¿Niños o cerebros?

¿Niños o cerebros?

Cuando las neurociencias descarrilan


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¿Pueden las neurociencias explicar y abarcar la totalidad de las problemáticas de las infancias actuales? ¿Es ético o productivo que intervengan en casi todos los campos de la vida social? Transparentar el cerebro a través de neuroimágenes, ¿nos vuelve verdaderamente más transparentes? Al abandonar la prudencia propia de las ciencias, ¿no simplifican las dimensiones en juego en la crianza, la educación o el amor?

Una suerte de “neuromanía” invade nuestra vida y lleva a la producción de una verdadera epidemia de nombres impropios en la infancia (dislexia, ADHD, bipolaridad o espectro autista).

Nuestra subjetividad no se compone solo de neuronas; ellas son su imprescindible sustento biológico, pero no su única causa. Estamos hechos de tiempo. Y la defensa de ese tiempo propio como acto de libertad asume la forma de una despatologización.

Vaciar al sujeto de tantos nombres “impropios” permite una apuesta: que quede libre para esa forma de vida que todavía no tiene nombre, para la que debemos buscar nuevas palabras, otras constelaciones, quizás lenguas diferentes. Es importante, porque eso es lo que somos.

Juan Vasen

Médico especializado en psiquiatría infantil-juvenil y psicoanalista. Ex docente de la Cátedra de Farmacología (UBA). Residente y Jefe de Residentes en el Hospital de Niños E. Gutiérrez. Desde 1985 ha desarrollado diversas responsabilidades en el Hospital Infanto-Juvenil “Carolina Tobar García”; médico psiquiatra en consultorios externos; jefe del Sector Niñas del Servicio de Internación; jefe del Servicio de Psiquiatría Social; jefe del Sector Niños del Servicio de Hospital de Día; supervisor de residentes; supervisor del Servicio de Hospital de Día; miembro fundador del Programa de Reinserción Social “Cuidar-Cuidando” (convenio entre el Hospital “Carolina Tobar García” y el Jardín Zoológico de la ciudad) y supervisor del CENTES N° 1, 2 y 3. Actualmente es Secretario General de Forum Infancias. Ha publicado: ¿Post-mocositos? (Lugar, 2000), Contacto animal (Letra Viva, 2004), Fantasmas y pastillas (Letra Viva, 2005), La atención que no se presta: el “mal” llamado ADD (Noveduc, 2007), Las certezas perdidas (Paidós, 2008), El mito del niño bipolar (Noveduc, 2009), Contacto niño-animal (Noveduc, 2013), Autismos: ¿espectro o diversidad? (Noveduc, 2015) y Dislexia y dificultades de aprendizaje (Noveduc, 2017).

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Neurociencias: entre la prudencia y una expansión disparatada

La Comisión Europea asignó ayer casi 700 millones de dólares a un proyecto que intentará trazar el mapa más detallado jamás logrado del cerebro.
Diario La Nación, 21 de enero de 2013.

No sé si habrás visto el mapa de una mente. A veces los médicos dibujan mapas de otras partes de ti (…) pero no es tan fácil trazar el mapa de la mente de un niño. Que no solo es confusa, sino que gira sin cesar.
James Matthew Barrie, Peter Pan, 1911.

