Atención que no se presta: el "mal" llamado ADD, La (Nueva edición)

Atención que no se presta: el "mal" llamado ADD, La (Nueva edición)



$ 330,00

Las escuelas se han poblado, de un modo “epidémico”, de niños que se distraen con facilidad, se muestran desatentos y con dificultades para los aprendizajes formales. Niños inquietos, que presentan reacciones impulsivas y con dificultades para aceptar normas y reglas. Para muchos esto tiene un nombre, una sigla en verdad, que designa al trastorno: ADD. Profesionales, docentes y buena parte de los medios de comunicación lo consideran como problema de aprendizaje y comportamiento que responde a un déficit, de atención, de concentración y, en última instancia, de dopamina.
Este libro plantea que la desatención se define como problema a partir de ciertos parámetros que parecen exteriores al problema mismo. Pero no lo son. La desatención cosificada como déficit y la inquietud tematizada como exceso surgen de un modo de evaluación cuantitativamente grosero, que se realiza clasificatoria e irresponsablemente a partir de escalas que presentan un gran margen de error.
El ADD es un mal nombre para un problema de época que estalla en las aulas. Un nombre que se desentiende de los nuevos rasgos de los niños de hoy, del piso inestable en que pretenden afirmarse padres y maestros, de los cambios en la cultura y la temporalidad, de los encantos del consumo y de la desorientación de las escuelas.

Prólogo a la 2da edición
Introducción
El plan del libro

Capítulo 1. Niños, padres y maestros, hoy
Ayer
Un piso que se mueve
En familia
En la escuela
Desnudos y exigidos

Capítulo 2. ¿Diagnosticar o clasificar? El método
Problemáticas diagnósticas
El riesgo de entificar
El riesgo de “genetizar” (o lo contrario)
El riesgo de diluir

Capítulo 3. La impropiedad de lo propio: las co-morbilidades
Perfiles

Capítulo 4. Atención, investidura y escuela
Atención y escuela
Escuela y porvenir
Opinión, pensamiento y saber
Escuela, investidura y normas
El desafío docente: la creación de un nosotros

Capítulo 5. Movimiento y aburrimiento
Cantidad y cualidad
Encarnaduras
Subjetividad, movimiento y aburrimiento

Capítulo 6. Infancia y consumo
Publicidad
Descartables

Capítulo 7. La reprogramación de la infancia
Genes y psicofármacos
El cuerpo digitalizado

Capítulo 8. Psicofármacos: ¿administrar o intervenir?
Entre el criterio y el abuso
Premisas
Co-incidencias
Criterios
Singularidad

Capítulo 9. Cuando no hay otro remedio
Un alivio que oscurece
Saber, pensar, interdisciplinar
Criterios
Sobre el Metilfenidato
Ni “una” enfermedad, ni “un” remedio

Capítulo 10. El diablo en el cuerpo
Como una nena
H(echa) un demonio

Capítulo 11. ¿Discapacitar o “ciudadanizar”?
Epílogo. Tecnopolíticas del nombre
Tecnociencia, saber y pecado

Juan Vasen

Médico especializado en psiquiatría infantil-juvenil y psicoanalista. Ex docente de la Cátedra de Farmacología (UBA). Residente y Jefe de Residentes en el Hospital de Niños E. Gutiérrez. Desde 1985 ha desarrollado diversas responsabilidades en el Hospital Infanto-Juvenil “Carolina Tobar García”; médico psiquiatra en consultorios externos; jefe del Sector Niñas del Servicio de Internación; jefe del Servicio de Psiquiatría Social; jefe del Sector Niños del Servicio de Hospital de Día; supervisor de residentes; supervisor del Servicio de Hospital de Día; miembro fundador del Programa de Reinserción Social “Cuidar-Cuidando” (convenio entre el Hospital “Carolina Tobar García” y el Jardín Zoológico de la ciudad) y supervisor del CENTES N° 1, 2 y 3. Actualmente es Secretario General de Forum Infancias. Ha publicado: ¿Post-mocositos? (Lugar, 2000), Contacto animal (Letra Viva, 2004), Fantasmas y pastillas (Letra Viva, 2005), La atención que no se presta: el “mal” llamado ADD (Noveduc, 2007), Las certezas perdidas (Paidós, 2008), El mito del niño bipolar (Noveduc, 2009), Contacto niño-animal (Noveduc, 2013), Autismos: ¿espectro o diversidad? (Noveduc, 2015) y Dislexia y dificultades de aprendizaje (Noveduc, 2017).

