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Violencia
y escuela. Dos palabras que, relacionadas, despiertan un amplio
espectro de imágenes según quien las pronuncie, según
quien las escuche. Así, por ejemplo, los medios de comuncación
podrán emplear estos términos para exhibir la situación
extrema y poco frecuente (y muy redituable en términos de
rating) de un alumno que ha masacrado a sus compañeros y
docentes en alguna ciudad remota. Pero no son estos hechos mediáticos
y espectaculares los que preocupan día tras día a
padres, alumnos, docentes y administradores del sistema educativo.
Maestros y profesores se muestran cada vez más preocupados
por las conductas antisociales que presentan sus alumnos e identifican
con preocupación la violencia con este tipo de comportamiento.
Episodios manifiestos de violencia: golpes, amenazas, actos de vandalismo,
se producen cuando los conflictos (inherentes a cualquier relación
humana) no encuentran una vía de resolución adecuada,
cuando la agresión no puede ser canalizada.
Pero también hay otras formas de violencia en las instituciones,
formas más sutiles, más silenciosas, pero no por ello
menos perniciosas. Hay violencia cuando las prácticas pedagógicas
no reconocen al sujeto con sus atributos personales y su enorme
potencial; cuando se impone la uniformidad; hay violencia cuando
se aplican reglamentos y normativas que atrapan a los docentes en
las telarañas de la burocracia, haciendo que se pierda el
sentido del quehacer pedagógico.
Muchas veces, desde la escuela se tiende a poner el problema "afuera":
en la sociedad, en los medios, en la política, y no se llega
a entender el problema en su compleja dimensión institucional.
Mucho hay por hacer en los ámbitos educativos para contribuir
a la disminución de la violencia.
Por nuestra parte, en un número totalmente dedicado al tema,
hemos pretendido aportar este mes reflexiones y estrategias para
la construcción colectiva de una cultura de la paz.
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