En los últimos años en el mundo y, con sus particularidades, en nuestro país, el cerebro ha sido puesto en escena de una manera inédita. Desde la creación del sintagma “la década del cerebro”, cantidad de autores y libros tratan desde diversas perspectivas el rol del órgano más complejo y fascinante de nuestro organismo.
Y no se trata solo de investigaciones científicas publicadas en papers, sino de libros de difusión masiva, columnas en diarios, notas y paneles en la televisión. De ser un órgano silencioso en su cotidiana labor, el cerebro ha sido lanzado a los medios y escenarios a dar cuenta de sí mismo y de su fundamental y compleja tarea.
Entonces se le piden explicaciones sobre diferentes procesos que abarcan no solo el pensamiento y sus funciones (o disfunciones), sino también acerca de su rol en el amor, la felicidad, los aprendizajes, el rendimiento laboral, los deportes, la creatividad, la ética, la moralidad y la vida en general.
Es decir que las llamadas neurociencias pasan a tener un rol explicativo central dentro de una cosmovisión en expansión; eso las convierte en una forma de biopolítica, neuropolítica o, quizás más precisamente, psicopolítica.
Esta expansión nace de un conjunto de equipos y personas, de heterogéneos grupos de investigaciones e investigadores y se refleja en variados textos que más que un sistema forman más bien una constelación (Fariña, 2016). Constelación que no es una ciencia ni un solo tipo de prácticas ni tampoco está impulsada por astrónomos. Su raíz la constituye el legítimo deseo de los científicos de encontrar claves que permitan comprender un mundo que se nos presenta fragmentado y desgarrado. Pero ocurre que la pesquisa de esas claves se orienta hacia un solo lugar: el cerebro. A esta estrechez de miras se refiere el prólogo, cuando plantea la necesidad de mejorar la calidad de nuestras preguntas.
Pensar en términos de constelación resulta una herramienta útil, pues permite reunir fragmentos sin suprimir sus diferencias recíprocas. Se trata de un campo pleno de investigaciones valiosas y promisorias que, a nuestro criterio, se convierten en un problema cuando reciben una saturación mediático-política de significaciones que suelen exceder en mucho sus contornos originales.
Las múltiples investigaciones dan resultados pocas veces concluyentes, lo que constituye un rasgo de humildad de la ciencia bien entendida, y suelen aportar mucho menos que lo que se traduce luego en su potenciada y no siempre bien encarada difusión. Es en este ámbito donde los descubrimientos son “traducidos” del lenguaje científico al mediático como hallazgos concluyentes o curas milagrosas. Como ya sabemos, toda traducción supone una transformación, mucho más cuando no se trata no solo de un cambio de lenguaje sino de uno desplazamiento de campos epistémicos. Al pasar de la ciencia a la política (o, lisa y llanamente, al espectáculo) las formulaciones se vacían de prudencia y abrazan una certidumbre muy lejana a la duda metódica que caracteriza las proposiciones de las ciencias. Y de la cautela para establecer correlaciones causales se suele pasar sin escalas a esas certezas más propias de un lenguaje religioso, que se transforman en recetas, tips y formulaciones mucho más cercanas al marketing que al cuidado de la salud o de la mente.
En este contexto, el cerebro es volcado al escenario donde se lo dota de personalidad propia. Y entonces, como todo personaje, el cerebro adquiere rasgos. Uno de ellos es el de ser el que “dicta nuestra actividad mental desde procesos inconscientes, como respirar, hasta los procesos más elaborados” (Manes y Niro, 2014). A través de ese dictado el cerebro demanda, “nos pide” objetos y acciones que tienden a asegurar su “bienestar”, que sería su homeostasis.
Así configurado, nuestro humilde órgano sale de su carácter de ente orgánico para pasar a tener un ser propio con don de mando y un escenario de despliegue no solo en la vida cotidiana sino cada vez más –y esto es lo novedoso– una mayor presencia en los medios.
Es este descarrilamiento lo que es preocupante. Porque el cerebro es, ante todo, el correlato neural de todas nuestras actividades. Y correlato no es dictadura ni demanda. Es más bien soporte, que a veces es aporte y otras limitación, aunque ambos puedan ir de la mano.
Nada habría de cuestionable en la pretensión de conocer más sobre el cerebro. Ocurre que a veces se plantea que saber más sobre el funcionamiento del noble órgano es una manera de conocerse a sí mismo. Una metáfora extraña y desmesurada, porque pensarnos es algo más que “pensar nuestro cerebro” (Manes y Niro, ob. cit.). Es pensarnos en tanto seres en situación, no como entes funcionales. Es correcto que la biología busque excitaciones nerviosas detrás de comportamientos complejos, lo incorrecto es que el “juego de lenguaje” (Carmona, 2015) que organiza a partir de esas evidencias se convierta en el único posible, en el único que cuenta, en la causa de los fenómenos y no su correlato.
Es justo decir que no todos los investigadores comparten esta “inflación. Bekinschtein (2015), por ejemplo, recurre al humor, señalando: “El cerebro está sobrevalorado. Mucha gente vive lo más bien, casi sin usarlo”.

