Colección 0a5, la educación en los primeros años - Tomo 64

Filosofía
para la infancia
Este
libro, tal vez, aun trasgrede las representaciones convencionales,
todavía en uso, arraigadas en una larga tradición
racionalista y estereotipada en la manera de concebir la niñez.
Se tiende a pensar al niño pequeño, de edad pre-escolar,
como el aprendiz de hábitos, de socializaciones progresivas,
de adquisición de elementos básicos en los aspectos
cognitivo, afectivo, motor y volitivo.
Esta concepción parece no tomar en cuenta, a veces olvidando
y a veces malentendiendo, la enorme capacidad de asociaciones riquísimas
que pueden tener lugar en la mente infantil que suponen relaciones
simples y complejas -generalmente de carácter analógico-,
y que dan lugar a respuestas, interpretaciones, inducciones, con
relación al mundo que está conociendo.
Pese a todos los aportes de la psicología del desarrollo
y la importancia fundamental que la concepción piagetiana
ha tenido para la comprensión de la mente infantil, tanto
padres como educadores -en su rol de adultos formadores- insisten
más bien en actitudes de inculcación, instrucción,
admonición, información, más que en dar lugar
o crear condiciones para que el niño y la niña tengan
un espacio y un tiempo para desarrollar sus ideas, sus pensamientos,
comprender sus sentimientos y emociones y las cosas que suceden
a su alrededor.
Pareciera ser que, en definitiva, seguimos pensando que el niño
o la niña es una tierra de todos, que todos los adultos podemos
ocupar, donde podemos dejar nuestras huellas. Y no reparamos en
suficiente medida en que esa tierra de ocupación es también
un mundo propio, de sentidos y relaciones peculiares, de gran frescura
y poesía. Debemos desarrollar nuestra confianza y curiosidad
por lo que perciben los niños y las niñas, aproximarnos
a su curiosidad por el mundo, descubrir, a través de ellos,
dimensiones del mundo ya olvidadas o nunca vistas por nosotros.
Los niños y niñas pequeños se comunican con
nosotros fundamentalmente por intermedio de preguntas, y preguntas
muy inteligentes y muchas veces difíciles de responder. Podríamos
también hacerles más preguntas inteligentes en vez
de darles respuestas envasadas, favoreciendo sus propios estilos
de formación y reflexión.
Este texto, inspirado en el Programa de Filosofía para Niños
de Mathew Lipman y en el origen de la filosofía, se basa
en el instrumento filosófico fundamental: la pregunta. Pregunta
mayéutica que abre al diálogo, al revelar diversos
sentidos y significados.
Si la pregunta es el mecanismo que mueve permanentemente la relación
del niño-niña con el adulto y con el mundo en general,
si la pregunta es la necesidad de búsqueda de respuesta ante
su asombrada mirada del mundo y de organizar sus signos, ¿qué
sentido puede tener el devolverles las preguntas o hacerles más
preguntas de las que él o ella se hacen?
Los adultos nos hemos acostumbrado a darles respuestas a los niños
y niñas y nos hemos sentido generosos en dárselas,
sentimos que los hacemos avanzar, los introducimos en el mundo del
conocimiento y del orden de los valores. Cada adulto responde desde
su saber, desde su experiencia, desde su modo particular de haber
ido organizando su relación con el mundo.
Si los adultos tienen una exigencia racional en su interpretación
de éste y se inclinan al conocimiento científico,
sus respuestas al niño que pregunta serán muy diferentes
de las que puede ofrecer alguien que lo hace desde un sentido poético
o mágico del mundo, o del que lo hace desde la superstición
o el prejuicio.
Por otra parte, las valoraciones, los sentimientos y los especiales
contextos vitales de quien responde dan, indudablemente, sentidos
diversos.
Hay muchísimas posibilidades de dar respuesta a una misma
pregunta y el niño pequeño va constituyendo sus saberes
con los próximos con quienes se relaciona.
El adulto siempre responde, o intenta responder, porque siente en
la pregunta un vacío de conocimiento. Pero la niña
o el niño -pensamos e insistimos en esto- en su pregunta
está revelando un tipo de saber, un modo de percibir propio,
un modo de mirar, una sensibilidad especial.
Si pregunta: "¿Esta vida es verdadera o la estoy soñando?",
a los cinco años, está diciéndonos que sus
sueños son tan vívidos como las situaciones de la
vida misma y que la vida es como un sueño; que la verdad
es la presencia clara de las cosas, en sus distintas formas; que
lo que vivimos es como un cuento, una sucesión de escenas.
