organiza en dos partes, una dedicada a la teorización
y otra a la presentación de experiencias y reflexiones.
Las teorizaciones que conforman la primera parte abrevan fuertemente
en algunos marcos teóricos, pero también constituyen un producto
de mi trayectoria personal y profesional, y se encuentran indisolublemente
ligadas a la misma. Este trabajo se nutre principalmente de las
elaboraciones teóricas propias de la pedagogía de la formación
y de los enfoques institucionales. En particular, me considero
deudora de los desarrollos efectuados en nuestro país por Marta
Souto y Lidia Fernández, aunque la apropiación que hice de sus
ideas constituye una elaboración personal de la que no son responsables.
Los desarrollos teóricos se nutren también de las múltiples lecturas
sobre “competencias” referidas especialmente a la formación profesional
y universitaria, y de los aprendizajes debidos a la experiencia
profesional a la que me referí previamente.
El primer capítulo intenta entrar en el “mundo” de las competencias
desde el análisis del término y de sus orígenes. Desde el contexto
empresarial en el cual surge la noción hasta su utilización en
el sistema educativo se producen corrimientos que impactan en
las significaciones asociadas. ¿Sigue siendo válido hablar de
competencias? ¿Qué queremos significar al utilizar este término
en el sistema educativo? ¿Qué diferencia a las competencias de
otras nociones utilizadas en el ámbito educativo, como las capacidades?
Especificar los sentidos de la noción de “competencia”, cómo llega
y es utilizada en el sistema educativo y qué sentidos arrastra
de sus usos previos, es central para focalizar la discusión. Hacia
el final del capítulo se presentan algunas consideraciones respecto
de los usos y limitaciones de la noción de “competencia” en el
sistema educativo.
El segundo capítulo entra de lleno en los rasgos y etapas que
se requieren de un diseño curricular basado en competencias. En
primer lugar, se describe este proceso tal como es pensado en
el ámbito de la formación para el trabajo. Luego se discuten las
especificidades y los riesgos que involucra esta mirada al ser
transportada al sistema educativo, así como las aperturas que
trae la integración de la misma. Se desarrolla también una propuesta
acerca de la inclusión de las competencias en el diseño curricular
para la formación superior y media técnica.
Los dos capítulos que siguen constituyen el corazón metodológico
del libro. En ellos subyacen las preguntas sobre la enseñanza,
el aprendizaje y la evaluación para la formación de personas competentes.
Para facilitar la presentación, tratamos por separado las competencias
de orden tecnológico (referidas básicamente a las cosas y a los
sucesos, y estrechamente vinculadas a cada profesión) y las psicosociales
o de orden práctico (las que hacen a los aspectos personales,
interpersonales y sociales). En el aula, aun cuando ello supone
un gran desafío para nuestros docentes e instituciones, ambas
deberían desarrollarse en paralelo. No obstante, optamos por presentarlas
en capítulos distintos ya que requieren estrategias y procedimientos
formativos diferentes.
En el tercer capítulo se desarrollan algunos criterios que pueden
considerarse imprescindibles para favorecer la adquisición y desarrollo
de competencias de orden tecnológico. Metodologías ya conocidas
–como el estudio de casos, el aprendizaje basado en problemas
o el trabajo por proyectos– resultan adecuadas para el desarrollo
de muchas competencias tecnológicas; sobre ellas trata también
este capítulo.
El desarrollo de las competencias psicosociales o de orden práctico
presenta algunas dificultades, en especial porque muchas veces
no fueron consideradas estrictamente como objeto de enseñanza
y aprendizaje. En el cuarto capítulo intentamos explicitar las
exigencias metodológicas que requiere su desarrollo. Incluimos,
además, la descripción de algunas estrategias metodológicas que
consideramos particularmente apropiadas.
Las propuestas metodológicas desarrolladas en los capítulos 3
y 4 se re-significan a la luz de la explicitación del marco pedagógico
de referencia. En el capítulo 5 se presentan brevemente las líneas
centrales de la pedagogía de la formación y del enfoque clínico.