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Para que ser padres sea más fácil... Ritalina®
Cartel en la ciudad de Los Ángeles

Parece que tenemos un problema. En los últimos años, nuestras escuelas se han poblado de un modo casi “epidémico” de niños que se distraen con facilidad, se muestran desatentos y tienen dificultades respecto de los aprendizajes formales. Niños inquietos, que presentan reacciones impulsivas y obstáculos para aceptar las normas y reglas que las situaciones del aula requieren.
Por suerte, ya tenemos un nombre –una sigla, en verdad– para designar a este trastorno: ADD (*2). Y “una” solución: “la” solución. Algo que hace las cosas más fáciles sobre todo para los padres, aunque también para los maestros. ¿Por qué preocuparse entonces? ¿Por qué “meter mano” en los flamantes dominios en donde reinan los nuevos ingenieros del alma? Si ellos lo están haciendo tan bien... Si están logrando que “todo vaya mejor” con Ritalina®. ¿O acaso los chicos no se concentran más y mejor? ¿Por qué no escuchar la demanda de los maestros que, a veces, piden a gritos esa solución para acallar los gritos de sus alumnos? ¿Por qué arruinar esa facilitación a la que finalmente los padres han accedido, después de décadas de “escuelas para padres”, psicoanálisis y doctores Spock? ¿Es nada más que una malsana envidia frente a la píldora de la felicidad para la crianza y el aprendizaje?
¡Si el “mundo feliz” está llegando de la mano de las ciencias, que se empeñan en lograrlo con el mismo ahínco que los organizadores del universo de Huxley (*3), en donde cada uno está genéticamente predeterminado a ocupar un lugar, y lo esencial es que nadie se salga de la norma! Y si algo falla, se cuenta con el soma, píldora del bienestar de uso masivo. El lema dice que “un gramo de soma quita al menos dos sentimientos desagradables”. ¿Por qué entonces no sumarse a la fiesta?
Si además parece que este modo de razonar va ganando adeptos. La situación está siendo mayoritariamente considerada por profesionales, docentes y buena parte de los medios de comunicación como un problema de aprendizaje y comportamiento que responde a un déficit –de atención, de concentración y, en última instancia, de dopamina–. Claro que no hay evidencias nítidas de trastornos orgánicos, pero ¿por qué no considerar que estos niños tienen alteraciones, “disfunciones” o “fallas en el balance”, en ese territorio que sería razón y sustrato de todo: el cuerpo neurobiológicamente pensado?
Es verdad que nadie se arriesga a constituir esto en una enfermedad, y se lo clasifica como síndrome. Pero, ¡es tan fácil de detectar que cualquiera puede hacerlo! Nada de consultas o procedimientos tediosos. Ahora es el turno de los padres informados por Internet, y de los maestros que “diagnostican” a través de cuestionarios sencillos que los laboratorios medicinales les entregan gentil y gratuitamente (tal vez no sean muy precisos, pero todo es tan llevadero y tan moderno…). Además, las nuevas estrategias no se preguntan tantas cosas como antes y apuntan a resolver el problema rápidamente. Para ello están las técnicas de reeducación y los medicamentos.
Hay una nueva camada de profesionales de la salud mental que no duda. Ellos saben que no hay marcadores genéticos probados ni medios diagnósticos serios que demuestren afectación orgánica y, sin embargo, en numerosas publicaciones científicas y de divulgación afirman con temeridad –tan parecida a la valentía que resulta convincente– que existe una dificultad; que estamos ante una “condición” de carácter crónico, con bases biológicas y genéticas que la convierten en hereditaria. Se ha ido desarrollando toda una subcultura y una tecno-mitología en torno de la desatención y la inquietud, de las dificultades escolares y hogareñas, los límites y las formas de socialización de los chicos de hoy. (*4) Y parece que definir una entidad “médica” –no importa con cuánta inconsistencia– aunque no sea “grave”, como podría serlo la psicosis o el autismo en la infancia, que permita que los padres desbordados puedan asociarse y luchar por un lugar diferenciado para sus hijos y hallar en un recurso farmacológico la respuesta, es como un bálsamo ante el dolor, como un bote en la tempestad.
En otro momento, la existencia en Argentina de miles de chicos (millones, en el mundo) que producen tanto ruido en las aulas podía generar interrogantes sobre la infancia actual o el sistema educativo. Una verdadera pérdida de tiempo. Ahora, esos niños son considerados pasibles de medicación o reeducación debido a ciertas fallas en su programación biológica. He aquí entonces el alfa y el omega que da cuenta de ese agrupamiento de síntomas que suele llamarse déficit de atención.
Desde esta perspectiva, con la certeza de lo que tienen –ADD– o, mejor dicho, de lo que no tienen –dopamina– y con la seguridad de proveérsela a través de medicamentos adecuados, ¿por qué, para qué detenerse y perder tiempo en lo que les pasa a esos chicos?
