Prólogo II
La vocación es más bien un objeto construido, un dominio con el cual se pretendió en sus albores llenar el lugar en blanco de un misterio. Distintas disciplinas abrevan en la llamada orientación vocacional y, al mismo tiempo, el misterio de la vocación llama, convoca, a elaborar respuestas y someterse a él. La ciencia de la educación, el psicoanálisis, la psicología, la sociología -por sólo señalar las más significativas- intervienen, dialogan entre sí en el mejor de los casos, proponen dispositivos, reciben demandas y malestares a propósito del desencuentro con la vocación.
El hombre moderno es el resultado de un conjunto disperso y al mismo tiempo articulado de leyes, reglas, lógicas, estructuras que se refractan unas con otras en el campo de lo social. Nada de lo que el hombre hace y produce (bajo la forma de la ideología, la religión, la descendencia, los sueños o incluso los “autismos”) prescinde de la idea de un socius. Desde que el hombre está afectado desde su inicio por el lenguaje, sus efectos no pueden quedar aislados de éste. Y el lenguaje, debido a él, condiciona en última instancia la conquista del real.
La labor, el trabajo, las identificaciones, los flujos pulsionales y los objetos que lo organizan, las nominaciones, el factor temporal, el amor en sus variados nombres y presentaciones, el azar, resultan orientaciones que de una u otra manera han producido crisis en los saberes a medida que estos saberes se han ido acumulando. Los saltos epistémicos ofrecen evidencia acerca de este tipo de crisis en la historia de las ciencias. La invención de un nuevo objeto de estudio, sin existencia formal previa, organiza un nuevo campo que deja atrás, desplaza más bien, los saberes anteriores y, al mismo tiempo, pone en crisis a un sistema, incluso político.
El término de “vocación” ha subsistido a estas crisis. Su resistencia nos indica esa vertiente de misterio de la que hablábamos anteriormente. No se deja dominar por el saber académico, aunque es dócil al saber religioso; desafía a la ciencia y encuentra en la clínica psicoanalítica, y en áreas de la psicología, un espacio favorable para su manifestación, aunque más no sea bajo la forma de un fracaso.
Toda elección, sea la que esta fuere, conlleva una lección, es decir, la aparición de alguna novedad, algo inédito, frente a lo cual cualquiera puede sentirse más o menos conmocionado. La elección de una carrera, de una labor, de una dirección de acción, de una pareja o de una posición frente al enigma del sexo, no debería quedar disimulada bajo los ropajes de lo normal, lo natural o lo cotidiano. Hay en el campo llamado de la elección un suelo fértil para una psicopatología de la vida cotidiana, la cual Freud nutrió de fenómenos más que singulares: el lapsus, el olvido, la equivocación. Una elección conmociona al sujeto, ya que lo confronta de manera directa con su objeto y, en ese encuentro no natural, reside un cierto vacío de predicados y calificativos. Ese agujero no siempre se soporta y de allí que la postergación, la urgencia, la procuración, la angustia, muestran su talla.
La organización de una serie de trabajos alrededor de estas coordenadas pretende abrir el denso tejido de la llamada “orientación vocacional”. Incluso incomodar a esta nominación. Llevando las cosas un poco más lejos, conviene decir que no habría especialistas en orientación vocacional. Y, conjuntamente con esto, este libro pretende agrupar una gama de puntos de vista no homogéneos acerca del objeto en cuestión. No se trata de dominio de saberes, sino más bien de una distinción de espacios de concurrencias e incumbencias.
Mario Betteo Barberis