Revista Propuesta Educativa - Tomo 19

¿Consensos o apariencias de consensos?
La perspectiva de recambio político en el año entrante está generando
una interesante movilización entre los actores que operan en el
sector educativo.
Especialistas
independientes despliegan propuestas y también estrategias para
reposicionarse en el campo, hacer audibles sus ideas y participar
en el juego del intercambio. No faltan, por supuesto, las advertencias
y presiones.
El conjunto
de los actores que participa hace gala de una prudencia y madurez
política no registrada antes en ocasiones similares. Más allá del
consignismo, comprensible en estas circunstancias, no hay voces
que retomen nuestra tradicional voluntad refundadora y construya
su discurso desde el desconocimiento de lo que se ha hecho en materia
educativa. Por el contrario, se trata en general de propuestas que
completan, redireccionan, cubren falencias, rectifican errores,
cambian los rumbos, pero difícilmente se propongan deshacer lo andado.
Hay, sin embargo,
algunas posiciones que construyen su propuesta sobre la base de
lógicas, criterios y valores imperantes en el campo del mercado.
Huelga decir que el mercado y la educación se estructuran sobre
la base de objetivos sociales diferentes y que, por lo tanto, no
son las mismas lógicas las que los organizan y movilizan a sus actores.
Mientras que en el mercado se gana o se pierde en un juego competitivo
en la educación, el criterio de distribución no es la competencia
sino el derecho de los individuos a participar equitativamente de
los saberes acumulados y construidos socialmente.
En el mercado,
el criterio de distribución de los bienes se asienta en los recursos
que poseen los individuos para hacer valer sus posiciones. Cuanto
más se tiene más posibilidades de obtener mejores asignaciones.
El mercado construye un juego fuertemente reproductor.
La educación,
por el contrario, es un campo donde los individuos deben ser provistos
de los recursos simbólicos que se requieren para poder actuar en
la esfera pública, ya sea como trabajador, como ciudadano o como
consumidor y productor de cultura. En definitiva, se trata de una
construcción a futuro destinada a actualizar las potencialidades
de los individuos y también a recrear condiciones de posibilidad
para el desarrollo económico y la viabilidad de los regímenes democráticos.
Son campos diferentes, no antagónicos. Confundirlos es un riesgo
fuerte, no sólo para la constitución de una sociedad equitativa,
sino también para la sustentabilidad de los mercados.
Por supuesto,
también están los pesimistas extremos, que no visualizan ningún
margen para la acción política; subsisten, a la vez, viejas estrategias
destinadas a recordar el poder de las corporaciones y neutralizar
así cualquier proposición no funcional a sus intereses. Sin embargo,
en la medida en que el campo se densifique con actores y propuestas,
estas posiciones deberán entrar en el juego del intercambio y perderán
su carácter negativo. A pesar de los consensos construidos, éstos
no pueden trascender el nivel de la proposición discursiva.
La Argentina pareciera no poder avanzar en una concertación que
le permita aportar, al discurso de la centralidad de la educación
y a su importancia para la viabilización de un futuro integrado
al intercambio mundial, los recursos materiales que se requieren
para concretar, vía inversiones, la propuesta discursiva.
Hay ya un consenso
muy generalizado respecto del papel que juegan los docentes en la
construcción de calidad en el sistema. En este sentido, se han saldado
anteriores discusiones que pensaban en la posibilidad de una escuela
de calidad sin maestros. Sin embargo, en este campo tampoco hemos
podido avanzar en construir alternativas para financiar otro perfil
docente.
Pareciera entonces
que los consensos son más aparentes que reales, que son una instalación
de los discursos que no traducen una voluntad real de las dirigencias
de construir un futuro en que el conjunto de la población comparta
la categoría de ciudadano en ejercicio de sus derechos. El esfuerzo,
de aquí en más, debería estar centrado en darle sustentabilidad
material a los consensos discursivos.
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