Entonces el problema ya no es nuestro –de los adultos, los padres y los maestros–: es de los niños. No hay por qué preocuparse ni responsabilizarse por analizar, pensar o cambiar en algo el mundo que les proponemos y los medios para que se integren a él. Menos mal… Son ellos los que padecen porque no se adaptan, no aprenden, no se integran, no rinden. Por suerte hay un remedio. Ahora es más fácil.
¿Y si no es así? ¿Y si sufren y padecen de otras cosas? ¿Si están acelerados, dispersos y desbordados por cuestiones que no encuentran su fundamento en la neuroquímica de sus cerebros, aunque la implique? Porque el hecho de que nuestro órgano del pensar sea sede y base molecular de todos los procesos cognitivos y afectivos no implica que allí haya que buscar sus causas. Confundiendo las cosas: no es el cerebro el que piensa, es el niño. ¿Qué clase de atención prestamos a esto? Una atención cuantitativa, porque estamos pensando en términos de déficit. Y soslayamos así los matices cualitativos. ¿Adónde va, qué hacen los niños con la atención que no nos prestan?
Este libro, heredero de Post-mocositos (*5) y de Fantasmas y pastillas (*6) pretende llamar la atención sobre otras cosas. En principio, sobre los chicos de hoy. Sobre su realidad y sobre los discursos que pretendan dar cuenta de ella. Y sobre cómo esto que aparece con la certeza de un rótulo y la comodidad de una solución técnica –una pastilla– es síntoma de una época que no puede prestarse atención, que no puede pensarse a sí misma. Porque en la modernidad se hablaba de infancia, pero poco a poco el término se pluralizó y comenzó a nombrarse y escribirse como “infancias”. Actualmente nos referimos a los “niños de hoy”. Niños que, según describe acertadamente Sandra Carli, “crecieron en un escenario de profunda mutación y se convirtieron en testigos y muchas veces en víctimas de la desaparición de formas de vida, pautas de socialización y políticas de crianza”. (*7)
Preguntarnos entonces por la infancia –y muy especialmente por sus problemáticas– permite profundizar en procesos históricos que inciden en las modalidades del lazo social que entablamos, esto es, las maneras en que nos vinculamos, pensamos y compartimos la vida.
Por eso acierta Gustavo Stiglitz cuando afirma que instalar este debate “no atañe solamente a un tipo de malestar sino a toda la clínica y, más aún, a una forma de vida”. (*8) Pensar las problemáticas de la subjetivación y la formación educativa como un déficit de ciertas funciones o como un problema de aprendizaje es incurrir en un doble reduccionismo. Ni la atención está en déficit –sino que inviste otros objetos y personajes significativos en la vida de los niños–, ni la problemática educativa puede cargarse como dificultad personal en el aprendizaje, sobre los hombros de quien trabajosamente abre su sensibilidad y su pensamiento a un mundo nuevo de saberes. En ambos casos se pierde de vista la complejidad de las vicisitudes por las que un sujeto se apropia –y es apropiado, a su vez– de una época, un linaje y una lengua. Y la responsabilidad social que nos cabe como adultos que producimos y reproducimos el mundo que los recibe.
Es decir que incurrimos en un reduccionismo y una irresponsabilidad. El recorrido que aquí se propone pretende contribuir a desmontar un andamiaje tecnocrático, bio-reduccionista y mercadotécnico que instituye un “síndrome” de la infancia, sus causas y soluciones.
Las sociedades tecnocráticas se caracterizan por reducir las prácticas sociales complejas –como criar, educar, diagnosticar y curar– a procedimientos técnicos. Los libros de autoayuda aportan entonces técnicas de crianza; reducen lo complejo e interactivo de la educación a un problema de aprendizaje; el espesor de un proceso diagnóstico al ingreso en una grilla clasificatoria, y la cura a técnicas de reeducación o a la administración acrítica de un producto de la técnica como es un psicofármaco Y tecnocrática, además, porque los psicofármacos parecen la vanguardia de una reformulación de lo humano donde la “interioridad” queda desplazada por la reprogramación de las conductas exteriores en pos de una plusvalía de goce y una eficiencia cognitiva.
Lo mercadotécnico se basa en que el incremento de la venta de psicofármacos, la naturalización de su presencia en la vida cotidiana, lo sugestivo y convincente de su publicidad abierta y lo eficaz, y de la seducción ejercida sobre los profesionales del llamado campo “psi” constituyen un fenómeno, no sólo de ventas, sino de replanteo de la forma en que pensamos la vida y sus tribulaciones.
Por esto decimos que la atención no está en déficit. Lo que ocurre es que no está disponible; está enfocada en otros intereses y objetos cuya investidura la atrae. Y por eso no se presta: porque se presta a quien se sabe de antemano que va a devolver. Tal vez la escuela no devuelve bien esos préstamos.
Y nos referimos al problema como el “mal llamado ADD” porque es cierto que hay un “mal”: hay muchos chicos y jóvenes, padres y maestros que están “mal”. Pero ese “mal-estar” no es llamado como corresponde. Nunca puede ser una sigla desconectada de los bullicios y sinsabores de la vida y de la época.

