“Cuantos
más argumentos acompañan mi postulado, tanto más me alejo de la
verdad, ya que participo de un juego del lenguaje cuyos componentes
son todos contrarios a la verdad, me muevo en un sistema de ideas
que lo falsea todo.”
Imre Kertész, Yo, otro
Aquello que Paideia o educación (creíamos que) era y (creemos
que) es*
Da la sensación
que, desde el momento en que la educación se ha vuelto consciente
de sí misma –y que nos ha hecho conscientes de ella, también,
a nosotros mismos– y desde el momento en que surge y se explicita
todo un aparato institucional, toda una idea de disciplina en
apariencia autónoma, todo un dispositivo técnico, toda una formación
de especialistas/expertos y toda una elaboración de cierto tipo
de textos y literatura especializados, no ha habido mucho más
en la educación que una permanente y desesperada búsqueda para
argumentar la educación y para argumentar en educación.
Así, la educación se nos ha vuelto un sinónimo de argumentar la
educación.
Parece ser que de lo que se ha tratado y se trata es de plantear
la cuestión de cómo se deberían elaborar argumentos cada vez más
sofisticados, justificaciones cada día más precisas para el quehacer
educativo, motivos siempre fundacionales, fundamentos irreprochables,
soportes, tendencias rectoras, directrices, estructuras monolíticas,
firmes utilidades, etc., para hacer que la educación sea lo que
creemos que es, lo que creemos que debería ser, lo que nos parece
que deberíamos ser, nosotros mismos, en la educación.
Decir: “que la educación sirva” (para algo, para alguien) puede
ser, justamente, el principal argumento de todos los argumentos
de la educación. Veamos, si no, cómo se han ido configurando y
fijando ciertas ideas acerca de la utilidad (y, entonces, de la
utilización) y de la finalidad de la educación: que la educación
sirva/sirve para transformar un seudo-sujeto irracional en sujeto
plenamente racional; para que la infancia deje de ser una edad
tan sólo transitoria y de algún modo innecesaria e indeseable
en sí misma; para dotar a los individuos de civilización-civilidad
y, entonces, de ciudadanía; para hacer pasar una mente de un pensamiento
ingenuo a un pensamiento de abstracción; para una futura e hipotética
participación de un más que ficcional mundo de trabajo; para producir
personas, grupos y comunidades cada vez más solidarias, más responsables,
más tolerantes; para que sus miembros puedan entrar, sin más,
en el mundo de la escritura (de cierto tipo de escritura); para
transformarnos en sujetos de derecho; apaciguar y/o borrar las
desigualdades sociales, económicas, culturales, lingüísticas,
etc.; para prevenir conflictos raciales, de clase social, en fin
de identidad, etc.; para ejercer y generar distintos tipos de
valores morales, esto es, implantar una suerte de ética pedagógica
acerca del bien y del mal, y que la educación sirva/sirve para
quitar a los niños y a las niñas del ámbito supuestamente maléfico
y malicioso de las calles, etcétera.
Quizá el siguiente texto de Joan-Carles Mèlich sirva como esbozo
inicial para ponerse a pensar en el dilema y en la diferencia
entre la intencionalidad y la no-intencionalidad en educación.
“La educación
no intencional es una acción en la que, en principio, nada se
conoce, nada se pretende ni se busca. Una educación no intencional
es aprender a perderse en una ciudad como quien se pierde en el
bosque. Una educación no intencional es una educación en la que
el yo ha depuesto su soberanía; es una educación ética, una educación
en la que el yo es absolutamente responsable del otro. No significa
esto una responsabilidad a favor del otro, sino una responsabilidad
en la que se responde del otro […]. El lenguaje se expresa desde
lo alto y esta ‘altura’ es la enseñanza. La enseñanza ‘enseña’
lo infinito, la exterioridad, la ética […]. La educación intencional
enseña algo que ya se sabía. No hay sorpresas. A la educación
intencional no le preocupa demasiado si necesita de la retórica
para alcanzar sus finalidades. Lo importante es precisamente esto:
la finalidad. Por eso, la educación intencional es un camino de
ida y vuelta, es una vía hacia un lugar bien conocido. La alteridad
y la exterioridad quedan incorporadas en la inmanencia […] En
la educación intencional, el futuro está determinado por el presente.
La educación intencional es mayéutica. Autosuficiencia. Orgullo.
Orgullo del maestro y de la escuela. Arrogancia de la conciencia
que ordena, dirige, controla, programa y evalúa. Satisfacción
plena.” 2
Está
claro que podríamos seguir enumerando argumentos de utilidad y
finalidad hasta el hartazgo. Está claro, además, que esos argumentos
se han ido naturalizando con el decorrer de la temporalidad educativa
hasta volverse ideas casi implícitas e inviolables del porqué
y del quehacer educativo. Pero está claro, además, al menos para
algunos de nosotros, que hay algo de insoportable en esa enumeración,
algo que nos causa una enorme fatiga y un intenso hartazgo en
esa enunciación, algo que nos resulta decididamente estereotipado
en esa iteración, algo que nos deja del todo perplejos en esa
argumentación.
*Extracto
del Capítulo 1, "Argumentos
y desierto de argumentos en educación".