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Huella
y lazos
“Estar
aquí vale la pena”, dijo cierta vez una alumna en una
conversación informal. Se refería a su escuela.
Breves, seguras, sus palabras sintetizan el anhelo de tantos pedagogos
que, con otras –a veces complejas, arduas–, intentan
explicar cómo hacer una escuela donde valga la pena estar.
Una escuela que enseñe aquello que merece ser aprendido,
que transmita, que inscriba en el mundo a quienes recién
comienzan. Y que también ofrezca las herramientas para transformar
el saber elaborado, estrenando utopías, protagonizando nuevos
sueños.
Una escuela que deje huellas indelebles de afecto, de vivencias,
de identidades construidas. Y que en tiempos hostiles pueda ser
resguardo.
Por eso, en las páginas que siguen, nos ocuparemos de los
vínculos, la comunicación, el clima en el que transcurren
tantas horas tantos niños.
“Cuando
no se soporta más. Cuando no se tienen palabras y el mundo
está sin vida. Es necesario entonces hacer lo imposible.
Lo sabe quien vive la escuela. Sabe que enseñar es ligar.
El tiempo al ser. La vida al mundo, el mundo a la vida. Haciendo
señales. Restituyendo las señales. Del propio tiempo.
El propio vivido, estudiado, sentido. La relación enseñante
es de contagio. Es contagiosa” (Giuseppe Ferraro,
pág. 4).
Los editores
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