La elusiva e irreductible singularidad

Que no es lo mismo, pero es igual.
Silvio Rodríguez, Pequeña serenata diurna, 1975.

Las neurociencias han realizado aportes considerables para el reconocimiento de las intenciones de los demás y de los distintos componentes de la empatía, de las averías críticas del lenguaje, de los mecanismos cerebrales de la emoción y de los circuitos neurales involucrados en interpretar el mundo que nos rodea. Asimismo, han obtenido avances significativos en el conocimiento del correlato neural de decisiones morales y de las moléculas que consolidan o borran los recuerdos, en la detección temprana de enfermedades psiquiátricas y neurológicas, en el intento de crear implantes neurales en personas que, por sus condiciones cerebrales se encontraban incomunicadas por años, y que les permitirían leer sus pensamientos para mover un brazo robótico (Manes y Niro, 2014).

Pese a todos estos avances reales, es el mismo Manes quien reconoce que “todavía no hay una teoría del cerebro que explique su funcionamiento general ni sabemos cómo las neuronas y sus conexiones dan lugar ese proceso íntimo, personal, subjetivo que es propio de cada uno de nosotros al experimentar una situación dada” (Manes y Niro, ob. cit.).
“El deber de cada uno es dar con su voz”, afirma Borges (1928). Eso es lo que se les escapa a las neurociencias por estructura, y no por el mayor o menor grado de avance o modernización que puedan alcanzar. Esa imposibilidad de acceder a la singularidad, a los qualia (*1), configura un tope a las expectativas que, tal como se señala en el párrafo anterior, suele ser reconocido en el diálogo científico pero soslayado cuando de comunicar descubrimientos o de aplicarlos al campo social (o incluso a las políticas) se trata.
La importancia de esta cuestión radica en que la “bio-lógica” con la que tratan las neurociencias es solo una de las lógicas, solo uno de los factores implicados en los fenómenos que se pretende comprender. Los circuitos de sobredeterminación de los fenómenos mentales requieren mantener una apertura al contexto (término del que no casualmente deriva la palabra contextura) y al movimiento imaginario y simbólico de las significaciones, un campo mucho más difícil de “entificar” que la bioquímica neuronal.
El riesgo es el de una simplificación interesada de las variables intervinientes y de las prácticas. “La eliminación de las cuestiones prácticas es el núcleo de la conciencia tecnocrática. En esta etapa, la política ya no se dedica a la realización de fines prácticos sino a la resolución de cuestiones técnicas”. En consecuencia: “donde había un espacio práctico-político para la discusión, la tecnocracia nos ha legado un problema técnico que ha de ser resuelto” (Vasen, F., 2006).
Reducido a ese nivel “técnico”, lo neurobiológico puede aspirar a lo sumo a una particularidad. Mis miedos y angustias podrán estar soportados en iguales neurotransmisores que los de otras personas que los sufran, porque efectivamente las moléculas son iguales entre los diversos cerebros. Pero, pese a esta semejanza, la significación personal, consciente o no, no será la misma. La experiencia y las significaciones personales pertenecen a dimensiones donde se pone en juego una singularidad irrepetible en la que los fantasmas y fantasías en juego no serán los mismos. El pensamiento no es reductible a la actividad neuronal que le sirve de soporte ni el deseo podría explicarse por una secreción química. Aunque en ambos casos las impliquen.
El hecho de que los síntomas asociados a los cuadros más comunes se parezcan tanto a los comportamientos cotidianos y de que el vocabulario de las neurociencias se haya incorporado tanto a los comportamientos cotidianos, a las películas, incluso a las creaciones musicales (*2), junto a la injerencia de la publicidad de los laboratorios farmacéuticos, todo ello induce a la patologización de las dificultades cotidianas en gran escala. De eso nos ocuparemos a continuación.

