
Para
que ser padres sea más fácil... Ritalina®
Cartel en la ciudad de Los Ángeles
Parece
que tenemos un problema. En los últimos años, nuestras escuelas
se han poblado de un modo casi “epidémico” de niños que se distraen
con facilidad, se muestran desatentos y tienen dificultades respecto
de los aprendizajes formales. Niños inquietos, que presentan reacciones
impulsivas y obstáculos para aceptar las normas y reglas que las
situaciones del aula requieren.
Por
suerte, ya tenemos un nombre –una sigla, en verdad– para designar
a este trastorno: ADD2. Y “una” solución:
“la” solución. Algo que hace las cosas más fáciles sobre todo
para los padres, aunque también para los maestros. ¿Por qué preocuparse
entonces? ¿Por qué “meter mano” en los flamantes dominios en donde
reinan los nuevos ingenieros del alma? Si ellos lo están haciendo
tan bien... Si están logrando que “todo vaya mejor” con Ritalina®.
¿O acaso los chicos no se concentran más y mejor? ¿Por qué no
escuchar la demanda de los maestros que, a veces, piden a gritos
esa solución para acallar los gritos de sus alumnos? ¿Por qué
arruinar esa facilitación a la que finalmente los padres han accedido,
después de décadas de “escuelas para padres”, psicoanálisis y
doctores Spock? ¿Es nada más que una malsana envidia frente a
la píldora de la felicidad para la crianza y el aprendizaje?
¡Si
el “mundo feliz” está llegando de la mano de las ciencias, que
se empeñan en lograrlo con el mismo ahínco que los organizadores
del universo de Huxley3, en donde cada uno está genéticamente
predeterminado a ocupar un lugar, y lo esencial es que nadie se
salga de la norma! Y si algo falla, se cuenta con el soma, píldora
del bienestar de uso masivo. El lema dice que “un gramo de soma
quita al menos dos sentimientos desagradables”. ¿Por qué entonces
no sumarse a la fiesta?
Si
además parece que este modo de razonar va ganando adeptos. La
situación está siendo mayoritariamente considerada por profesionales,
docentes y buena parte de los medios de comunicación como un problema
de aprendizaje y comportamiento que responde a un déficit –de
atención, de concentración y, en última instancia, de dopamina–.
Claro que no hay evidencias nítidas de trastornos orgánicos, pero
¿por qué no considerar que estos niños tienen alteraciones, “disfunciones”
o “fallas en el balance”, en ese territorio que sería razón y
sustrato de todo: el cuerpo neurobiológicamente pensado?
Es
verdad que nadie se arriesga a constituir esto en una enfermedad,
y se lo clasifica como síndrome. Pero, ¡es tan fácil de detectar
que cualquiera puede hacerlo! Nada de consultas o procedimientos
tediosos. Ahora es el turno de los padres informados por Internet,
y de los maestros que “diagnostican” a través de cuestionarios
sencillos que los laboratorios medicinales les entregan gentil
y gratuitamente (tal vez no sean muy precisos, pero todo es tan
llevadero y tan moderno…). Además, las nuevas estrategias no se
preguntan tantas cosas como antes y apuntan a resolver el problema
rápidamente. Para ello están las técnicas de reeducación y los
medicamentos.
Hay
una nueva camada de profesionales de la salud mental que no duda.
Ellos saben que no hay marcadores genéticos probados ni medios
diagnósticos serios que demuestren afectación orgánica y, sin
embargo, en numerosas publicaciones científicas y de divulgación
afirman con temeridad –tan parecida a la valentía que resulta
convincente– que existe una dificultad; que estamos ante una “condición”
de carácter crónico, con bases biológicas y genéticas que la convierten
en hereditaria. Se ha ido desarrollando toda una subcultura y
una tecno-mitología en torno de la desatención y la inquietud,
de las dificultades escolares y hogareñas, los límites y las formas
de socialización de los chicos de hoy.4 Y parece que definir una
entidad “médica” –no importa con cuánta inconsistencia– aunque
no sea “grave”, como podría serlo la psicosis o el autismo en
la infancia, que permita que los padres desbordados puedan asociarse
y luchar por un lugar diferenciado para sus hijos y hallar en
un recurso farmacológico la respuesta, es como un bálsamo ante
el dolor, como un bote en la tempestad.