¿Cómo enfrentamos este tipo de pregunta? (Las hay
de otro orden y sería interesante hacer una reflexión
sobre el tipo de preguntas que hacen los niños.) Si reconocemos
el valor de su experiencia, de su saber, tendremos más cuidado
de no imponerles nuestra respuesta. Tal vez deberíamos saber
antes que otra cosa por qué siente que la vida puede ser
un sueño, qué tienen los sueños de parecido
a la vida, y comunicarlo con otros que tuvieron la misma inquietud:
con Segismundo, por ejemplo, el pensador de La vida es sueño,
de Calderón de la Barca. O con la incertidumbre de Renato
Descartes, el filósofo, respecto de los límites de
diferenciación del sueño y la vigilia que hacen confusa
y dudosa nuestra experiencia sensible.
Muchas veces, las preguntas de los niños y niñas pueden
ser “respondidas” con otras preguntas que los hagan
a ellos explorar los diversos aprendizajes y sentidos que están
plegados en aquellas.
En el niño-niña hay un modo propio de pensar el mundo
y en este sentido puede hablarse de un cierto saber, que hemos olvidado,
que nos es ya muy difuso o que hemos traducido como “gracias”
infantiles y que, a veces, se dejan pasar como ilógicas.
Cito, por ejemplo, el caso de la semejanza que un niño encontraba
entre el tren y el sol, que al ser demandado por mí con respecto
a lo que era semejante entre ellos, respondió con una analogía
comprimida, por así decir: “Los dos van por un riel”,
que es lo mismo que decir: el sol es a la órbita como el
tren es al riel.
Desde una lógica lineal, uniformizante de la realidad, la
lógica infantil pre-escolar, y que también alcanza
los niveles del ciclo básico escolar, yerra, aunque más
bien lo que sucede es que opera por semejanza. Son las similitudes
las que atraen a los niños y niñas y que les permiten
transitar de un orden de cosas a otro, de una categoría a
otra, de un género a otro, sin mayor dificultad, en una suerte
de armonía emocional, en una construcción fluida del
mundo, sin tajantes interrupciones. Una inteligencia que no tiene
aversión a las mezclas, a las intersecciones, y que más
bien se desconcierta ante los cortes de las diferencias irreductibles.
Son muy espontáneas, en las niñas y niños pequeños,
la asimilación y la construcción del mundo por analogía,
por cadenas de semejanzas, siendo grandes creadores/as de metáforas
(la uña de la mano recién cortada es una “lunita”
y los cojinetes de las patas del perro son “maní”),
simulaciones y transfiguraciones. Les interesan las figuras en sus
semejanzas formales, que les permiten ir creando algo que podríamos
llamar familias formales por afinidad figurativa, que son la base
de su construcción representativa. La afinidad de imágenes
permite la transitividad de las cosas, y un mismo nombre puede absorber
las diferencias posibles. La extensión del nombre opera en
función de la semejanza percibida. Extiende el nombre para
nombrar lo semejante. La categoría es un concepto dúctil
y flexible.
Siempre hay un nombre anterior y posible de ser atribuido a la percepción
de una cosa nueva, que tiene semejanzas y diferencias con una cosa
conocida; entonces se recurre al nombre conocido. Podríamos
tal vez afirmar que lo que sucede en este proceso de nominación
no es la reducción del elemento representativo nuevo al anterior
(de cojinete a maní), sino más bien interesa establecer
la igualdad nominal a partir de la semejanza formal. El niño-niña
establece una aparente igualdad en el uso del nombre conocido.
El pensamiento infantil es de suyo poético. Este aspecto
lúdico y abierto de su pensamiento es algo que se ve coartado
por el sistema escolar y la relación que establecen los adultos
con los niños. La lógica de los compartimientos donde
una cosa es ésa y no puede ser otra al mismo tiempo, la metafísica
pragmatista de las diferencias esenciales (y por tanto eternas)
de las cosas, bloquean un modo de entender el mundo y de vérselas
con él.
El adulto que crea tener la verdad, la respuesta clara y objetiva
y por tanto única y a la que deba rendirse aquel 'privado
de conocimiento', obstruye procesos de búsqueda e intercambio
de significados. Si los adultos asumiéramos que incluso las
respuestas científicas a ciertas preguntas llevan, al modo
de un cometa, una cola larga de misterio, enigma, probabilidad,
habría una mayor interlocución y de mejor calidad,
no sólo con los niños y jóvenes, sino también
entre adultos.
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