Colección 0a5, la educación en los primeros años - Tomo 44

Las
posibilidades de la filosofía en el jardín
Hace
algunos años, hablar sobre la posibilidad de que niños
pequeños tuvieran filosofía en la escuela resultaba
poco menos que ridículo. Aun hoy, cuando el número
de colegios que tienen un espacio dedicado a la filosofía
es bastante importante –y crece año tras año-,
la cuestión no deja de despertar cierto asombro a aquellos
que no conocen la propuesta. En muchos casos, incluso, ese asombro
se asocia con una actitud de desconfianza. En el fondo se duda de
que los chicos realmente puedan participar en una clase de filosofía.
Esta cuestión se torna aún más fuerte cuando,
como haremos aquí, se plantea esa posibilidad para niños
de 4 y 5 años. Detrás de nuestra propuesta hay un
trabajo teórico y una experiencia práctica que llevan
alrededor de treinta años en el mundo y más de diez
en nuestro país. Lo que intentaremos mostrar en este trabajo
es no sólo que los chicos pueden participar en una clase
de filosofía, sino porque creemos que es, además,
conveniente que lo hagan.
Antes de entrar de lleno en nuestro tema, detengámonos en
algunas consideraciones básicas. En principio, tengamos presente
que “la” filosofía no existe ni existió
nunca. Es decir, no existe una única manera de definir la
filosofía. Lo que hay y ha habido desde hace aproximadamente
treinta siglos en occidente son personas a las que se ha denominado
–o que se han autodenominado- filósofos, y que han
sostenido enfoques diferentes –y en muchos casos contradictorios-
acerca de una gran variedad de temas. ¿Qué es lo que
ha tenido y tiene en común lo que los filósofos han
dicho y hecho que permite identificarlos como tales? La respuesta
no es para nada sencilla. Basta con leer un manual de historia de
la filosofía para advertir que lo que personajes como Diógenes,
Platón, Kierkegaard, Russell o Deleuze –por mencionar
sólo algunos- entienden por filosofía es completamente
diferente. Hay, incluso, casos en los que un mismo filósofo
produce un vuelco tan importante en su propia actividad que cuesta
encontrar coherencia entre una etapa de su pensamiento y otra (por
ejemplo, el caso de Wittgenstein, que ha llevado a hablar del “primer
Wittgenstein” y del “segundo Wittgenstein” como
si fueran dos personas distintas).
Entonces, una respuesta a la pregunta: “¿Pueden los
chicos participar en clases de filosofía?” dependerá
de qué entendamos por filosofía. Si creemos que la
auténtica filosofía es la sostenida, por ejemplo,
por Hegel, la respuesta muy probablemente será negativa en
razón de la complejidad del sistema del filósofo alemán.
En los capítulos siguientes nos vamos a ocupar del exponer
la concepción de la filosofía que planteamos como
apropiada para el trabajo con niños pequeños. Pero
antes consideremos algunas situaciones que a modo de ejemplo nos
permitan avanzar en nuestra introducción al tema.
Un niño de cuatro años y un adulto están apoyados
en la baranda de una pileta mirando su imagen reflejada en el agua.
El chico pregunta: “¿Con qué ojos me ves, con
los de arriba o con los que están en el agua?”. El
adulto no entiende la pregunta y le pide una aclaración.
“Lo que te digo es si vos me ves a mí en el agua o
con los ojos del agua me ves a mí que estoy afuera”,
insiste el chico. El adulto, desorientado, le pregunta: “¿Y
vos cómo me ves a mí?”. El chico sonríe
y le dice: “Yo te veo en el agua, con los ojos de afuera.
Entonces vos me ves a mí en el agua con los ojos de afuera”.
Mirando el noticiero de televisión, la nena le dice a su
madre: “¿Por qué se pegan esos señores?
¿Vos no me dijiste que está mal pegarle a los demás?”.