[Fragmento de la Introducción del libro]


Notas
1. Los qualia son las cualidades subjetivas de las experiencias individuales y señalan un vacío explicativo que media entre lo subjetivo de nuestras percepciones y su soporte físico: el cerebro, en este caso.
2. Películas como Rain Man abrieron el camino. ADHD es el nombre de una canción de la banda alternativa Blood Red Shoes, y Bipolar es un ringtone de un artista poco conocido entre nosotros como Krizz Kaliko. Asimismo, Axel Rose, Mel Gibson y otros artistas populares se definen a sí mismos como bipolares.
Presentación
La ilusión de la transparencia

Sin duda, el alma humana necesita esferas en las que pueda estar en sí misma, sin la mirada del otro. (…) Una iluminación total la quemaría y provocaría una forma especial de síndrome psíquico de burn out. Solo la máquina es transparente.
Byung Chul Han

Dentro de nosotros hay una cosa que no tiene nombre. Esa cosa es lo que somos.
José Saramago

Este libro intenta realizar un análisis crítico del impacto que los aportes de las neurociencias producen en la vida diaria de chicos y jóvenes, de sus familias y de los profesionales de la salud y la educación que se ocupan de ellos.
Hasta el siglo diecinueve nadie se interesó demasiado por del cerebro, porque el corazón era considerado el órgano más misterioso. Según Han (2015), en Las confesiones Rousseau sostenía que era deseable tener un corazón cristalino. Esta expectativa de transparencia ha cambiado hace tiempo de órgano y se localiza ahora en el cerebro. Las neurociencias serían las encargadas de transparentarlo, como si de engranajes ocultos se tratara.
Esta pretensión es coherente con un clima de época reflejado en gran cantidad de libros y películas en donde se exalta la transparencia como modo de llamar la atención sobre un fenómeno que nos invade en la vida cotidiana. Lo que, como no podría ser de otra manera, repercute en el terreno del sufrimiento en la infancia, su comprensión y los tratamientos que se diseñan para paliarlo.
Los protagonistas de El círculo (Eggers, 2014), una megaempresa informática que propone una transparencia total de las vidas humanas (excepción hecha, por supuesto, de la de los fundadores y directivos de la misma) sentencian dogmáticamente: “Los secretos son mentiras” o “La privacidad es un robo”. Así, en ese mundo apenas ficcional, convertir la propia intimidad en espectáculo sería la mejor contribución individual a la felicidad de todos.
El extremo de esta demanda es la frase con la que Nothomb (2016) inicia su libro Ácido sulfúrico: “Llegó el momento en que el sufrimiento de los demás ya no les bastó: tuvieron que convertirlo en espectáculo”.
Las investigaciones y algunas de sus aplicaciones de las neurociencias realmente mejoran en lo específico la vida de mucha gente. Además, la perspectiva neurocientífica se introduce en muchos aspectos de nuestra vida cotidiana. Y lo hace a través de un lenguaje que se populariza de una manera hegemónica pero también simplificadora, a pesar de la innegable complejidad de nuestra materia gris. Porque esa pretensión de transparencia acerca de las bases biológicas de nuestra vida cotidiana y sus avatares nos lleva a cierto tipo de simplificación de explicaciones y aplicaciones.
Hace tiempo, el psicoanálisis ocupaba un lugar semejante al que hoy exhiben las neurociencias: el de querer explicarlo todo. Y a muchos de los que lo practicábamos, ese lugar nos resultaba excesivo e incómodo. Aquel despiste fue acertadamente denominado “psicoanalismo” por Castel (2010).
Ese ingenioso término cuestionaba la extensión indebida de los modos y método de la relación analítica, más allá de su ámbito de práctica e injerencia. Es decir, señalando el error de imponer su lógica en terrenos que tienen otras (el funcionamiento social, por ejemplo).
