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Pensar
la evaluación
Los
sistemas educativos utilizan diferentes mecanismos para controlar
sus producciones y los modos y contenidos de evaluación que se aplican
dan cuenta de las profundas concepciones que subyacen en ellos.
Prescriben, a partir de estándares homogéneos, “lo que se espera
encontrar”, lo que se mira, lo que se valida.
Los exámenes, las pruebas, constituyen los dispositivos más fuertemente
establecidos y difíciles de cambiar desde una transformación profunda.
El examen califica, clasifica y castiga, el examen implica una mirada
normalizadora. Es una técnica en la cual se comprometen el dominio
del saber y del poder.
El dispositivo se fosiliza como ritual y se estudia para el examen,
para un docente que se apropia del saber del alumno. Así, en las
pruebas, la escritura como registro pasa a tener una importancia
fundamental. El examen hace visibles a quienes somete; ilumina,
muestra y expone éxitos y fracasos por igual.
Aunque las evaluaciones se rindan individualmente y los más modernos
y progresistas “informes” de los alumnos pretenden dar cuenta de
una “evolución personalizada”, ¿estos formatos realmente muestran
qué saben los estudiantes? ¿Qué saberes poseen, desarrollan y construyen?
¿Qué conocimientos culturales portan y despliegan? El estigma pareciera
prevalecer en las prácticas más tradicionales y en las más renovadoras.
¿Será posible pensar y desarrollar otras formas de circulación de
los conocimientos, de interacción entre adultos y jóvenes, de aprender
y enseñar, de valorar? Los textos de este dossier aproximan algunas
respuestas.
Los editores
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