Presentación del libro "La escuela media en la sociedad del conocimiento", de Claudia Romero
Palabras de Carlos Cullen*
Presentar
un libro es siempre una ocasión para celebrar, casi ritualmente,
este eterno retorno de lo mismo, que no es lo igual: los hombres
tratando de descifrar, con tanteos creativos, ese texto siempre
huidizo que, quizás por comodidad, llamamos la realidad que
nos toca vivir. Celebro la aparición de este libro, porque
es un nuevo sendero que se bifurca, en este laberinto de la biblioteca
infinita, donde un texto remite a otro texto, y va tejiendo una
nueva trama en la fascinante historia del deseo de saber, que testimonia
siempre la resistencia pertinaz a naturalizar lo que acontece, a
cerrar la comprensión, a agotar la pregunta. De ahora en
más, y gracias a este inteligente esfuerzo de Claudia Romero,
tenemos un hilo más para seguir buscando sentidos en el laberinto
del milenario esfuerzo por ser, que nos caracteriza. Como dice,
G.Steiner: nuestro destino es abrir puertas, aun cuando no conduzcan
–aparentemente- a ninguna parte. Condenso, entonces, y en
forma más simple, el qué celebro en esta presentación:
celebro la resistencia inteligente frente a todo intento de naturalizar
lo que nos pasa, y celebro, entonces, que este libro, como diría
Spinoza, aumente en nosotros la potencia de actuar, único
antídoto frente a las cepas siempre renovadas de ese virus,
siempre acechante, que se expresa como: “ a esto no lo cambia
nadie”, “nada podemos hacer”. Justamente la señal
que tenemos del aumento de nuestra potencia de actuar, dice el mismo
Spinoza, es la alegría. Leer este libro, justamente, produce
alegría, es decir, aumenta nuestra condición de agentes,
porque podemos entender mejor lo que pasa, y transformarlo, justamente,
de algo que nos pasa, en algo que hacemos o podemos hacer. Es decir,
en responsabilidad.
Pero presentar un libro es, también, decir algo de qué
trata. La autora intenta abordar la problemática de la escuela
media, y lo hace, precisamente, tratando de mostrar que es posible
entender su crisis y que hay alternativas posibles. El libro tiene
una primera parte, donde se intenta ver qué pasa con la escuela
en los tiempos que corren, caracterizados como “sociedad del
conocimiento”, qué modelos tenemos para pensar el cambio
educativo, y en qué sentido la escuela media puede convertirse
en una comunidad de enseñanza y aprendizaje. Esta primer
parte es más un intento de construir un marco teórico,
relacionando perspectivas diversas, para poder pensar alternativas
para trabajar la escuela media. Con buen sentido de focalización
del problema principal, se acompaña cada capítulo
con una referencia explícita a lo que pasa en la escuela
media, convocando, para esto, a diversos autores y trabajos particulares.
La segunda parte, “aportes para la reflexión y la práctica”,
consta de dos capítulos, uno sobre la gestión escolar
como gestión del conocimiento, y otro sobre la necesidad
de convertir la escuela misma en proyecto, dando algunas claves
de relectura del tan mentado tema de los proyectos institucionales.
Esta segunda parte está fuertemente atravesada por herramientas
e instrumentos de trabajo, ciertamente operativos y creativos, para
poder ir dando pasos concretos en la transformación de la
escuela media.
Finalmente, además de celebrar y decir de qué se trata,
presentar un libro es, también, una buena ocasión
para hacer alguna reflexión, como parte de la celebración,
y como elección de lo que parece ser el núcleo conceptual
de la obra. La haré en dos momentos.
