Revista Propuesta Educativa - Tomo 15

Antiguas lógicas en renovadas modernidades
Este fin de siglo viene acompañado, en los países de la periferia,
por una nueva voluntad modernizadora que, como en otras ocasiones,
se propone modificar las lógicas que estructuran los comportamientos
de los sujetos y los criterios alrededor de los cuales se ordena
la sociedad.
En nuestros
países la modernización no proviene de una paulatina acumulación
de modificaciones de las que resulta una transformación cualitativa
del orden societal. Por el contrario, modernizarse tiene un sentido
imperativo, es la meta a alcanzar, el tren que no debe perderse
para no quedar fuera de la historia.
Esta forma
ansiosa y espasmódica de proponerse el cambio va acompañada de otras
dos características que condicionan fuertemente la suerte de las
modernizaciones. La primera de ellas es que en todos los casos se
ha tratado de un movimiento del poder que utiliza el aparato del
Estado y los atributos de autoridad que de él se derivan para reorganizar
la sociedad de acuerdo con los nuevos principios. Esta peculiaridad
le da al cambio una direccionalidad ascendente que, si bien encuentra
una explicación en la debilidad de nuestros actores, en lo larvado
de nuestras organizaciones civiles y en una cultura política referida
casi unilateralmente al Estado, genera un movimiento desde arriba
que debe ser contrarrestado con una clara política de inclusión
de los actores y creación de condiciones sociales (materiales y
simbólicas) que hagan posible su concreción.
La segunda característica
es la renovada pretensión integral y refundante de las modernizaciones
nacionales. La consigna es cambiarlo todo ¡ya! Para esto se necesitarían
actores sin arraigo cultural e histórico, sin pasado y sin proyecto
propio, dispuestos a inscribir su futuro en una constelación simbólica
que les es ajena y que para grandes sectores de la población condice
poco con las condiciones imperantes en su cotidianeidad.
Contrariamente
a este supuesto, las transformaciones resultan de un complejo proceso
en el que se negocia lo nuevo y lo viejo, lo propio y lo ajeno para
fraguar renovadas visiones y representaciones que construyen sentidos
compartidos. Por supuesto, los resultados no pueden ser nunca homogéneos.
Si se da lugar a los actores hay que aceptar la diversidad de perspectivas
y visiones y disponerse a sostener las tensiones que inevitablemente
esto genera.
El riesgo de
no actuar para contrarrestar estas dos tendencias es provocar resistencia
y rechazos en bloque que reproducen al infinito una situación que
nos remite permanentemente al punto cero. La modernización educativa
está sin duda muy cerca de la situación que acabamos de describir.
La pregunta es cuáles son, a esta altura, los gestos políticos que
deben producirse para generar condiciones que permitan recuperar
los esfuerzos y recursos invertidos y ponerlos al servicio de recrear
una escuela de calidad para todos. Se trata de evitar la apropiación
privada de la producción pública y rescatar de nuestra tradición
el lazo solidario entre el sistema educativo y las aspiraciones
de los sectores sociales que están ubicados en la mitad inferior
de la escala social.
Finalmente,
otro de los riesgos de nuestras modernizaciones plasmadas en otras
latitudes y resultantes de procesos que no nos son propios es que,
una vez introducidas en nuestros países, suelen, paradójicamente,
dar renovado impulso a aquellas lógicas o rasgos culturales que
pretenden desplazar. La extensión de la racionalidad económica a
todos los ámbitos de la vida societal es sin duda el rasgo sobresaliente
del orden que se está construyendo en este fin de siglo. Los principios
organizativos del mercado económico, sus modelos de gestión y la
constelación de valores que lo legitiman están siendo adoptados
como criterios restructurantes del mercado cultural, político, educativo
y asistencial.
En lo que se
refiere a lo específicamente educativo, el Estado (nuevamente) es
el encargado de introducir esta lógica competitiva en el sistema.
Se han creado así proyectos y programas que compensan económicamente
los esfuerzos de los actores e instituciones que están dispuestos
a competir y demostrar su capacidad y eficiencia. En un contexto
de estrechez económica y de mucha incertidumbre sobre el futuro
estos incentivos pautan sin duda, la actividad de muchos agentes.
El problema
es que, a diferencia del mercado económico, es el Estado el encargado
de evaluar, medir y determinar los grados de eficiencia y productividad
de los participantes. Con tal finalidad, los organismos estatales
han ideado una serie de estrategias -evaluativas todas ellas, como
no puede ser de otro modo-, construidas sobre la base de un criterio
de racionalidad burocrática que, como todos sabemos, privilegia
fuertemente las formas y desprecia la sustancia.
Es así como
todos los agentes del sistema estamos abocados a una permanente
producción de informes y presentaciones de la que depende nuestra
presencia en el campo. El efecto es una extensión perversa de la
lógica burocrática, una secundarización de la producción substantiva,
una selección en favor de los "ya conocidos medradores de la burocracia"
y la instalación de una lógica de control que está más cerca de
las antiguas tendencias disciplinadoras de la burocracia que de
las nuevas promesas de explosión creativa que se supone generaría
la instalación del principio de la competencia.
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