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Un
paradigma ha terminado: nada garantiza -ni en la realidad, ni en
el imaginario- la secuencia estudiar, recibirse, trabajar, es decir,
hacerse un futuro. Las utopías sociales han dejado paso a
la seducción de la globalización y a la desilusión
de comprobar que en ese mundo global también hay "privilegiados",
y que son pocos.
La educación, que en el imaginario de la modernidad garantizaba
la movilidad social, las oportunidades laborales y la aspiración
a una vida digna, ha ido transformando sus pretensiones.
Luego de tantos "ingenieros-taxistas", científicos
emigrados y profesionales desocupados, parece que las escuelas hubieran
comenzado a contentarse solamente con contener a los niños
y jóvenes, con mantenerlos alejados de la calle por algunas
horas, con alimentarlos.
Entre la promesa falaz de la escuela que "garantiza el futuro"
y la "guardería" de niños y jóvenes,
a través de una rendija surgen alternativas, proyectos, quiebres:
docentes que han comenzado a implementar diversas actividades de
carácter productivo, escuelas que diseñan propuestas
cooperativas, autogestionadas, enriquecedoras de la calidad de vida
y de la autonomía de sus comunidades.
Esos aires se hacen sentir gracias al genuino empeño de tantos
docentes, más allá de las reformas educativas y de
los modelos estereotipados, son los que tiñen de esperanza
las páginas de esta nueva edición.
Ella está
en el horizonte - dice Fernando Birri - Me acerco dos pasos, ella
se aleja dos pasos. Camino diez pasos y el horizonte se corre diez
pasos más allá. Por mucho que camine nunca la alcanzaré.
¿Para qué sirve la utopía? Para eso sirve:
Para caminar. (Eduardo Galeano, 'Ventana sobre la utopía'
en Las palabras andantes, 1993.)
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