Revista Propuesta Educativa - Tomo 16

El retorno de la disputa por los recursos
El debate educativo que nos ocupa en los últimos meses tiene, sin
duda, un tono diferente al que se viene desplegando desde el inicio
de la reforma educativa.
Hasta ahora los discursos estaban claramente estructurados alrededor
del eje de la reforma que logró desplazar a un segundo plano las
antiguas problemáticas que habían ocupado a especialistas y gobernantes
en las décadas anteriores.
Durante más
de tres años pareció que toda la preocupación de los actores rondaba
alrededor de problemas técnicos, tales como la articulación de los
diferentes ciclos de la E.G.B y la conveniencia de las modalidades
del Polimodal o, por el contrario, de vehementes discusiones ideológicas
referidas al carácter neo-liberal o progresista del modelo a implementar.
El discurso ha estado hasta ahora fuertemente anclado en la discusión
de las propuestas y escasamente atento a las condiciones en que
estas reformas deberán desenvolverse.
Los conflictos
que se expresan hoy en la escena pública muestran la permanencia
de problemáticas estructurales del sistema que marcan limites muy
claros a la posibilidad de transformación. Entre ellos se destacan
la histórica caída de los sueldos docentes y el riesgo de profundización
del fenómeno de la segmentación educativa en un contexto de desigualación
social. En ambos casos se trata de una renovada disputa por los
recursos que exigen del Estado nacional y provincial una posición
que reactualice su papel de garante del bien común.
El reclamo salarial
de los docentes y la demanda por mayor financiamiento para la educación
plantea la necesidad de hacerse cargo de los costos de una distribución
equitativa del bien educativo. Sabemos que son muchos los elementos
que confluyen en la producción de una educación pública de calidad
y que son muy pocos los que no requieren inversión. La mayoría exige
un aumento de los recursos que solo se puede obtener a partir de
mejorar el presupuesto destinado a educación.
Se han hecho
avances en la inversión destinada a infraestructura e insumos didácticos,
queda aún pendiente el tema salarios. No cabe duda de que la condición
del docente argentino es incompatible con una propuesta de mejora
educativa. Los salarios que perciben, las condiciones de trabajo
a las que están sometidos y la formación que reciben están muy lejos
de garantizar un profesional a la altura de las exigencias que sobre
el sistema educativo recaen en un momento de profundos cambios como
los actuales.
Avanzar en una
política de profesionalización docente que supere la mera retórica
exige, por parte del Estado nacional y las jurisdicciones la asunción
de responsabilidades propias en la creación de las condiciones adecuadas
a la reforma y una intervención más enérgica en la disputa por los
recursos para el sector. Por otra parte, el contexto conflictivo
que enmarca a la huelga docente muestra el agotamiento de las estrategias
confrontativas y abre una nueva oportunidad para iniciar un proceso
de negociación entre actores que, de todos modos, tienen una presencia
fuerte en la construcción de las políticas del sector. Por otra
parte, en un contexto de precarización social, el subsistema educativo
tiende a reproducir las tendencias que se dan en el sistema global.
Los informes
de investigación señalan que las escuelas que atienden a los sectores
más afectados por la restructuración económica deben enfrentar una
serie de problemáticas, asociadas a manifestaciones de violencia
y desintegración social, para las que carecen de recursos y estrategias
adecuadas.
La insuficiencia
de políticas públicas destinadas a proporcionar a las instituciones
y sus docentes alternativas organizativas y pedagógicas que aporten
a la construcción de respuestas a estas situaciones concretas, genera
en las escuelas condiciones para la expulsión de alumnos y las encierra
en una tarea asistencialista que, en el mejor de los casos, es adecuada
para la contención social, pero no para la construcción de un horizonte
emancipador tanto para los jóvenes como para el país.
En definitiva,
se trata de recordar que para preservar la equidad en contextos
de desigualdad es necesario hacer una importante inversión pública
en recursos humanos y materiales, para atender a las particularidades
y a través de ello alcanzar objetivos universalistas. |