Desde el fracaso a la esperanza

La escuela no ha fracasado. A pesar de tanto empeño en lograrlo, a pesar del vaciamiento, de las reformas importadas, de la falta de sentido común de las políticas, de las marchas y contramarchas, la escuela es un espacio por el que vale la pena demandar, es un lugar al cual pertenecer, un territorio en donde algo interesante todavía sucede.
Con cierta dosis de humor e ironía, nos preguntamos cómo hacer para llegar al fracaso institucional: así entonces serán necesarias altas dosis de desconexión con el contexto, fuerte peso en la burocracia, en la forma, en la estructura, trabajo individual ante un poder autoritario, escasa participación de equipo, nula pluralidad, modelos únicos a imitar, encasillamientos.
Pero, como se trata de un ejercicio mental, será útil solamente para saber cuáles son los caminos que nos llevarán hasta aquello que anhelamos.
La escuela no ha fracasado porque conserva la esperanza.
La esperanza de lo que se siembra y que florecerá algún día, la esperanza de aquello que se va construyendo paso a paso y que hoy es cimiento.
Conserva la ilusión de ofrecer oportunidades para aprender, equivocarse e intentar nuevamente, para encontrarse con otros y forjar proyectos. Para ser diferentes y a la vez iguales.
La escuela no fracasa porque intenta encontrar espacio para todos, porque comienza a preguntarse si no ha llegado el momento de cambiar las formas de medir éxitos o fracasos.

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