La base de todo el planteo está en la convicción de que no es
posible la formación de personas “competentes” si no es a través
de una formación clínica que involucre a la persona en su totalidad.
Sobre estas bases se plantea la necesariedad de una planificación
estratégica de la formación, que haga foco en la claridad de las
intencionalidades pedagógicas y del encuadre, en la elaboración
de un dispositivo complejo y abierto, y en la creación de instancias
periódicas de análisis de la situación de formación. El capítulo
(y con él, la primera parte del libro) se cierra con una breve
referencia a las competencias requeridas de los formadores (profesores
o capacitadores), sea en el sistema educativo formal o en el ámbito
empresarial.
En la segunda parte se presentan reflexiones y experiencias sobre
distintos espacios de formación. Con el interés explícito de mostrar
distintas perspectivas que permitan enriquecer la propuesta, convoqué
a profesionales que cuentan con una amplia trayectoria como capacitadores,
profesores o asesores en distintos ámbitos. Esto permitió abarcar
experiencias correspondientes al sistema educativo en los niveles
medio y superior (universitario y no universitario), y en el ámbito
de la capacitación laboral empresaria.
Abre esta parte un capítulo dedicado al desarrollo de emprendedores
en el ámbito universitario. En un medio en el cual el empleo autónomo
tiene cada vez más desarrollo en todos los niveles sociales, resulta
crucial dar cuenta de las competencias que se requieren y de las
posibilidades que ofrece la formación en esta área. En el capítulo
6, Daniel Miguez y Luis Nantes contribuyen con su trabajo a que
se comprenda la importancia de que el sistema educativo asuma
la responsabilidad de fomentar y formar en las competencias emprendedoras.
Tras aclarar en qué consiste el emprendedorismo –y en qué no–,
relatan su experiencia en la formación de emprendedores en el
ITBA.
El capítulo 7 presenta la problemática del desarrollo de competencias
en un sector clave: los docentes. Marilí Cedrato, auxiliada por
todo el equipo que participó del proyecto, reflexiona sobre una
experiencia concreta de formación docente que estuvo centrada
en la práctica en el aula y que se implementó en un instituto
de formación docente de gestión estatal de la provincia de Buenos
Aires.
Le sigue un capítulo dedicado a la escuela media técnica. Teresita
Orlando focaliza en particular la situación que la misma viene
enfrentando desde la década del 90, época en la que se inscribe
la experiencia que ella desarrolló en una escuela técnica estatal
de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. En este trabajo se retoman
cuestiones vinculadas a las posibilidades y limitaciones del enfoque
centrado en competencias para la formación de técnicos de nivel
medio.
En el capítulo 9 vuelvo al nivel medio, pero desde la perspectiva
de la universidad. Los fracasos masivos en los exámenes de ingreso,
así como los altos índices de abandono en los primeros años, evidencian
las dificultades de los estudiantes para poner en acción capacidades
adecuadas al estudio universitario. El texto plantea estas exigencias
y propone posibles líneas de acción para favorecer el pasaje del
nivel medio al superior, de manera de facilitar el acceso, permanencia
y egreso de la universidad.
La capacitación laboral, la formación en la empresa, constituye
un ámbito claramente diferente. En este capítulo, Miriam Kurlat
–tras efectuar algunas aclaraciones sobre la noción de capacitación
y sus relaciones con otros términos– desarrolla algunas ideas
sobre el objeto de la capacitación. Aborda luego las características
centrales que deben tenerse en cuenta en relación con los sujetos
de la capacitación. Plantea entonces algunas cuestiones de particular
interés acerca de las competencias de los capacitadores. Hace
especial hincapié en la necesidad de considerar tanto los conocimientos
sobre la temática objeto de la capacitación como el saber experto
sobre su enseñanza y aprendizaje.
Anahí
Mastache
Marzo 2007