El plan del libro

El capítulo 1, Niños, padres y maestros hoy, pretende ser un aporte a un pensamiento sobre las modalidades actuales de criar y educar. Prácticas de crianza, formación y cuidado determinantes y a la vez determinadas desde el marco de la época. Prácticas que desde un paradigma tecnocrático tienden a reducirse a técnicas. El “piso” de estas prácticas fundantes de la subjetividad no ha sido el mismo a lo largo de la historia. Y ahora parece que se mueve…
El capítulo 2, ¿Diagnosticar o clasificar?, propone pensar a la primera como una práctica que implica ir más allá de las descripciones o de los agrupamientos sintomáticos y que supone que hay en juego verdades por develar. Clasificar, en cambio, es una técnica que se guía por lo aparente y agrupa en serie llegando a lo sumo a la particularidad. Diagnosticar ubica los efectos como síntomas en donde se ha jugado una singularidad.
El capítulo 3, La impropiedad de lo propio, aborda críticamente la modalidad extensiva que pretende rescatar la categoría ADD. De resultas de esto se intenta poner “fuera” de la pureza de un cuadro lo que muchas veces está dentro, generando anexos llamados co-morbilidades para preservarla de su estallido. Así, los bordes con las psicosis infantiles, con los cuadros de desorganización conductual no-psicóticos y con la neurosis misma son parte de lo que se pretende expurgar para apelar al recorte y la medicación.
El capítulo 4, Atención, investidura y escuela, plantea que la atención no es sólo una función sino el efecto de una investidura libidinal sobre objetos o personajes; éstos recibirán “prestada” esa atención si tienen la investidura necesaria para ser interesantes. Interés deriva de inter esse, lo que se hace entre varios. Y cada cual presta de acuerdo a su interés. En inglés (más pragmático) la atención se “paga” (to pay attention). Y sólo se presta o se paga de acuerdo a lo que se reciba en retribución. Para que un personaje resulte confiable en cuanto a lo que retribuirá debe estar investido. Esto no pasa, en general, con el lugar actual de los maestros. Ante la autoridad cabe el sometimiento o la rebeldía. Ante el vacío, el aburrimiento y el pasaje al acto. No olvidemos que la raíz alemana de aburrimiento es langweile, que significa larga espera. Demasiado larga para muchos chicos…
El capítulo 5, Movimiento y aburrimiento, plantea que la movilidad “excesiva” no debería ser evaluada sólo desde el punto de vista cuantitativo –de cuánta molestia genera– sino desde una aproximación cualitativa, que registre los modos de “inervación” no sólo neurológicos sino fantasmáticos de una corporalidad ya no regulada desde los instintos animales o desde la racionalidad, sino desde las pasiones humanas. Pasión y movimiento son primas hermanas etimológicas. Desde esta perspectiva, se analizan los límites en la posibilidad de trasponer a un plano simbólico ese plus de excitación que, de lo contrario, se convierte en actividad descontrolada.
El capítulo 6, Infancia y consumo, retoma esta matriz hegemónica del lazo social y sus implicancias sobre los modos de apropiación y valorización de objetos y saberes. Toda una cultura de lo “descartable”.
En el capítulo 7, La re-programación de la infancia, exponemos el contexto de época y consideraciones biopolíticas que hacen a la modalidad de abordaje social de la problemática de la desatención en la infancia por parte de la tecnociencia actual. Biopoder y lógica del consumo se articulan para corregir las pequeñas fallas de programación de los niños de hoy, para reproyectarlos y tornarlos más compatibles con las máquinas digitales de la época.
El capítulo 8, ¿Administrar o intervenir?, se interroga sobre los alcances y límites de una intervención psicofarmacológica. Se consideran los empobrecimientos de un modo de considerar el problema desde la óptica de la biología contraponiendo criterios de medicación con los abusos de la medicalización.
El capítulo 9, Cuando no hay otro remedio, cuestiona la asociación entre “una enfermedad-un remedio” y describe los graves riesgos del empleo de estimulantes en la infancia.
El capítulo 10, El diablo en el cuerpo, expone un caso clínico que resulta paradigmático de las problemáticas diagnósticas y plantea un modo de aproximación psicoanalítico a una niña que sufre.
El capítulo 11, ¿Discapacitar o ciudadanizar?, plantea el problema de padres, maestros y laboratorios que llegan a unir sus voces en proyectos –muchas veces descarrilados– que intentan convertir el ADD en una discapacidad. Parasitados por concepciones biologistas y por intereses mercadotécnicos, estos proyectos –que incluso alcanzan el rango legislativo– deben ser revisados a la luz de otras concepciones que incluyan la responsabilidad de los sujetos como eje vertebrador.