En
otro momento, la existencia en Argentina de miles de chicos (millones,
en el mundo) que producen tanto ruido en las aulas podía generar
interrogantes sobre la infancia actual o el sistema educativo.
Una verdadera pérdida de tiempo. Ahora, esos niños son considerados
pasibles de medicación o reeducación debido a ciertas fallas en
su programación biológica. He aquí entonces el alfa y el omega
que da cuenta de ese agrupamiento de síntomas que suele llamarse
déficit de atención.
Desde
esta perspectiva, con la certeza de lo que tienen –ADD– o, mejor
dicho, de lo que no tienen –dopamina– y con la seguridad de proveérsela
a través de medicamentos adecuados, ¿por qué, para qué detenerse
y perder tiempo en lo que les pasa a esos chicos?
Entonces
el problema ya no es nuestro –de los adultos, los padres y los
maestros–: es de los niños. No hay por qué preocuparse ni responsabilizarse
por analizar, pensar o cambiar en algo el mundo que les proponemos
y los medios para que se integren a él. Menos mal… Son ellos los
que padecen porque no se adaptan, no aprenden, no se integran,
no rinden. Por suerte hay un remedio. Ahora es más fácil.
¿Y
si no es así? ¿Y si sufren y padecen de otras cosas? ¿Si están
acelerados, dispersos y desbordados por cuestiones que no encuentran
su fundamento en la neuroquímica de sus cerebros, aunque la implique?
Porque el hecho de que nuestro órgano del pensar sea sede y base
molecular de todos los procesos cognitivos y afectivos no implica
que allí haya que buscar sus causas. Confundiendo las cosas: no
es el cerebro el que piensa, es el niño. ¿Qué clase de atención
prestamos a esto? Una atención cuantitativa, porque estamos pensando
en términos de déficit. Y soslayamos así los matices cualitativos.
¿Adónde va, qué hacen los niños con la atención que no nos prestan?
Este
libro, heredero de Post-mocositos5 y de Fantasmas y pastillas6
pretende llamar la atención sobre otras cosas. En principio, sobre
los chicos de hoy. Sobre su realidad y sobre los discursos que
pretendan dar cuenta de ella. Y sobre cómo esto que aparece con
la certeza de un rótulo y la comodidad de una solución técnica
–una pastilla– es síntoma de una época que no puede prestarse
atención, que no puede pensarse a sí misma. Porque en la modernidad
se hablaba de infancia, pero poco a poco el término se pluralizó
y comenzó a nombrarse y escribirse como “infancias”. Actualmente
nos referimos a los “niños de hoy”. Niños que, según describe
acertadamente Sandra Carli, “crecieron en un escenario de profunda
mutación y se convirtieron en testigos y muchas veces en víctimas
de la desaparición de formas de vida, pautas de socialización
y políticas de crianza”.7
Preguntarnos
entonces por la infancia –y muy especialmente por sus problemáticas–
permite profundizar en procesos históricos que inciden en las
modalidades del lazo social que entablamos, esto es, las maneras
en que nos vinculamos, pensamos y compartimos la vida.
Por
eso acierta Gustavo Stiglitz cuando afirma que instalar este debate
“no atañe solamente a un tipo de malestar sino a toda la clínica
y, más aún, a una forma de vida”.8 Pensar
las problemáticas de la subjetivación y la formación educativa
como un déficit de ciertas funciones o como un problema de aprendizaje
es incurrir en un doble reduccionismo. Ni la atención está en
déficit –sino que inviste otros objetos y personajes significativos
en la vida de los niños–, ni la problemática educativa puede cargarse
como dificultad personal en el aprendizaje, sobre los hombros
de quien trabajosamente abre su sensibilidad y su pensamiento
a un mundo nuevo de saberes. En ambos casos se pierde de vista
la complejidad de las vicisitudes por las que un sujeto se apropia
–y es apropiado, a su vez– de una época, un linaje y una lengua.
Y la responsabilidad social que nos cabe como adultos que producimos
y reproducimos el mundo que los recibe.
Es
decir que incurrimos en un reduccionismo y una irresponsabilidad.
