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Hay
palabras que no nos resultan indiferentes. Ellas tienen el poder
de evocar sensaciones, sentimientos e imágenes de diversa
naturaleza. Dentro o fuera de la escuela, "evaluación"
es una de esas expresiones que nos inquietan. Toda evaluación
supone la realización de juicios de valor, y sobre esos juicios
se toman decisiones: los organismos financieros internacionales
evalúan si los países endeudados cumplen con sus obligaciones,
y de eso depende la vida de millones de personas; un médico
pide determinados estudios para evaluar el estado de salud de un
paciente, lo que genera en él y sus familiares no pocas ansiedades.
Y en la escuela... Nuestros más tempranos recuerdos vinculados
con la palabra evaluación suelen corresponderse con sensaciones
de angustia y temor (por no decir terror). Que algunas veces hayamos
experimentado la gratificación de que se valoraran nuestros
esfuerzos y logros no borra de nuestra memoria la vivencia de juicios
arbitrarios o injustos sobre nuestros aprendizajes escolares, donde
la sentencia se expresaba en forma de número.
Los expertos explican, una y otra vez, que evaluar no es calificar,
aunque la calificación sea un aspecto de la evaluación.
No es fácil diferenciar estas dos ideas. Tampoco es tarea
sencilla abarcar las múltiples dimensiones y alcances de
la evaluación y sólo se tiende a pensarla en relación
con los aprendizajes de los alumnos.
Esta vez, Novedades Educativas brinda a los educadores aportes teóricos
que muestran la complejidad del tema y también algunas experiencias,
donde las "buenas prácticas" ponen de relieve cómo
se juegan las dimensiones éticas, políticas, psicológicas
e instrumentales en el acto de evaluar.
No podemos aventurar si, alguna vez, la palabra "evaluación"
será asociada a sensaciones placenteras, pero sabemos que
la arbitrariedad y las situaciones injustas desaparecen cuando se
revisan los rituales escolares estereotipados para cambiarlos por
quehaceres que tienen sentido para toda la comunidad educativa.
Los editores
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