La promoción de resiliencia con niños y adolescentes

El
problema de los niños, niñas y adolescentes en situación
de vulnerabilidad psicosocial y la posibilidad de desarrollar
intervenciones eficaces para su abordaje, es el nudo al que nos
hemos enfrentado. Existe la tendencia de abordar las situaciones
de riesgo y los contextos de pobreza sólo desde la perspectiva
del daño y de sus connotaciones negativas. El enfoque de
resiliencia, en cambio, nos permitió una mirada diferente,
centrada en las capacidades de la población de que se trate
para hacer frente a la adversidad.
Este texto es el resultado del trabajo investigativo de cuatro
años, realizado en el marco del programa de formación
de investigadores de la Universidad de Buenos Aires (Becas UBACyT).
Trabajamos1 con tres instituciones, dos del gobierno de la ciudad2
y una del gobierno nacional, entrevistando a trabajadores, estudiando
legajos, y trabajando en grupos con niños en una de ellas.
El objetivo de la investigación fue describir los factores
que actúan facilitando o restringiendo los procesos resilientes
en población infantil-juvenil expuesta a situaciones de
vulnerabilidad psicosocial e institucionalizada.
En virtud de considerar que la dimensión relacional es
constitutiva del mundo humano, y es particularmente crucial en
la infancia, es que hemos pensado que el encuentro entre los adultos
con imágenes de lo que es un niño y los niños
reales puede tomar las formas de un desencuentro. Indagamos entonces
estas imágenes, estas tematizaciones, estas narraciones,
como el marco y condicionamiento de las posibilidades de promoción
de salud y desarrollo. Los adultos considerados son, a su vez,
trabajadores de instituciones que el Estado desarrolla para tratar
el desamparo. Esta dimensión matiza y enmarca las posibilidades
de encuentro o desencuentro, limita y condiciona las acciones
pensables y posibles para los trabajadores. Todo un espacio de
conflicto político es acarreado por esta pertenencia, en
tanto son las políticas públicas, desarrolladas
o discontinuadas por el mismo Estado, una de las dimensiones centrales
de producción del desamparo infantil.
De este modo, hemos intentando reflexionar sobre las intervenciones,
abriendo nuevos campos de preguntas para incluir:
-
las estrategias que los trabajadores desarrollan para implementar
los lineamientos institucionales, que abren una brecha entre las
formulaciones programáticas y la cotidianidad institucional;
- las formas en que los problemas y la población son pensados
por las instituciones, enfatizando en las carencias o en las potencialidades;
- las modalidades que desarrollan las instituciones para acoger
o no a los trabajadores y los problemas originados en la práctica
cotidiana;
- los valores que toma la información en las instituciones,
dificultando o facilitando su uso como retroalimentación
de los resultados de la intervención;
- la posibilidad de trabajadores y niños de recrear vínculos
en los que los circuitos de repetición sean progresivamente
restringidos.
Estas
dimensiones configurarían las posibilidades de las instituciones
de promover resiliencia, entendida como la promoción de
autonomía, independencia, iniciativa, sociabilidad. Esta
posición retoma una de las vertientes conceptuales del
enfoque de resiliencia, no la más divulgada en los últimos
tiempos. El interés suscitado en el campo psicosocial por
el concepto ha acarreado, en pos de su divulgación, un
acallamiento del debate teórico-político alrededor
del tema: ciertamente, no hay una definición consensuada
de resiliencia, encontrándose en cambio varias definiciones
alternativas. Creemos que las variantes de definición más
divulgadas últimamente adolecen de dos problemas (que se
agregan al hecho antes mencionado de soslayar el debate).
En cuanto al problema teórico, resultan, en primer lugar,
psicologistas en extremo, al plantear un tratamiento de las determinaciones
sociales como variables psicológicas individuales. Como
segundo aspecto teórico, el tratamiento superficial de
los procesos psicológicos y sociales conlleva un riesgo
de banalización de éstos. El problema político
es señalado unánimemente por quienes critican el
enfoque: su carácter conservador. Ambos problemas de que
adolece la propuesta más difundida son retomados en este
texto, en el que se pretende desarrollar una propuesta diversa.
La deprivación, asociada a las situaciones de constitución
subjetiva de los niños, implica una falla en la provisión
social. Ésta puede ser restituida, permitiendo espacios
de subjetivación que recuperen marcas identitarias para
historizarse. La disponibilidad del adulto para reconocer al niño
o al adolescente, en lugar de nombrar al “menor”,
es una condición indispensable para la promoción
de resiliencia, entendiéndola también en el sentido
de la provisión de reconocimientos positivos de la identidad;
de relaciones de confianza consistentes, de holding, en donde
niños y adolescentes puedan construir los puentes entre
realidad y fantasía, entre pulsión de vida y pulsión
de muerte.