El recorrido que aquí se propone pretende contribuir a desmontar
un andamiaje tecnocrático, bio-reduccionista y mercadotécnico
que instituye un “síndrome” de la infancia, sus causas y soluciones.
Las
sociedades tecnocráticas se caracterizan por reducir las prácticas
sociales complejas –como criar, educar, diagnosticar y curar–
a procedimientos técnicos. Los libros de autoayuda aportan entonces
técnicas de crianza; reducen lo complejo e interactivo de la educación
a un problema de aprendizaje; el espesor de un proceso diagnóstico
al ingreso en una grilla clasificatoria, y la cura a técnicas
de reeducación o a la administración acrítica de un producto de
la técnica como es un psicofármaco Y tecnocrática, además, porque
los psicofármacos parecen la vanguardia de una reformulación de
lo humano donde la “interioridad” queda desplazada por la reprogramación
de las conductas exteriores en pos de una plusvalía de goce y
una eficiencia cognitiva.
Lo mercadotécnico se basa en que el incremento de la venta de
psicofármacos, la naturalización de su presencia en la vida cotidiana,
lo sugestivo y convincente de su publicidad abierta y lo eficaz,
y de la seducción ejercida sobre los profesionales del llamado
campo “psi” constituyen un fenómeno, no sólo de ventas, sino de
replanteo de la forma en que pensamos la vida y sus tribulaciones.
Por
esto decimos que la atención no está en déficit. Lo que ocurre
es que no está disponible; está enfocada en otros intereses y
objetos cuya investidura la atrae. Y por eso no se presta: porque
se presta a quien se sabe de antemano que va a devolver. Tal vez
la escuela no devuelve bien esos préstamos.
Y
nos referimos al problema como el “mal llamado ADD” porque es
cierto que hay un “mal”: hay muchos chicos y jóvenes, padres y
maestros que están “mal”. Pero ese “mal-estar” no es llamado como
corresponde. Nunca puede ser una sigla desconectada de los bullicios
y sinsabores de la vida y de la época.
El
plan del libro
El
capítulo 1, Niños, padres y maestros hoy, pretende ser un aporte
a un pensamiento sobre las modalidades actuales de criar y educar.
Prácticas de crianza, formación y cuidado determinantes y a la
vez determinadas desde el marco de la época. Prácticas que desde
un paradigma tecnocrático tienden a reducirse a técnicas. El “piso”
de estas prácticas fundantes de la subjetividad no ha sido el
mismo a lo largo de la historia. Y ahora parece que se mueve…
El
capítulo 2, ¿Diagnosticar o clasificar?, propone pensar a la primera
como una práctica que implica ir más allá de las descripciones
o de los agrupamientos sintomáticos y que supone que hay en juego
verdades por develar. Clasificar, en cambio, es una técnica que
se guía por lo aparente y agrupa en serie llegando a lo sumo a
la particularidad. Diagnosticar ubica los efectos como síntomas
en donde se ha jugado una singularidad.
El
capítulo 3, La impropiedad de lo propio, aborda críticamente la
modalidad extensiva que pretende rescatar la categoría ADD. De
resultas de esto se intenta poner “fuera” de la pureza de un cuadro
lo que muchas veces está dentro, generando anexos llamados co-morbilidades
para preservarla de su estallido. Así, los bordes con las psicosis
infantiles, con los cuadros de desorganización conductual no-psicóticos
y con la neurosis misma son parte de lo que se pretende expurgar
para apelar al recorte y la medicación.
El
capítulo 4, Atención, investidura y escuela, plantea que la atención
no es sólo una función sino el efecto de una investidura libidinal
sobre objetos o personajes; éstos recibirán “prestada” esa atención
si tienen la investidura necesaria para ser interesantes. Interés
deriva de inter esse, lo que se hace entre varios. Y cada cual
presta de acuerdo a su interés. En inglés (más pragmático) la
atención se “paga” (to pay attention). Y sólo se presta o se paga
de acuerdo a lo que se reciba en retribución. Para que un personaje
resulte confiable en cuanto a lo que retribuirá debe estar investido.
Esto no pasa, en general, con el lugar actual de los maestros.
