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ISBN: 987-538-124-1
Págs.: 144
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Gestionar
es hacer...
que las cosas sucedan
Competencias, actitudes y dispositivos
para diseñar
instituciones
Bernardo Blejmar

Introducción
Hay
un eje que vertebra el contenido de los textos que componen este
libro: mi preocupación por el tema de la gestión.
Es decir, las diferentes respuestas que contestan al interrogante
de cómo lograr lo que se proponen colectivamente los actores
articulados en una comunidad educativa. El presente volumen reúne
materiales publicados en la revista Novedades Educativas, otros
elaborados para el postgrado en “Gestión de las Instituciones
Educativas”, de formación virtual, en la Facultad
Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO) y escritos inéditos
preparados especialmente para esta publicación.
Hablar de pluralidad, de diferencias en las respuestas posibles
frente al interrogante, nos sitúa desde ya en el terreno
de la creación, del conflicto y de las tensiones que constituyen
el campo de la gestión. No hay un modelo único,
no hay un pensamiento único y no hay una práctica
única en el hacer que convoca la gestión educativa.
Los teóricos de sistemas llaman equifinalidad a la diversidad
de caminos que pueden llevar a un mismo resultado.
Sin embargo, esa diversidad debe reconocer límites, fronteras,
amarras que no frenen la creatividad sino que permitan anclar
el hacer y sus logros en el discurso educativo institucional,
en la escuela. El límite, la frontera de la diversidad
es la ética de la ley.
En ese sentido, se torna esencial el reconocimiento de que el
hacer, el modo de hacer, es constituyente del ser, de las identidades
institucionales y profesionales.
Estamos siendo de la manera en que estamos haciendo. Estamos haciendo
de la manera en que estamos siendo. Eduardo Galeano decía:
“Al fin y al cabo, somos lo que hacemos para cambiar lo
que somos. La identidad no es una pieza de museo, quietecita en
la vitrina, sino siempre la asombrosa síntesis de las contradicciones
nuestras de cada día”.1
Siempre habrá “atajos” por donde circular más
rápido. Quien gestiona decidirá evaluar éticamente
los costos de seguir uno u otro sendero.
Los resultados, ese espejo en el que se confronta la gestión,
no se encuentran sólo al final del camino, sino que son
parte del camino. Sin embargo, también interesan, porque
son el desafío que enfrentan los sistemas educativos. Cómo
logramos mejores estándares de aprendizaje que empoderen
especialmente a la infancia y a la juventud más postergada,
cómo logramos acunar una cultura estructurada en valores
que sostengan la vida, la equidad, la solidaridad, el diálogo
y la palabra como mediadores de nuestras interacciones. Cómo
incluimos a la niñez y a la juventud que hemos dejado fuera
de la posibilidad de escuela. En suma, cómo logramos que
las organizaciones contribuyan a la supervivencia de este mundo.
Sin duda, de estos resultados no puede hacerse cargo únicamente
la escuela, pero tampoco puede eludir su propia tarea de contribución.
La repetición del significante cómo no es arbitraria,
representa la diferencia entre los discursos de la política,
la academia y la reflexión pedagógica frente el
hacer de la gestión. Las posibilidades como sociedad quedan
degradadas por la distancia que existe entre el prestigio de ideas
y teorías y la escasez de espacio otorgado para valorizar
en las comunidades profesionales las experiencias, las prácticas,
los ensayos y los errores.
Estamos “hambrientos” de cómos, especialmente
cuando alcanzamos algún acuerdo del qué, por provisorio
que éste sea. En los eventos educativos, las ponencias,
los paneles, las conferencias son impartidas por los pedagogos
en actividades plenarias. Luego de esos ritos de solemnidad, se
organizan “mesas de intercambio para experiencias optativas
y simultáneas”, en pequeños grupos, todos
los que se pueda incluir en el mismo horario. Ese lugar, el altillo
de los congresos, es el espacio que ocupan la práctica,
el aula, la escuela real, los grupos, cada sujeto. También
en ese modelo de gestión del conocimiento hay una ética
en acto.
Como generación de educadores nos debemos a un compromiso
más profundo con los resultados que sepamos conseguir,
más allá de la certidumbre de los diagnósticos
que definen la dificultad. Es el partido que nos ha tocado jugar
y en ese partido habrá que desplegar la mejor estrategia.