Esta actitud y proceder eran tremendamente contradictorios con aspectos centrales del psicoanálisis, porque se trata (o debería tratarse) de una práctica abierta a registrar los nuevos planteos científicos y filosóficos sobre lo incompleto de todos los saberes (más allá de sus pretensiones). Se trataba de evitar esa tentación que tiene una inocultable raíz religiosa de contener en un sistema explicativo todos los saberes necesarios para la vida. De tomar debidamente en serio este reconocimiento, el psicoanálisis no puede erigirse en dueño de las respuestas e interpretaciones de todos los fenómenos de la vida cultural, aunque pueda estar tentado de hacerlo. En cambio, si evita caer en ese desliz, puede aportar una perspectiva lúcida y acotada de muchos fenómenos de la vida humana.
Al parecer, con las neurociencias está ocurriendo un fenómeno parecido: cada vez explican más y más cosas. En este libro no pretendemos analizar en profundidad sus investigaciones o aportes, que son muchos y variados, pero sí su uso. Y abuso. Porque desde su privilegiado lugar iluminan aspectos desconocidos y fascinantes del funcionamiento cerebral y pueden ayudar a paliar sufrimientos. Pero desde esa legitimidad se han expandido desmesuradamente, hasta convertirse en una suerte de cosmovisión y clave omniexplicativa última de lo humano. Y cuando su discurso pasa de la ciencia a una especie de expansiva “neuromanía”, entonces nos enceguece a fuerza de encender luces.
Es ahí cuando las neurociencias se convierten en un juego de lenguaje(*1) que se desprende de su territorio de origen y se traspone en prácticas que, a su vez, se expanden por los territorios de la salud y la educación. Y que en muchos casos se traducen en normas legales o programas específicos.
George Steiner (2012) sostenía que no hablamos lenguas, sino que “hablamos mundos”. Los juegos de lenguaje de las neurociencias crean mundos, formas de vida respaldadas en supuestos compartidos. Ese mundo se encarna progresivamente como sentido común y, por ende, ideología. Se concretiza entonces en un modo de funcionamiento de las palabras a través de nombres impropios (ADHD, dislexia, espectro autista, bipolaridad infantil, oposicionismo desafiante) que organizan un juego de lenguaje donde esas palabras tienen un lugar de emplazamiento técnico. Las convierte en entidades, como si se tratara de las diferentes piezas de un engranaje.
Para este libro, la subjetividad se sustenta en la sustancia del cerebro, pero está hecha de tiempo. Un tiempo social incorporado y metamorfoseado en tiempo propio. Y, justamente, el tiempo posee la cualidad de que no se lo puede aprehender como objeto. Cuando la subjetividad es cosificada en sustancias como los neurotransmisores –que son su base biológica, pero no su causa–, cuando es codificada en siglas y números, entonces se la hace objeto. El costo de esa operación es convertirla en un ente que ha congelado el flujo del ser, de cada ser, en el tiempo.
Desde sus comienzos, las ciencias pretenden arribar a la matematización unívoca de sus desarrollos, lo que constituye un horizonte imprescindible para muchos de sus campos. Pero a esa lógica, basada en datos, trasladada sin más al abordaje de la subjetividad, se le pierde la singularidad. Y eso tiene consecuencias, algunas empobrecedoras:
El lenguaje transparente es una lengua formal, puramente marginal, operacional, que carece de toda ambivalencia. Aquel mundo que tan solo constara de informaciones y cuya circulación no perturbada se llamara comunicación, sería igual que una máquina. Ahí está la violencia de la transparencia. (…) La sociedad de la transparencia es un infierno de lo igual (Han, 2015).

