

La familia, a pesar de todo
Eva Giberti
La
diversidad de experiencias protagonizadas por los seres humanos,
que durante siglos se agruparon según una modalidad que
se denominó familia, es lo suficientemente compleja como
para estudiarla desde múltiples perspectivas. El hecho
es conocido y aceptado por las distintas disciplinas, y la historia
social, que se consideraba la tradicional vigía del tema,
hoy no se limita a la recolección de datos y documentos
que proponen evidencias, sino que explora el surgimiento y el
modo de procesar esas diferencias. Vivimos y estudiamos una historia
que se caracteriza por su intermitencia y sus arritmias, si se
la compara con los análisis lineales y direccionales que
caracterizaban la metodología que en épocas anteriores
se utilizaba para recorrerla e interpretarla. Los cambios en los
que se consideraban los sentidos de la historia han fragmentado
la orientación de los análisis, particularmente
en lo que remite al surgimiento de temas que habían sido
omitidos, invisibilizados por los textos que los historiadores
prepararon. La irrupción de los derechos de las poblaciones
excluidas debido a su etnia y/o a su pobreza, así como
la presencia activa de las mujeres en situaciones y organizaciones
económicas (marginada en los documentos que se pretendieron
reflejos de la realidad), temas leídos y estudiados desde
el marco de la complejidad, incorporan esa intermitencia que ahora
conduce a registrar otra historia: la que actualmente se transita
apurando sentidos nuevos y deconstruyendo las interpretaciones
de lo aprendido. Lo cual genera malestares y oposiciones que nos
conducen a rechazar aquello que otrora se dictaminó como
aceptable, repudio que actualmente parte desde nuestros propios
otros sentidos. Esos otros sentidos están cercanos a las
asignaciones políticas de donde emergen y mediante los
cuales pretendemos transformar el mundo. O sea, caminar más
allá de lo propuesto y de lo ya transitado.
La creciente complejidad social del panorama argentino sugiere
un análisis, descripciones e interpretaciones, que incluyan
los intereses expresados por los alumnos de la Maestría.
Esta autorreferencia fue imprescindible en la selección
de los temas que se desarrollan en este volumen. Será a
partir de esos intereses entramados con las áreas disciplinares
de la Maestría y con mis convicciones, dudas y reflexiones,
que se diseñaron los conocimientos que este libro expone,
y que implican la construcción de una realidad representada
por quienes, mediante significaciones, discursos y dispositivos
técnico-teóricos, formamos parte de las organizaciones
familiares que describimos. Práctica compleja si se tiene
en cuenta que el conocimiento apunta al objeto de estudio, del
cual provenimos y formalizamos en la propia familia. Sujetos del
enunciado y sujetos de la enunciación, este objeto que
se conceptualiza como organizaciones familiares nos exige tomar
distancia y, paradojalmente, sumergirnos en las experiencias propias
y de personas cercanas.
En paralelo, los sujetos que construyen conocimientos forman parte
de los entornos en los que las organizaciones familiares desenvuelven
sus opciones y sus proyectos, de manera que esos sujetos precisan
contar con su autonomía intelectual para crear e inventar
sus propias conclusiones y sus tesis y a resignificar lo aprendido.
En este volumen se apela reiteradamente a la complejidad del pensamiento,
capaz de coadyuvar no sólo en la creación de conocimientos,
sino en la creación del sujeto que habrá de formularlo.
El texto arriesgará generalizar (como si fuese posible
referirse a cambios, modificaciones en los comportamientos de
los miembros de las organizaciones familiares), sin discernir
si se trata de familias urbanas o rurales, o cualquier otra identificación.
Apelaré a la eficacia de una creencia popular: ”cuando
se habla de familia, todo el mundo entiende de qué se trata”,
asumiendo el riesgo, puesto que no sabemos qué quiere decir
“todo el mundo”, expresión lo suficientemente
abarcativa como para carecer de consistencia; además, desconocemos
el sentido que se le otorga a “entiende”. Dicha ambigüedad
es la que le imprime fuerza a esa creencia que se jerarquiza como
una suposición aceptada de consuno.
Los documentos informan acerca de modelos de convivencia que el
imaginario social de las clases medias urbanas suponía
adscriptos a cambios inaugurales protagonizados recientemente
en el ámbito de las relaciones intrafamiliares. Tal creencia
resultaba del desconocimiento de otras formas de vida o estilos
familiares mantenidos en penumbra por la información periodística.
El narcisismo de clase, que tiende a centralizar en las propias
experiencias los códigos que se supone deben regir in omnia
mundi, condujo a eludir el conocimiento de las variedades convivenciales
que pueblan, no diría el planeta, pero sí las vecindades.
La cronicidad del pensamiento indiferente acerca de lo que otros
seres humanos hacen con sus organizaciones familiares, como parte
de la vida social compartida, podría depender de la consideración
hacia esas personas / otras clasificadas como inferiores.
Ese narcisismo, socializado por las pulsiones de apropiación
que conducen a incorporar -lo más velozmente posible- las
corrientes culturales que emergen desde Estados Unidos o Europa,
autoriza a los diversos sectores de las diferentes clases sociales
a “modernizarse”, a ”estar de onda”, copiando
modas y costumbres cuya inspiración no provenía
de las pautas convencionales aprendidas en sus propias familias.
Pero esas corrientes culturales trajeron consigo las informaciones
provenientes de los nuevos movimientos sociales, de las minorías
sexuales, de los movimientos de mujeres y de los grupos indígenas
que jaquearon y jaquean constantemente la realidad conocida. En
la Argentina, además de la visibilización de estas
presencias, existentes de antaño y omitidas por las lecturas
del pensamiento hegemónico, se sumaron las novedades de
las asambleas barriales, de las fábricas recuperadas asociadas
con los organismos de derechos humanos, así como la expansión
de los agrupamientos piqueteros y de trabajadores desocupados.
Todos estos surgimientos indican el incremento de la capacidad
reflexiva y autonutriente de estas presencias paulatinamente organizadas.
Procuré tantear los horizontes que, invisibles, acompañan
a las familias mientras ellas se construyen acumulando experiencias,
necesidades y proyectos. Los horizontes, como fronteras entre
lo deseado y lo posible, siempre están presentes, aunque
sólo existen para quienes los convocan con la mirada o
la metáfora. En este libro, la mirada que surge de una
disciplina psicológica y de una época atropelladora
y cambiante será inevitable y venturosamente subjetiva.
Diferentes de los horizontes invisibles, las cronologías
que constituyen un referente metodológicamente obligado
ordenan los hechos, hilvanando un recorrido que no garantiza la
certeza acerca de cómo transcurrieron las historias de
quienes se conglomeraron en las organizaciones familiares. El
tiempo cronológico, estricto, material, políticamente
correcto en todas las épocas, debe detenerse para que resulte
posible atrapar el segmento ordenador que permita interpretar
las historias. Tal como lo escribió Shakespeare: “El
pensamiento, siervo de la vida, y la vida, juguete del tiempo,
y el tiempo, que rige el mundo entero, deben detenerse”.
El pensamiento, la vida y el tiempo deben detenerse, coagulados
en documentos y testimonios que nos conduzcan a recrear lo que
se tornó antiguo y memorioso. A partir de estas pausas,
compaginamos nuestros horizontes con los relatos de aquellos que
construyeron sus vidas, sus pensamientos y la dimensión
relativa de su tiempo, mientras preparaban, sin saberlo, su relación
con nosotros, “sobre el borde de estar-en-común”.
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