Fuera de la omnipotencia que una errada lectura podría
suponer, esta posición nos sitúa en el campo de
la mayor potencia como protagonistas del mundo que habitamos y
por el cual nos responsabilizamos con nuestras fortalezas y debilidades.
El verdadero desafío de gobernabilidad que enfrentan las
dirigencias de todo tipo es ese puente tendido desde el diagnóstico
y la propuesta hacia los caminos que llevan al logro. Ese puente
es la gestión.
No está de más señalarlo. La gestión
sin lectura, sentido, visión y política es sólo
agitación. La lectura, sentido, visión y política
sin gestión congruente son, en el mejor de los casos, una
buena intención y, en el peor, el cinismo del doble discurso.
Uno de los aspectos más fascinantes del ejercicio de la
gestión es, precisamente, la posibilidad del pasaje de
las ideas a los actos. En un momento determinado, aquellos que
imaginaron y planearon ciertos acontecimientos se dan cuenta de
que estaban armando meticulosamente aquello que ahora está
ocurriendo. Ese proyecto que nació como idea en la planificación
muta repentinamente en realidad, y quienes gestionan descubren
que han armado mundos en los que interactúan alumnos, padres,
colegas. En esa creación de caminos se descubren alternativas
educativas para generar los resultados buscados.
Otra de las ideas que recorre este libro, según el enfoque
que sostenemos, es que la gestión se despliega mucho más
en la creación de condiciones, en la construcción
de escenarios adecuados, en la provisión de capacidades
e instrumentos a los equipos de trabajo (allí donde existieran),
que en el hacer solitario de quien dirige.
Quien gestiona hace. Pero su hacer fundamental es hacer para que
con los otros se haga del modo más potente posible.
Estimular, lanzar pensamientos, contener, desafiar, capacitar,
conseguir, abrir, limitar, articular, conectar, son tareas de
quien gestiona desde la óptica de facilitador de procesos.
Un director de escuela que conocí en Bolivia decía:
“mi trabajo no es dirigir maestros, sino ayudarlos a que
ellos sean mejores maestros, aunque para eso a veces tenga que
dirigir”.
En este camino, quien gestiona requiere de un instrumento precioso:
la palabra, enhebrada en las múltiples conversaciones que
definen la calidad dialógica de la escuela.
Esa palabra, esas conversaciones recurrentes que se tejen en el
interior y con el contexto de la escuela, constituyen el último
lado del triángulo que se despliega en este material.
La palabra, el lenguaje, a la vez que nos constituye como sujetos,
construye nuestras posibilidades de hacer en el mundo. Al mismo
tiempo, le reconocemos un movimiento precipitante. La palabra
puede servir para incrementar las posibilidades del hacer colectivo,
pero también puede ser el obstáculo, la valla que
defina el malentendido, la distancia, la doble moral. Dependerá
de qué espacio le asignemos y de cómo la utilicemos.
No es mi pretensión inaugurar nuevas teorías, ni
ofrecer modelos de gestión acabados. Durante años
he transitado roles de operador, docente, director, facilitador,
diseñador y consultor. En todos ellos he encontrado el
mismo desafío: entenderme a mí mismo y a aquello
que quiero, comprender a la gente y hacerme entender por ella
para hacer algo juntos que genere algún valor para nosotros
y nuestra audiencia. Responsabilizarnos por los resultados que
intentamos lograr. Y, en el camino, disfrutar del placer de hacer
lo que realmente queremos, con la posibilidad de descubrir nuevas
ignorancias y desafíos.
En suma, he aprendido que el principal reto de toda gestión
es la gente, empezando por uno mismo (reconozco que no siempre
he salido “victorioso”, especialmente conmigo).
Indicadores relevantes que marcan los efectos de ese reto son
la calidad y la cantidad de capital social instalado en la organización.
Este libro, en parte, está marcado por ese recorrido señalado,
recoge algunas ideas que surgieron del trayecto y otras que portadas,
reflexionadas teóricamente, se confrontaron con la práctica.
Guardo una esperanza: que pueda ser de utilidad para algunos de
los miles de educadores que hacen junto con otros, que se comprometen
con los resultados, los consigan o no. Y que, con el único
instrumento de su credibilidad y palabra, siguen enfrentando las
dificultades de una sociedad inclinada hacia el lado de la inequidad.
Bernardo Blejmar
Buenos Aires, enero de 2005
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