"Infancias en la filosofía:
experimentar el pensar; pensar la experiencia"

 

Coloquio Nº4

"Pensamiento, narrativa y experiencia"
Coordinador: Maximiliano López

- El relato autobiográfico desde el yo ignorante. Notas para una filosofía narrativa del yo. Gregorio Valera Villegas, Universidad Central de Venezuela y Universidad Simón Rodríguez


- Cómo un pensamiento se torna experiencia: lo involuntario, lo impensado. Maximiliano López, Universidade do Estado do Rio de Janeiro, Brasil

El concepto de experiencia nos ha permitido problematizar la actividad filosófica de modo de distinguir dos formas diferentes de concebirla. Una, como "saber", disciplina académica (condensada y transmitida a través de un corpus definido por temas, autores y obras específicas) y otra, como "experiencia", acontecimiento intempestivo, irrupción capaz de redefinir el valor y el sentido de lo que somos. Hacer de la filosofía una experiencia significa generar las condiciones para que aquello que pensamos nos alcance, nos toque, nos transforme. Por eso nos preguntamos cómo un pensamiento se torna experiencia. Es decir, ¿de qué manera lo que pensamos adquiere la fuerza y el sentido necesario para transformarnos? Durante la década del 60 el filósofo francés Gilles Deleuze dedico algunos textos, ya célebres, a discutir la naturaleza del pensamiento, denunciando lo que el denominó imagen dogmática del pensamiento. Según la cual la verdad de lo que pensamos dependería tanto de la naturaleza recta del propio saber, como de la buena voluntad de aquel que piensa. Según ambas afirmaciones el sujeto pensante sería la garantía de la verdad. Deleuze intentará mostrar que ni el orden de la inteligencia ni la voluntad como decisión subjetiva fundan el pensamiento. Esto quiere decir que lo que transforma al pensamiento en experiencia no pertenece al sujeto. Pues para Deleuze sólo pensamos en relación con la exterioridad, a partir de que somos forzados a hacerlo. ¿Significa esto que la experiencia del pensamiento es involuntaria? Y si lo fuera ¿Cómo trabajar pedagógicamente con ella?


- La filosofía como una invitación a pensar. Cecilia Caputo, Universidad de Buenos Aires y Colegio Paideia

La cuestión en torno a la posibilidad de enseñar a pensar ha sido largamente debatida, me inclino por la posición que afirma que no hay método para enseñar a pensar, por lo tanto de lo único que se trata es de invitar a pensar. La idea de la invitación en el ámbito de la enseñanza me parece interesante por varias razones:

1) Supone las ganas de compartir algo con los invitados, de estar juntos y no solamente de brindar un servicio.

2) Supone que la invitación puede no ser aceptada o ser aceptada a desgano o incluso, eludida.

3) Cabe preguntarse por lo que implica ser un buen anfitrión en la casa de la filosofía.

4) Es pertinente preguntarse qué es pensar cuando de lo que se trata es de invitar a hacerlo y no de enseñarlo o de imponerse.

Abordando la idea de "invitación a pensar" vamos a encontrarnos con dos cuestiones centrales. Para la primera, indagaremos la diferencia entre enseñar a pensar e invitar a hacerlo y, para la segunda, qué implica pensarse a sí mismo como alguien que invita.


- Pensar-enseñar: la filosofía como práctica del conocimiento. Fabio Boso, Universidad Nacional de San Luis

En esta comunicación planteamos que es posible enseñar a pensar filosóficamente, a condición de hacer una experiencia formativa respecto del propio pensar. La enseñanza de la filosofía aparece así atravesada por un desafío: el que tiene que ver con una subjetividad singularmente comprometida con las prácticas de conocimiento. Prácticas de conocimiento en relación con un sí mismo pero también con otros, donde se despliega un acontecimiento en torno del saber. En ese contexto cobran relevancia el gnothi seautou (conócete a ti mismo) y el epimeleia heautou (ocuparse de uno mismo) como prácticas de la libertad ejercitables en un vínculo. Creemos que la consideración no es menor, ya que la escolarización de la filosofía, en aras de un ideal de educación moralizador, corre el riesgo de oscurecer la potencialidad del pensar filosófico. Así, pensamos que hay manifestaciones de una práctica filosófica vulgarizada, infantil(izada), como son aquellas que la reducen a sus efectos técnicos y/o estéticos, o que desatienden el lugar del otro que interpela desde su diferencia. Entonces ¿cómo inaugurar infancias filosóficas que no queden clausuradas en la philautía (amor propio) sino que se abran al juego parresiástico? Enseñar a pensar filosóficamente es enseñar a crear prácticas de resistencia, pero también a producir otras posiciones de subjetividad. En ese sentido, la primer tarea del filosofar podría ser el interrogar(se) acerca del propio deseo. Posicionado desde aquel entorno, el educador confrontado con sus obstáculos epistemofílicos y epistemológicos estará en condiciones de promover un trabajo genuinamente filosófico por parte de sus aprendices. Como plantea Morin: el conocimiento no puede considerarse como una herramienta "ready made" que se puede utilizar sin examinar su naturaleza. El conocimiento del conocimiento debe aparecer como una necesidad primera que serviría de preparación para afrontar riesgos permanentes de error y de ilusión que no cesan de parasitar la mente humana. Se trata de armar cada mente en el combate vital para la lucidez. En tal horizonte entendemos que se inscribe la filosofía como práctica de conocimiento.

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