Ante la autoridad cabe el sometimiento o la rebeldía. Ante el
vacío, el aburrimiento y el pasaje al acto. No olvidemos que la
raíz alemana de aburrimiento es langweile, que significa larga
espera. Demasiado larga para muchos chicos…
El
capítulo 5, Movimiento y aburrimiento, plantea que la movilidad
“excesiva” no debería ser evaluada sólo desde el punto de vista
cuantitativo –de cuánta molestia genera– sino desde una aproximación
cualitativa, que registre los modos de “inervación” no sólo neurológicos
sino fantasmáticos de una corporalidad ya no regulada desde los
instintos animales o desde la racionalidad, sino desde las pasiones
humanas. Pasión y movimiento son primas hermanas etimológicas.
Desde esta perspectiva, se analizan los límites en la posibilidad
de trasponer a un plano simbólico ese plus de excitación que,
de lo contrario, se convierte en actividad descontrolada.
El
capítulo 6, Infancia y consumo, retoma esta matriz hegemónica
del lazo social y sus implicancias sobre los modos de apropiación
y valorización de objetos y saberes. Toda una cultura de lo “descartable”.
En
el capítulo 7, La re-programación de la infancia, exponemos el
contexto de época y consideraciones biopolíticas que hacen a la
modalidad de abordaje social de la problemática de la desatención
en la infancia por parte de la tecnociencia actual. Biopoder y
lógica del consumo se articulan para corregir las pequeñas fallas
de programación de los niños de hoy, para reproyectarlos y tornarlos
más compatibles con las máquinas digitales de la época.
El
capítulo 8, ¿Administrar o intervenir?, se interroga sobre los
alcances y límites de una intervención psicofarmacológica. Se
consideran los empobrecimientos de un modo de considerar el problema
desde la óptica de la biología contraponiendo criterios de medicación
con los abusos de la medicalización.
El
capítulo 9, Cuando no hay otro remedio, cuestiona la asociación
entre “una enfermedad-un remedio” y describe los graves riesgos
del empleo de estimulantes en la infancia.
El
capítulo 10, El diablo en el cuerpo, expone un caso clínico que
resulta paradigmático de las problemáticas diagnósticas y plantea
un modo de aproximación psicoanalítico a una niña que sufre.
El
capítulo 11, ¿Discapacitar o ciudadanizar?, plantea el problema
de padres, maestros y laboratorios que llegan a unir sus voces
en proyectos –muchas veces descarrilados– que intentan convertir
el ADD en una discapacidad. Parasitados por concepciones biologistas
y por intereses mercadotécnicos, estos proyectos –que incluso
alcanzan el rango legislativo– deben ser revisados a la luz de
otras concepciones que incluyan la responsabilidad de los sujetos
como eje vertebrador.
Este
libro debe mucho a un grupo de colegas con los que constituimos
ForumADD y con quienes compartimos la preocupación de llevar adelante
cotidianamente una práctica profesional guiada por parámetros
éticos que es crítica con los análisis superficiales y las soluciones
fáciles. Quiero resaltar aquí el enriquecedor debate y cálido
acompañamiento que he recibido de Beatriz Janin, Gabriela Dueñas,
León Benasayag, Ronnie Kremenchusky, Marisa Rodulfo, Rosa Silver,
Mabel Rodríguez Ponte, Gisella Untoiglich, Silvia Morici, Elsa
Kahansky, Osvaldo Frizzera y Mario Brotsky. En segundo lugar,
el aporte de muchos colegas que a la distancia y alrededor del
mundo comparten nuestra preocupación: Thomas Armstrong –iniciador
en USA de un movimiento y debate cuestionador del bio-reduccionismo
que significa el ADD–; el grupo de colegas Giu le mani dai bambini;
los colegas franceses que se han opuesto tenazmente a la llamada
ley de los “ladrones de cubos”.
En
este libro se encuentran las voces de Ignacio Lewkowicz, Cristina
Corea, Paula Sibilia, Zygmount Bauman y muchos otros intelectuales
preocupados por el devenir actual de la tecnocratización de la
infancia.
Y,
finalmente, quiero agradecer a Quino, que con su proverbial agudeza
relata el conflicto de Felipe quien sentado en su pupitre se repite
que debe prestar atención a su maestra.
Juan
Vasen