Creo que todos, sea como niños o estando en contacto con
ellos, hemos vivido situaciones como éstas, en la que se
produce algún planteo que descoloca al adulto (situaciones
que, por ejemplo, Quino ha explotado con mucha eficacia en diversas
tiras de Mafalda). ¿Qué puede hacer el adulto en estas
situaciones? ¿Emprender una extensa –y presumiblemente
incomprensible- exposición física o metafísica
–en el caso del primer ejemplo- o ética –en el
segundo- que pretendiera aclarar (como si él las tuviera
realmente claras) estas cuestiones? ¿Pasar a otro tema? ¿Contestar
“sos muy chico para entender estas cosas”? ¿Evadirse
con un chiste?
En circunstancias como éstas podemos apreciar que entre la
filosofía y los niños no hay un abismo. El asombro,
la curiosidad, el cuestionamiento, la búsqueda de sentido,
la reflexión, la creación de conceptos, etc., son
puestos en práctica tanto por niños como por filósofos.
Ahora bien, como dice Aristóteles en su Ética a Nicómaco:
“una golondrina no hace verano”.*1 Que los chicos ocasionalmente
hagan planteos que pudiéramos denominar “filosóficos”
no significa que sean filósofos. Justamente, buena parte
del trabajo de filosofía en el jardín consistirá
en tratar que esas “golondrinas filosóficas”
no sólo no se pierdan sino que convoquen a otras compañeras.
Hacer filosofía con niños es alentar, potenciar esas
actitudes filosóficas espontáneas para que se desarrollen
del mejor modo posible. No se trata de introducir en los niños
algo extraño a ellos mismos, sino de acompañarlos
en el desarrollo de algo que ellos mismos generan.
Para finalizar esta introducción, quisiera señalar
dos condiciones que deben estar presentes en el docente para que
esta multiplicación de “golondrinas filosóficas”
tenga lugar.
La primera de ellas surge de la lectura de un texto de Ann Sharp
y Laurance Splitter:
"[Los
docentes] deben creer que los niños pueden hacer filosofía
y pensar por sí mismos. Debemos recordar que la filosofía
construye a partir de ingredientes que, en términos generales,
ya están presentes en los niños muy pequeños:
una vívida disposición a querer conocer y descubrir
sentidos y un acopio creciente de experiencias y pensamientos
–la aparición de una visión del mundo.
[Los niños necesitan ver al docente] como un estímulo
para sus propios pensamientos y curiosidad, y no como alguien
cuya tarea es revelar los secretos y misterios.”*2
Si el docente
cree que el niño no puede filosofar, que es muy chiquito
para reflexionar, seguramente logrará que efectivamente no
pueda hacerlo, porque le quitará el espacio necesario –al
colocarse él mismo en el lugar del develamiento de la verdad-
para que las disposiciones mencionadas anteriormente se desarrollen.
Primera condición, entonces: confiar en los chicos, creer
en sus capacidades reflexivas, darles la posibilidad real de desarrollarlas.
Para la segunda, tomo un pasaje de un artículo de María
Teresa de la Garza:
"Hacer
filosofía con los niños y niñas constituye
una aventura maravillosa en la que súbitamente aparecen
aspectos inéditos de la realidad, aspectos que nos ponen
en profundo contacto con lo humano y que nos devuelven algo que
era nuestro, algo que nos corresponde también como a los
niños: el goce de conocer, el goce de pensar juntos y de
explorar los inacabables caminos de sentido, descubierto y creado
en ese medio nutriente que es el diálogo."*3
Esta segunda
condición implica involucrarse auténticamente en la
experiencia de filosofar con niños. Si se piensa que lo que
los chicos pueden sostener es algo pobre, limitado, probablemente
no ocurra nada interesante en la clase. Me ha tocado ver cómo
el desinterés de un docente aplastaba toda inquietud filosófica
de los chicos. Afortunadamente, son muchos más los casos
en los que los docentes, sumergiéndose en la experiencia
del filosofar con niños y niñas, vivencian el goce
de pensar y explorar con ellos.
NOTAS
1. Aristóteles, Ética a Nicómaco, Libro I,
1098a.
2. A. M. Sharp, L. Splitter, La otra educación, Buenos Aires,
Manantial, 1996, págs. 209 y siguientes.
3. M. T. de la Garza, “Filosofía y literatura: una
relación estrecha”, en Filosofía para Niños.
Discusiones y propuestas, Buenos Aires, Novedades Educativas, 2000.
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