En los últimos
años mucho se ha dicho y escrito sobre integración
escolar. Sin embargo, quienes trabajamos día tras día
en alguna instancia del sistema educativo sabemos que el debate
no está agotado. Más aún, al implicarse cada
vez más actores e instituciones, la discusión se
enriquece.
El material incluido en este volumen ofrece al lector tanto relatos
de experiencias como reflexiones teóricas que ponen en
tensión los conceptos básicos vinculados con la
problemática de la integración cuando son puestos
a jugar en el marco concreto de la institución escolar
con sus tradiciones, su dinámica cotidiana, sus modos de
enseñar y de evaluar lo enseñado.
Hablar sobre la integración escolar es hablar de la necesidad
de entender que un niño escolarizado debe ser considerado
un alumno del sistema educativo en su conjunto. Es hablar de la
responsabilidad que ese sistema tiene respecto de cada uno de
sus alumnos, sea en la escuela común o en la escuela especial.
Desde esta perspectiva, el objetivo fundamental es que aprenda,
que se apropie de aquellos contenidos que se definieron como ejes
a partir de los cuales se desarrolla toda práctica de enseñanza.
Asumir esta responsabilidad implica, en los casos de niños
con necesidades educativas especiales, la necesidad de evaluar
cuáles son las mejores condiciones que permitan cumplir
el objetivo fundamental de todo proyecto educativo. Las diferentes
experiencias presentadas a lo largo del libro dan cuenta de las
estrategias desplegadas por diferentes instituciones para desarrollar
proyectos de integración que conjuguen los modos particulares
de apropiación del conocimiento de cada uno de los alumnos
con la modalidad particular de organización institucional
en la cual los niños son escolarizados.
En los capítulos 2 y 3, Marta Sipes despliega la tensión
que se presenta en todo proyecto de integración escolar
entre las condiciones de los sujetos y las condiciones pedagógicas
adecuadas. Con relación al primer término, se plantea
la necesidad de analizar el concepto de necesidades educativas
especiales. Afirma la autora que “el adjetivo ‘especiales’
hace referencia a las necesidades educativas y no a los atributos
de los niños. Sin embargo, puede hacerse recaer la cualidad
sobre los niños en lugar de aplicarse sobre sus peculiares
modalidades de adquirir conocimientos. Es absolutamente diferente
pensar que un niño es especial, que pensar que sus necesidades
educativas son especiales. Es confundir sustancia con condición.
Un niño es siempre un niño, más allá
de sus particulares modos de aprender. Y es en su condición
de alumno que adquieren relevancia las necesidades educativas
especiales”.
Del mismo modo, plantea la necesidad de considerar los presupuestos
de los docentes acerca del modo en que aprenden sus alumnos y
qué significa desde esa posición que un alumno tenga
“dificultades para aprender”. Esta pregunta remite
directamente a la pregunta por la inteligencia, y las respuestas
que surjan estarán determinando si el proceso de enseñanza
avanza hacia lo posible o se instala en el límite del “no
puede” o “no le da”.
A continuación, en el capítulo 4, María del
Carmen Campos da cuenta de los diferentes tipos de estrategias
se despliegan en un sistema educativo, en este caso público,
para garantizar el derecho a la educación de todos los
niños y adolescentes, aun en los casos donde la dificultad
está puesta en un obstáculo que les impide concurrir
a la escuela por un tiempo prolongado. Nuevamente podemos tensar
el concepto “necesidades educativas especiales”, en
tanto la atención domiciliaria le devuelve al niño
su categoría de alumno, pero es la escuela la que debe
asumir lo “especial” que tiene esta situación.
Del mismo modo que hoy hablamos de “infancias” y no
de un único tipo de infancia, en la escuela domiciliaria,
el alumno tradicional, del que la misma historización del
servicio domiciliario nos habla, se ha complejizado. Campos relata
los cambios en las historias de los sujetos que ingresan al servicio
domiciliario: las jóvenes embarazadas (niñas madres)
que, debido a razones de profilaxis, amenazas de aborto o embarazos
de alto riesgo, no pueden dar continuidad a un aprendizaje común;
alumnas madres, alumnos padres, alumnos y alumnas víctimas
de la violencia social, entre otros casos.
Los siguientes cuatro capítulos presentan relatos de experiencias
de integración escolar, cada uno desde una perspectiva
y desarrollo particular. Sin embargo, hay algo que los une, un
hilo que entreteje todos los relatos. Sea la experiencia en nivel
inicial, primario o polimodal, en todos los casos prevalece la
responsabilidad institucional respecto del aprendizaje de sus
alumnos, de todos sus alumnos. Todos asumieron el proyecto de
integración como un desafío para la escuela y no
para el alumno. El desafío de generar un espacio de aprendizaje
y socialización para todos los miembros de esa comunidad
educativa. Desde ese principio implícito compartido, cada
capítulo se focaliza en un aspecto a través del
cual presentan su experiencia de integración escolar.
Uno de los temas abordados en este volumen es la relación
familia-escuela. En el capítulo 5, Graciela González
analiza esto en el marco de un proceso de integración en
el nivel polimodal. El artículo da cuenta de la necesidad
de implementar estrategias de mediación cuando se establece
una brecha entre las expectativas de los padres y las posibilidades
del niño y la escuela.
El capítulo 6, de Ana Niro, nos coloca en una encrucijada:
¿qué mecanismos se despliegan cuando el sujeto de
aprendizaje presenta desajustes respecto del modelo que ofrece
la escuela común, aun cuando todos coincidan en que ése
debería ser su espacio escolar de aprendizaje? Esta circunstancia
nos lleva a hablar de integración frente a un alumno que
no puede ser considerado, al menos desde una perspectiva tradicional,
sujeto de la educación especial. La encrucijada podría
expresarse de esta manera: hay niños a quienes la normativa
les permite desarrollar estrategias especiales para su inclusión
escolar y, al mismo tiempo, hay niños que la escuela común
no puede contener aun cuando sus posibilidades cognitivas nos
muestran que ése debería ser su lugar de aprendizaje.
Sandra Alegre, Adriana Gallo y Adriana Gianella, en el capítulo
7, introducen en la discusión el concepto de educabilidad
en tanto se lo suele interpretar como condición del sujeto
y no como condición del medio para favorecer su desarrollo.
Desde esta posición plantean la necesidad de reconsiderar
los diagnósticos que determinan expectativas de logro,
llegando, de ese modo, a entender la integración sólo
como un espacio generador de intercambios sociales. Las autoras
insisten en la necesidad de colocar el concepto de “estudiante”
en el centro del análisis, considerando al alumno integrado
como integrante de un espacio colectivo de aprendizaje.
Por último, el capítulo 8, de Nora Dibner, Rut Kuitca,
Daniela Gutesman y Analía Kulesz, relata dos experiencias
de integración en el nivel inicial. Se analiza qué
significado tiene esta experiencia para la institución
y para el niño y su familia. En primer término,
qué estrategias institucionales se desplegaron sin perder
de vista en todo momento que la experiencia tendría sentido
si se acordaba con los beneficios que ella brindaría tanto
al “niño integrado” como a sus compañeros
y maestras.
Esperamos que este libro se constituya en un elemento de discusión,
que abra al debate, que genere preguntas y que, en definitiva,
nos conduzca a mejorar nuestras prácticas y, en consecuencia,
a ayudar a aprender a todos y todas.
Silvia
Dubrovsky