Los chicos y el lenguaje plástico-visual
Recorridos para producir y apreciar

María Inés Freggiaro


 

Prólogo

Pensaba, en oportunidad de escribir este prólogo, en muchas cosas, en la superabundancia teórica de que disponemos en el campo de la educación, superabundancia que no guarda relación con la calidad de lo que masivamente logramos en ese mismo campo; pensaba como humorada en la posibilidad de un prólogo que criticara destructivamente la obra a la que precede, ¿no sería curioso por lo menos?; y pensaba también en la necesidad de trabajos que sean -y se me perdonará el uso del término- operativos, es decir, que sirvan al lector para pensar distinto, hacer distinto, mirar distinto. La educación artística, que recién empieza a pensarse como un componente importante de la educación global de los sujetos, no tiene ni la tradición, ni la antigüedad ni la profusión productiva de la educación escolar clásica, sobre la que casi podríamos decir que tenemos un exceso de producción. Estamos, en términos comparativos, empezando la discusión sobre el sentido incluso político de la educación artística, sin que esto implique el desconocimiento de lo hecho hasta ahora, pero sí el reconocimiento de su exigüidad y de su escasa difusión y discusión.

Estamos necesitando trabajos que nos permitan entender cómo se aprenden los lenguajes artísticos, cómo se pueden enseñar; trabajos que, como señalaba, nos ayuden a cambiar miradas, pensamientos, modos de mirar y modos de pensar. Este último me parece que es el caso de la obra que el lector tiene en sus manos, la síntesis que no es pequeñez, el precipitado que no es prisa, de una tarea extensa, complicada y atractiva.

Lo que María Inés Freggiaro recrea al transmitir es una experiencia, lo que no es poca cosa, sobre todo si cuando hablamos de experiencia hablamos de algo que nos pasó y que al pasarnos no nos dejó incólumes, sino que dejó una marca. Para el caso, lo que se narra en este libro es de ese orden, del orden de la experiencia. Experiencia para su autora y experiencia para los innumerables pequeños coautores que en él aparecen, y con esta referencia me detengo en un primer punto que me importa. Entre los aspectos valiosos del libro, más allá de lo estrictamente didáctico, de lo que diré algo, me importa señalar la recuperación de una tradición casi perdida: recuperar la palabra de los niños y tomarla seriamente como reveladora de algo que pasa con ellos expuestos a determinadas situaciones. Debo decir que esto me resulta familiar porque es en esa línea en la que también he orientado algunos de mis trabajos. Preguntarle al destinatario de las propuestas que María Inés fue desplegando, escucharlo y recuperar sus dichos me parece un aspecto crucial de la experiencia, que habla de una mirada sobre el niño y sobre aquello que de él se puede esperar cuando, como dice Jerome Bruner, se le enseña honestamente. Del mismo modo, no puedo dejar de experimentar gozo al encontrarme en el texto con esas escenas familiares en que los niños trabajan desplegando su material en el piso, desplegándose ellos mismos en actividades que permiten justamente eso, su despliegue físico, intelectual y emocional.

Es sin duda un recorrido detallado el que propone el libro, en el que no es difícil ver cómo, más allá de la descripción de lo hecho, de la referencias conceptuales, se producen otras operaciones con los niños: se amplía su mirada, se la construye –porque es claro que, como se señala en el propio texto, ver y mirar son categorías diferentes– y se hace hablar a la obra de arte. Las propuestas, todas ellas detalladas y fundadas, están ahí para ser apropiadas, reproducidas, recreadas, y son muchas, lo que habla de una actividad, no de un activismo, que posibilita contactos, experiencias que constituyen la materia prima para lo que la imaginación infantil puede crear y recrear. En este punto, la autora es coherente con el postulado vigostkyano acerca de la relación entre la imaginación creadora y la cantidad y calidad de experiencias del infante que imagina.

Vuelvo sobre el punto de las actividades relatadas en el libro porque me parece que, más allá de su valor ilustrativo y de que se ofrecen al lector, con lo cual ya entran a ser de dominio público, son propuestas que implican formas de contacto diversas con lo que el hombre produjo miles de años atrás y con lo que produce hoy, forzando en los niños un ejercicio que desafía temporalidades cronológicas y recupera la temporalidad de la mente del niño, que con frecuencia subestimamos. Véanse si no las opiniones de los niños, sus comentarios y sus preguntas sobre el sentido de esas obras remotas y presentes; cómo teorizan sobre aquello que se les presenta como problema: el para qué de una pintura rupestre, por ejemplo. La experiencia permite pensar otro aspecto de interés. En la larga y a veces tediosa y dicotómica discusión acerca del trabajo sobre los procesos o los resultados, se suele perder de vista que el hombre necesita ver sus frutos porque en esa visión algo del sentido de lo propio se anuda, porque esa visión permite construir imágenes de sí que hacen la vida más fácil de llevar e incluso más grata.

María Inés refiere en varias oportunidades a las muestras de lo realizado por los niños y acá nuevamente da cuenta de la coherencia teórica de su propuesta, toda vez que no hace sino recuperar el postulado de la externalización que, si por una parte hace referencia al carácter social de toda producción humana llevada a cabo en el marco de una comunicación -que si es tal comunica algo a alguien-, también nos permite pensar -y quienes trabajamos con niños en situación de desventaja social lo sabemos- en cómo ese mostrar algo que sorprende al propio autor, algo que lo enorgullece, permite la construcción de miradas de sí que no son poca cosa, más allá de su dimensión imaginaria que tampoco es poca cosa y que es condición para pensarse en una dimensión subjetiva distinta. Otras cosas se podrían decir de este libro, pero el lector no necesita ser advertido de ello, sí me interesa -porque además la autora lo explicita- señalar que este libro forma parte de la heredad que María Inés Freggiaro tiene para legar a quienes vienen detrás; una heredad que éstos tomarán y aceptarán, rechazarán, recrearán o que harán propia en su día tras día como educadores.

MG. Eduardo Corbo Zabatel
Profesor e investigador universitario, con formación académica en historia, psicología y ciencias sociales. Es ensayista, autor de libros y artículos periodísticos.

 

 


Copyright © Centro de Publicaciones Educativas y Material Didáctico 2000