Revista Propuesta Educativa - Tomo 14

La
reforma educativa argentina en el marco de las
restricciones presupuestarias y la reestructuración social
La reforma educativa tiene, desde este año, su foco principal en
el terreno de las jurisdicciones. Comienza así un proceso de resignificación
en el que intervienen numerosos factores: improntas teórico-ideológicas,
enfoques técnicos y estrategias políticas de implementación arraigadas
en diferenciadas culturas políticas que han construido muy dispares
articulaciones entre los decisores y sus referentes sociales, las
jurisdicciones. Tienen, además, diferentes problemáticas, urgencias
económico-sociales y posibilidades en materia de recursos humanos.
Todo esto marca diferencias fuertes a la hora de resignificar con
autonomía la propuesta de reforma educativa.
La heterogeneidad
política, económica y cultural de las provincias es contrarrestada
-entre otros aspectos- por las tendencias restrictivas que generan
los recortes presupuestarios y el marco general de ajuste estructural.
En más
de un caso, la reforma es utilizada para legitimar un cambio que,
lejos de orientarse al logro de la calidad, se orienta exclusivamente
a la disminución del gasto fiscal. No se trata solo de que no se
invierta en la conformación y el mantenimiento de los cuerpos técnicos
que se requieren para gestionar los subsistemas educativos o en
la capacitación de los docentes y en la modificación de sus condiciones
de trabajo y salario o en la transformación de una cultura organizacional
de hace 100 años. Se trata del achicamiento de las plantas funcionales,
del abandono de la prestación de ciertos servicios y de la amenaza
a futuro de muchas instituciones y de sus agentes, sin que se evidencie
la racionalidad socio-educativa de estas medidas, en el marco de
lo que serían las necesidades de un proyecto de país orientado al
mejoramiento de la calidad de vida de toda la población.
En más de un
caso, estos procesos de "racionalización" de los subsistemas educativos
es conducido desde los ministerios de Hacienda, que parecen guiar
sus trabajos por racionalidades en las que no tiene lugar una cabal
comprensión de las necesidades educativas y de los caminos que pueden
permitir su satisfacción.
En los últimos
años, diagnósticos y evaluaciones han señalado la insuficiencia
de los aprendizajes escolares, lo inadecuado de las practicas docentes
y de la organización de las instituciones escolares. El reconocimiento
de estas falencias tuvo dos efectos: por un lado, creó, en la base
del sistema y en el conjunto de la sociedad, una necesidad de cambio
que se tradujo en la aceptación de muchos aspectos de la transformación
educativa. Pero, por otro lado, contribuyó a profundizar un proceso
de deslegitimación de las escuelas y de los docentes. En diversas
jurisdicciones, numerosas escuelas y docentes sienten disminuida
su autoestima y, en consecuencia, también su capacidad de acción.
Atraviesan por una situación de fuerte incertidumbre, causada por
las amenazas de exclusión derivada de las políticas de racionalización
en un contexto de restructuración social que afecta significativamente
a los sectores a los que pertenecen, y de creciente amenaza de profundización
de la penetración de las lógicas de mercado en un sistema históricamente
organizado por una lógica burocrático administrativa.
Paradójicamente
son estos agentes quienes, con escasa mediación de las jurisdicciones,
deben hacerse cargo de hacer operativa una reforma que requiere
de ellos un fuerte compromiso y una alta cualificación y creatividad.
La expectativa no parece corresponderse con lo que indican las investigaciones
y evaluaciones señaladas. Por momentos, pareciera que fueran estas
mismas escuelas y docentes quienes debieran proveerse, de algún
modo, del diferencial compromiso, cualificación y creatividad, si
desean demostrar que su trabajo es relevante y que merecen subsistir
en el sistema.
La tensión entre
ajuste y reforma encuentra diversas vías de resolución en el sistema.
Una de estas vías parece ser el desarrollo de una ética asentada
en el individualismo y una incorporación cosmética de aspectos de
la reforma propuesta. Estas vías de resolución no siempre parecen
ser las más adecuadas para impulsar el mejoramiento de la calidad
de la educación y disminuir la tradicional inequidad de nuestro
sistema educativo. Por otra parte, no parece que las escuelas solas
pudieran modificarlas radicalmente.
No hay en el
mundo antecedentes de reforma educativa exitosa sin claras, multifacéticas
y sostenidas políticas de los estados nacionales. Es responsabilidad
del Estado Nacional hacer lo conducente para la construcción -a
nivel nacional, jurisdiccional e institucional- de condiciones favorables
para el desarrollo de la transformación educativa. Entre otras cuestiones
necesarias, cabe apuntar el logro de acuerdos explícitos amplios
con la sociedad y los docentes, a través de la dinamización de los
órganos previstos por las leyes vigentes; la promoción de la reversión
de las tendencias restrictivas al financiamiento de los servicios
educativos que se vive en numerosas provincias, la promoción del
mejoramiento salarial y de las condiciones laborales de los docentes,
la regeneración de una capacidad técnica a nivel de los equipos
ministeriales, y el financiamiento de nuevos modelos institucionales
que posibiliten el trabajo conjunto y la capacitación en servicio
de los equipos docentes.
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