Primero, sugerir una lectura del título del libro: “La
escuela media en la sociedad del conocimiento”. Les propongo
pensar un momento leyendo “media”, no como un adjetivo,
que define un nivel educativo diferente del inicial, el primario
y el superior (que también lo es, obviamente), sino como
un verbo, mediar, que nos pone, creo, ante el problema central de
la escuela. La escuela media en la sociedad del conocimiento, es
decir, pone en movimiento, niega las naturalizaciones, produce subjetividad,
en la sociedad del conocimiento. Justamente de eso se trata, de
mediar, negando la apariencia de mero dato natural inmediato de
lo que quiere decir sociedad del conocimiento, y produciendo, entonces,
subjetividad teórica y práctica, que actúa
libre y responsablemente, y no meramente que padece, como si fuera
algo puramente exterior, los efectos de una pretendida sociedad
del conocimiento, que está ahí, como cosa, o como
mero dato inmediato. Pensar este carácter mediador de la
escuela, donde el mero resultado se convierte en proceso, donde
lo meramente dado se convierte en propuesta, es, quizás,
uno de los pilares que encuentro en este libro. Si mi hipótesis
es válida, me animo a decir que podemos encontrar en la obra
buenos argumentos, para desarmar la falacia de confundir información
con conocimiento (o confundir la sociedad del conocimiento meramente
con la sociedad de la información), y, sobre todo, para entender
que ni la sociedad del trabajo ni la sociedad del conocimiento pueden
quedar atrapadas en el fetichismo de la mercancía. La sociedad
del conocimiento, en este sentido, no quiere decir que el conocimiento
es ahora “valor de mercado”, quiere decir, por el contrario,
que hoy, más que nunca, el conocimiento es necesariamente
un valor ético-político, un constitutivo esencial
de la idea de justicia. Que la escuela “media” en la
sociedad del conocimiento quiere decir que recuerda y proyecta que
una sociedad del conocimiento no puede ser sino una sociedad justa,
porque es una sociedad que produce sujetos que actúan más
autónomamente, más responsablemente y con mayor cuidado
del otro.
Segundo momento de mi reflexión. Este libro intenta argumentar
sobre la necesidad de entender la escuela media (y la escuela en
general) como “gestión del conocimiento”. La
autora se esfuerza en de-construir el sentido tecnocrático
con que se inviste y reviste muchas veces las cuestión de
la gestión institucional, importando modelos que provienen
de la sociedad del mercado. Gestionar el conocimiento es otra cosa.
Por de pronto, y como sugiere la etimología misma del verbo
gestionar, es desear ardientemente conocer y, en este sentido, proponerse
explícitamente no bloquear el deseo de saber, condición
básica de cualquier tipo de aprendizaje, y que genera una
verdadera lucha por el reconocimiento de este deseo de saber, constituyendo
una comunidad de aprendizaje, democrática y democratizante,
como repite la autora. Pero además, de entender la gestión
del conocimiento desde el deseo de saber, también se trata
de poner en juego el poder aprender y enseñar. Esta es, precisamente,
la dimensión política de la gestión del conocimiento.
Sin duda que aquí se cruzan varias cuestiones, desde la selección
de contenidos y estrategias, pasando por la formación docente,
y llegando a estrategias concretas de trabajo con el conocimiento,
y de evaluación de los proyectos y los intentos. Importa,
sin embargo remarcar, fuertemente, en este punto de entender la
gestión del conocimiento como una cuestión de poder
enseñar y aprender, que para poder “gestionar”
el conocimiento tenemos que aprender a “gestarlo”, y
para poder “gestarlo” tenemos que aprender a encontrarnos
desde la potencia de actuar. Es que el conocimiento tiene todo lo
azaroso de lo “gestado” y todo lo heroico de la “gesta”.
“La
escuela media en la sociedad del conocimiento” es una apuesta
a producir sujetos con potencia de actuar, es decir, alegres, y
es una apuesta a comprender la misma cultura, como decía
Rodolfo Kusch, como gesta y no como cosa o mera transmisión.
En este sentido es una apuesta a ampliar “el tamaño
de la esperanza”.
* Carlos Cullen es profesor Asociado de Ética, carrera de Filosofía, y de Filosofía de la Educación, carrera de Ciencias de la Educación, Facultad de Filosofía y Letras (UBA). Profesor Titular de Problemas Filosóficos en Psicología, Facultad de Psicología (UBA). Profesor de las maestrías de Ética Aplicada (Facultad de Filosofía y Letras, UBA) y de Educación (UNER).
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