Revista Propuesta Educativa - Tomo 17

Qué política educativa para
una Argentina fragmentada
En los últimos 20 años la Argentina ha sufrido un proceso de reestructuración
social que ha cambiado su fisonomía socio-cultural. Una mirada antropológica
sobre el paisaje urbano es suficiente para constatar las distancias
existentes entre aquella sociedad, sin duda desigual, pero con continuidades
tanto materiales como simbólicas y la actual, con manifiestos contrastes
en ambas dimensiones.
En la construcción de esta nueva estructura social confluyen políticas
muy diversas, impulsadas desde diferentes centros de decisión y
operacionalizadas a lo largo de todos estos años. No es nuestro
interés identificar responsabilidades, si, reconocer el fenómeno
y reflexionar sobre sus características y las exigencias que plantea
para la implementación de una propuesta de cambio en el sector de
la educación.
Las condiciones de vida en su dimensión familiar, social y económica,
los horizontes y posibilidades al futuro de quienes habitan en uno
u otro polo de la sociedad son diametralmente diferentes y generan
patrones culturales entre los cuales no es posible reconocer continuidades.
Los que gozan de los beneficios de la polarización han incorporado
una pauta cultural que les permite un consumo internacional de bienes
materiales y simbólicos.
Reconocen las exigencias de la competitividad y desarrollan estrategias
para mantenerse en este lugar de privilegio. Los que están en el
extremo opuesto están estructurando su cultura a través de una particular
asimilación de la violencia que se ha diseminado entre aquellos
que están sometidos al proceso de desafiliación social que genera
la expulsión del mercado de trabajo y la ausencia de horizonte que
se instala entre quienes no tienen nada que esperar. En el medio
hay una amplia franja de sectores y grupos que desarrollan todo
tipo de estrategias para conservar o mejorar sus posiciones y consolidar
así un lugar lo mas protegido posible de las tendencias centrípedas
de la sociedad.
Esta polarización de nuestra estructura social ha generado en el
campo de la educación una política binaria. Por un lado hay una
propuesta construida a la luz de las exigencias de competitividad
que provienen del sector integrado al intercambio de inteligencia
en el circuito internacionalizado y por el otro planes compensatorios
para aquellas instituciones y estudiantes para los cuales internacionalización
se traduce en expulsión.
Las acciones compensatorias pueden mejorar algunos aprendizajes
elementales, pero no pueden superar las situaciones de inequidad
en sociedades culturalmente fragmentadas. No se trato sólo ni principalmente
de chicos que tienen menos a los que hay que darles de más, sino
de chicos distintos a los que ha que tratar de modo diferente. Pero,
¿qué significa esto en el campo pedagógico? O, lo que es lo mismo,
¿cómo construir la igualdad a partir de la diferencia? Es poco lo
que tenemos recorrido en este sentido.
Sabemos que el armado de un modelo pedagógico único (curricular
y organizacional) solo puede asociarse a la equidad en situaciones
de cierta homogeneidad cultural. Que cuando impera la fragmentación,
como en nuestro caso, estas propuestas ejercen una doble violencia
sobre los sectores más desprotegidos de la sociedad. No solo no
les está dado su incorporación porque no comparten el código cultural
que estructura sus contenidos y metodologías, sino que además tiene
el efecto de explicitarles su condición de excluidos, del mundo
de los integrados. Y lo que es peor deslegitima toda estrategia
que hayan desarrollado desde sus propias peculiaridades culturales.
Pero que hacer a cambio? cuales son las líneas de acción política
que a la vez que incorporan el dato de la fragmentación eluden el
riesgo de la consolidación de la diferencia?
Debemos aceptar la propuesta de la inclusión y la contención sin
más en el supuesto de un futuro de incorporación con otra significación?
Es posible construir ese futuro con este principio?.
La insistencia sobre la calidad y su medición que efecto producen
en los diferentes fragmentos de nuestra sociedad? Cuanto de ello
genera mejores aprendizajes? Cuanto solo disciplina ajustando las
aspiraciones a las posibilidades de origen ? Que instituciones y
docentes requiere esta sociedad polarizada para que estos actúen
en favor de reconstruir algún espacio donde el dialogo sea posible?.
Debe tratarse de escuelas y docentes eficientes con conocimientos
disciplinares de punta? o a esto se debe agregar una apertura cultural
que les permita construir alternativas pedagógicas más amplias que
habiliten a otras formaciones culturales? Sirve o es un paso adecuado
la pretensión de formatización centralizada de las escuelas?
Hay muchas más preguntas para hacer, la mayoría de ellas no han
alcanzado aún el estado de formulación. Todas ellas deben ser habilitadas
para dar paso a un procesamiento de esta dramática realidad social
que nos toca transitar.
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