La matematización conlleva esa expectativa de claridad y trasparencia, a diferencia de la narrativa humana, que es opaca. El problema se presenta cuando el juego de lenguaje de las ciencias procura imperar en los dominios subjetivos con la pretensión de homogeneizar lo heterogéneo. Entonces los modelos se confunden con lo que intentan representar. Tomemos los datos como ejemplo. Ellos se almacenan y pueden ser rescatados inalterados, pese al paso del tiempo. En cambio, la memoria humana está en permanente movimiento y reordenamiento. Nuestros recuerdos no permanecen iguales a sí mismos. Están vivos.
Las neurociencias, como parte de la sociedad de la información, la transparencia y la evidencia, pretenden convertir nuestros cerebros en un espectáculo viviente a través de neuroimágenes que permitirían transparentar su funcionamiento. Una suerte de “pornografía cerebral” (Han, ob. cit.) que mostraría sin pudores alguna verdad desnuda con nombre de molécula. Olvidando que las verdades que pudieran estar implicadas en los síntomas o el sufrimiento humano no pueden mostrarse y, más que expuestas, están “eróticamente veladas”, ocultas, encubiertas, atrapadas en conflictos o negatividades que lleva bastante trabajo des-ocultar. Y que, además, como luego desarrollaremos, esas neuroimágenes son constructos en los que se sobredimensiona y carga de sentido causal el mayor o menor consumo de glucosa de una célula.
La literatura no pretende resolver las problemáticas humanas, algo que sí cabe a las neurociencias. Sin embargo, ella puede contribuir notablemente a mejorar la calidad de nuestras preguntas. Me explico: en Fantasmas y pastillas (Vasen, 2005) expuse una perspectiva que, sin dejar de ser crítica con las hegemonías o autoritarismos de nuestro campo, era inclusiva. El “y” planteaba que los fantasmas podían intersectarse con las pastillas. Que toda producción imaginativa –consciente o no– perteneciente al campo narrativo tiene su soporte en la materialidad concreta de nuestro cerebro. Pero a la vez, que “soporte” no es “causa” y que no se trata de oponer fantasma a neurona, sino de ubicar el lugar y la lógica de cada uno de esos escenarios y despliegues.
En consonancia con lo dicho, Negroni desarrolla un rico planteo respecto a la poesía:
La poesía para mí es el grado máximo de la literatura, te abre las puertas a una experiencia con la ambigüedad, con lo ambivalente, con lo que no es unívoco. Eso es dificilísimo y es muy importante, porque en realidad en el resto del uso del lenguaje comunicativo en general uno se mueve con un lenguaje univalente. Yo te digo “la silla” y es la silla, no hay espacio ni posibilidad de que haya dos ideas contradictorias al mismo tiempo. Es así o es asá. La poesía y la literatura son el terreno del “y”. Es esto y es lo otro y es lo de más allá. Es fundamental que eso exista en la cultura. Esto empezaba por la poesía, pero va a la literatura y al arte en general, porque esos son espacios de resistencia, espacios naturalmente díscolos, que crean antídotos frente al autoritarismo. El autoritarismo es el pensamiento único, la palabra que no se puede discutir. El arte y la poesía son, casi te diría, una ejercitación; se ejercita en esta otra manera, que no es otra manera de escribir, es otra manera de ver el mundo (Negroni, 2016).