Este libro debe mucho a un grupo de colegas con los que constituimos ForumADD (actual Forum Infancias) y con quienes compartimos la preocupación de llevar adelante cotidianamente una práctica profesional guiada por parámetros éticos que es crítica con los análisis superficiales y las soluciones fáciles. Quiero resaltar aquí el enriquecedor debate y cálido acompañamiento que he recibido de Beatriz Janin, Gabriela Dueñas, León Benasayag, Ronnie Kremenchusky, Marisa Rodulfo, Rosa Silver, Mabel Rodríguez Ponte, Gisella Untoiglich, Silvia Morici, Elsa Kahansky, Osvaldo Frizzera y Mario Brotsky. En segundo lugar, el aporte de muchos colegas que a la distancia y alrededor del mundo comparten nuestra preocupación: Thomas Armstrong –iniciador en USA de un movimiento y debate cuestionador del bio-reduccionismo que significa el ADD–; el grupo de colegas Giu le mani dai bambini; los colegas franceses que se han opuesto tenazmente a la llamada ley de los “ladrones de cubos”.
En este libro se encuentran las voces de Ignacio Lewkowicz, Cristina Corea, Paula Sibilia, Zygmount Bauman y muchos otros intelectuales preocupados por el devenir actual de la tecnocratización de la infancia.
Y, finalmente, quiero agradecer a Quino, que con su proverbial agudeza relata el conflicto de Felipe quien sentado en su pupitre se repite que debe prestar atención a su maestra.

Juan Vasen

Notas
1. Tallis, J. (2006). La medicación des-responsabiliza. En Stiglitz, G. (comp.). DDA, ADD, ADHD: como ustedes quieran. Buenos Aires: Grama.
2. En este libro utilizaremos ADD como sigla representativa de los llamados déficits de atención (presenten o no hiperactividad). En el caso de que se acompañen de ella se utilizará la sigla ADHD.
3. Huxley, A. (1975). Un mundo feliz. Barcelona: Rotativa.
4. Armstrong, T. (1995). The Myth of the ADD Child. Nueva York: Plume Books.
5. Vasen, J. (2000). ¿Post-mocositos? Buenos Aires: Lugar Editorial.
6. Vasen, J. (2005). Fantasmas y pastillas. Buenos Aires: Letra Viva.
7. Carli, S. (verano, 2006/2007). Figuras de la historia reciente. En El Monitor de la Educación, 10.
8. Stiglitz, G. (comp.). DDA, ADD, ADHD, como ustedes quieran, ob. cit.

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