La apertura de las instituciones a las paradojas que las constituyen,
al intentar promover la ciudadanía en aquellos a los que
definen a priori como ciudadanos, permitiría repensar las
formas de significar éxitos y fracasos, proveyendo perspectivas
realistas, pero también mensurables. Resulta necesario
habilitar el espacio para poner en cuestión la institución,
de modo tal de aceptar el rechazo del bien propuesto a los niños,
no como demostración de su desagradecimiento, sino como
condición para encontrar un adulto que reconozca al niño
y le permita interrumpir la repetición.
La pobreza se incrementa con un dramatismo sólo comparable
al de la acumulación de riqueza (de expropiación).
La aplicación de la doctrina neoliberal, en sus versiones
orto y heterodoxas, ha acelerado el dinamismo de la sociedad en
el sentido de acentuar las desigualdades sociales, agudizando
los fenómenos de disgregación y fragmentación,
con consecuencias de aumento de la violencia.
En la década del 70, el 5% de la población vivía
en hogares con ingresos bajo la línea de pobreza, en los
80 subió al 12%, a partir de 1998 se incrementa notablemente
superando el 30% y en 2002 llega al 51%, en tanto que el 21,9%
se encontraba en situación de indigencia (SIEMPRO, 2002).
Los niños y las niñas constituyen uno de los grupos
con mayor vulnerabilidad a los procesos de ajuste: el 66,6% de
los menores de 18 años son pobres. La mayor parte de los
pobres son niños y niñas y la mayoría de
los niños y niñas son pobres (Lozano, 2002). Los
adolescentes de 14 a 18 años representaban, en 2001, el
27.2% de la población. La escolaridad diferencial por quintil
de ingresos afecta a este grupo con particular inequidad: el 37.9%
de los adolescentes del Quintil 1 no se encuentran escolarizados,
frente al 5.2% de los adolescentes del Quintil 5 (SIEMPRO, 2001).
A su vez, son un grupo altamente vulnerable a los efectos secundarios
del proceso de acumulación de riqueza / empobrecimiento,
tales como el aumento de la violencia. En 1987, 425 menores de
18 años fueron víctimas de delitos registrados en
el sistema judicial de la provincia de Buenos Aires, en tanto
en 1997 lo fueron 1.621. En 1999, veintiséis mil niños,
niñas y adolescentes se hallaban institucionalizados en
organismos públicos y privados, se estimaban en veinticuatro
mil los niños y niñas que deambulaban en las calles
y en seis mil a los que vivían en ellas (UNICEF, 2000).
Esta situación es aún más acuciante hoy.
El contexto de desaparición del Estado como garante de
las condiciones mínimas de subsistencia y protección
profundiza el desvalimiento infantil.
¿Cómo es posible, en situaciones de dramaticidad
social como las enfrentadas, generar posibilidades de empoderamientos,
ciudadanías, y salud para sectores tan vulnerables como
niños y adolescentes? Desafío al que se enfrentan
las instituciones, sumado al de producir un cambio en las formas
de relación del Estado con los niños y adolescentes
pobres, en la encrucijada entre protección y tutela.
Se trata de un problema de existencias sociales: ¿qué
subjetividades son posibles en estos contextos?, ¿podemos
pensar en la constitución de sujetos autónomos,
creativos?, ¿podemos pensar en la constitución de
ciudadanos? ¿Podemos formular -como sociedad- un proyecto
que los incluya?
Lejos de los planteos que ubicaban en la infancia un sujeto social
responsable por el futuro de la sociedad, estamos frente a la
demanda de constituir una posibilidad de futuro para los niños.
Este texto resulta del cruce de distintos espacios, recorridos,
voces. Es polifónico, en tanto la voz y el criterio metodológico
de la investigadora reconstruye en un nuevo texto las voces de
los entrevistados junto a la teoría. Distintas reflexiones
y reformulaciones son producto de discusiones con colegas y amigas/os,
en espacios institucionales (Taller de Metodología de la
Investigación de la Cátedra de Psicología
Preventiva de la UBA, Taller de Investigadores en Salud Colectiva,
Programa de Democratización Familiar de la UNGSM) e informales.
Quisiera reconocer especialmente el aporte enriquecedor y crítico
realizado por la licenciada Susana Wegsman en el marco del Programa
de Capacitación en el Enfoque de Resiliencia.
Agradecemos a las y los trabajadores de las instituciones, y a
los niños, niñas y adolescentes que nos brindaron
su tiempo y parte de sus historias.
Notas
1. El trabajo de campo fue realizado en los años 1999 y
2000.
2. Un hogar transitorio (que denominaremos “A”) y
una institución de día (que nombraremos “B”).
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