En el ámbito de las ciencias humanas, en el de las prácticas conjeturales y en el de la salud mental haríamos bien en mantener esa ejercitación del “y” que nos aleja de la solemnización de las palabras, una de las matrices del mundo del dogma.
Jacques Allain afirma que “todo pensamiento comienza por un poema” (Steiner, 2012). Esto es así porque la fantasía impulsa más allá de lo que permite la “máquina” (en nuestro caso, neurocientífica) de pensar pensamientos instituidos. Agamben (2010) lo enuncia de este modo: “La imaginación circunscribe un espacio en el que no pensamos todavía, donde el pensamiento se hace posible solo a través de la imposibilidad de pensar”.
Estas líneas intentan avanzar por ese camino de mejorar la calidad de nuestras preguntas, en relación con distintos temas en los que las neurociencias están involucradas. Y lo que pretenden es ofrecer una perspectiva crítica a ese expansionismo con el cuidado de no dejar de lado sus aportes beneficiosos, que deben ser aprovechados.
Desde la introducción, vamos a recorrer entonces el impacto de las neurociencias en la cotidianidad para ir centrándonos luego en las problemáticas de la “reprogramación” de la infancia y las temporalidades, para luego abordar una perspectiva filosófica y la impregnación de las neurociencias en el campo educativo. A partir de allí, recorreremos distintas situaciones específicas: las problemáticas la desatención, la de los mal llamados niños bipolares, el campo espectralizado del autismo y la reducción de los problemas de la escolarización al modelo de la dislexia. Y terminaremos hablando del tiempo que nos falta.
Este libro nace en medio de debates que se han dado no solo en escenarios académicos sino también legislativos, justamente porque las neurociencias se están configurando como una fuerza biopolítica, un nuevo biopsicopoder, y es por eso que los debates tienen lugar no solo en los laboratorios de experimentación o en las facultades, sino también en los parlamentos.
Algunos de los temas que aquí se recorren han sido abordados con anterioridad en otros libros. Lo que aquí se desarrolla es una actualización y revisión crítica de los aportes de las neurociencias a diversas problemáticas. Ellas tienden a formar parte de una cosmovisión tecnocrática, cuyo método sería la redefinición de toda problemática política, social, histórica o cultural en términos que permitan abordarla con una solución técnica. Por ejemplo, la multidimensionalidad de la desatención y la desmotivación de los alumnos se reduce al déficit de dopamina intracerebral y la solución, entonces, sería administrarla en gotas o comprimidos. Se llega, como veremos, a cierto tipo de verdades que, en general, asumen el nombre de un neurotransmisor o de un circuito afectado. Heidegger (1994) define que lo que nos amenaza de la técnica es que el hombre encandilado por sus verdades pueda estar negado a la posibilidad de lo que llama un desocultamiento más originario. Lo peligroso de la técnica es la sordera, el velamiento que esa misma técnica puede producir en nosotros ante otras dimensiones o ante otras verdades que no sean localizables solamente en los cerebros de las personas. Así es como la conciencia no puede pensarse como una función corporal. Siempre es conciencia de algo con lo que está en relación.
Hay una posible explicación filosófica para esta costumbre: como estamos abiertos a la incertidumbre del instante, como somos más clara u oscuramente conscientes de nuestra propia muerte futura, zambullirse en las cosas nos distrae y nos permite una evasión de las dificultades de la vida cotidiana.
Este flirtear con lo dado para no tener que soportar las dificultades de la existencia es muy significativo. Pues solo así se explica que al hombre mismo le guste considerarse como algo meramente dado, como una cosa entre las cosas, como una magnitud estática (Safranski, 2017).

Y yendo a lo que aquí nos convoca, Safranski define:
Eso explica también por qué aquellas ciencias que entienden al hombre como un sistema neuronal, como un agregado molecular o un relé social, en suma, que lo describen en términos del mundo de las cosas, gozan de tan alto prestigio y en cuestiones de verdad tienen casi una posición de monopolio. Frente a esto hemos de constatar que existir significa ser no un objeto, sino un ser que guía su vida en el tiempo (Safranski, ob. cit.).

Aunque en nuestra subjetividad haya “cosas” (y aquí estamos ante una metáfora) que no tienen nombre.
Es por estas razones que entendemos que muchas veces el predominio absolutizado de las neurociencias lleva a la producción de nuevos nombres impropios, de una verdadera epidemia de nombres impropios (Vasen, 2013), que hacen de nuestro ser un ente, o sea, una cosa. Desde este lugar intentamos no solo mejorar la calidad de nuestras preguntas, sino también ofrecer algunas propuestas. Esperemos que así ocurra.


Nota
1. Juegos de lenguaje y formas de vida son elaboraciones de Wittgenstein, que puso el acento en las palabras como actos, en el uso del lenguaje por encima de su significación. Más que la pregunta acerca de qué son las palabras, se interrogó cómo funcionan en este juego concreto de lenguaje. Ver Carmona (2015).

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