Revista Propuesta Educativa - Tomo 22

Retomando la política

Volver al Nº 22 Redefinir una política educativa hoy en la Argentina exige una caracterización del campo social, cultural, político y económico en el que esta se proyectará y un análisis de las condiciones que genera para el desarrollo del sector.

En general, los documentos oficiales y los papers de los técnicos y especialistas contextualizan sus propuestas apelando a la condición globalizada del orden mundial y a la constitución del conocimiento como nuevo factor de poder. Desde esta perspectiva, las políticas educativas deben estar orientadas fundamentalmente a la incorporación de la sociedad y sus miembros a este nuevo orden que exige más escolarización, desarrollo de determinadas competencias, adquisición de los códigos informáticos y de idiomas extranjeros.

El contexto de la globalización no sólo determina las líneas de acción, sino que aparece como un espacio neutro abierto al ingreso de todos con la sola condición de haber adquirido el instrumental adecuado. Sin embargo, las cosas parecieran ser bien diferentes. La sociedad del conocimiento recrea las asimetrías preexistentes y, si bien ahora la hegemonía se asienta en el control del saber, esta posición fue construida sobre la base de previas dominaciones que le permitieron ser protagonista del proceso de gestación del nuevo orden. Los que no participamos de esa gestación somos periféricos y desde este lugar tratamos de incluirnos en una globalización que nos ha exigido cambios drásticos en casi todas las dimensiones de nuestro hacer social, sin que tengamos verdaderas garantías de inclusión.

Sin duda, será necesario trabajar para mejorar nuestra adaptación al desarrollo de la tecnología y al intercambio que esta posibilita en el nivel mundial, conectarnos al flujo de la información y el conocimiento y hacer un esfuerzo para producir algo que nos permita tener una mínima presencia.

Es preciso tener claro que la red no es horizontal, por el contrario, las jerarquías y asimetrías organizan los intercambios y en esa organización nosotros somos la periferia.

Para diseñar una política desde este lugar, es imprescindible considerar previamente las consecuencias educativas de la brutal reestructuración social que exigió la reconversión económica a la que fue sometido el país en los últimos diez años.

Los datos estadísticos elaborados por el INDEC muestran que el sistema educativo público ha dejado de ser un espacio donde concurren y se integran los diferentes sectores sociales. Las clases medias y altas están abandonando el sistema público, que cada vez más concentra su matrícula entre los sectores más bajos de la población.
La Argentina se acerca así a la realidad de otros países de la región donde la educación pública está destinada a atender a los pobres, mientras un variado conjunto de escuelas privadas organiza su oferta para la atención de las capas medias y altas de la población.

Esta nueva configuración del sistema genera un conjunto de problemas. Por un lado, pone en crisis la tradicional función escolar de conformación del lazo social y de integración de los diferentes grupos a una cultura con elementos compartidos que fundamenten el sentido de pertenencia a un espacio común y, por el otro, da cuenta de la institucionalización de un mecanismo perverso de reproducción de la pobreza, donde la escuela hace escasos aportes a la superación de tal condición.

Paralelamente, asistimos a un crecimiento de las matrículas escolares -fundamentalmente en el tercer ciclo de la educación básica- que no estuvo acompañado por estrategias pedagógicas e institucionales destinadas a garantizar un tratamiento adecuado de la heterogeneidad sociocultural de los grupos incorporados. Como consecuencia de esto, hay más alumnos en la escuela y por más tiempo, pero no por eso dicha población accede a mayores y mejores aprendizajes.

A estas dos manifestaciones debe agregarse que la retención ha pasado a ser la preocupación central de los organismos oficiales de nivel provincial. Preocupación por supuesto loable ya que, sin duda, la escuela es el mejor lugar para los jóvenes.

En ella encuentran un espacio de reconocimiento de los pares, de intercambio y de socialización diferentes de los que les brinda su abrumadora realidad social. Sin embargo, tal priorización de la retención da cuenta de los cambios que está habiendo en la construcción de los sentidos de la educación pública en nuestro país. Una escuela que contenga, controle, discipline y retarde el ingreso al mercado de trabajo de los más pobres pareciera ser el mandato para buena parte de las instituciones públicas. Se constituye, así, un nuevo lugar para estas instituciones. Lugar que está más asociado a las preocupaciones de gobernabilidad y de control del riesgo que genera una sociedad dualizada que a las de distribución del conocimiento y mejoramiento de los aprendizajes.

Esta comprobación es perfectamente explicable en el marco de un Estado que ha abandonado toda pretensión de intervenir en el proceso de distribución de la riqueza y circunscribe sus funciones a una tarea de disciplinamiento que en parte se realiza a través de la escuela.

Para pensar una política es necesario poner en cuestión esta nueva configuración del sistema, pronunciarse sobre ella y generar una responsabilidad compartida entre los diferentes estratos de las elites dirigentes para fundamentar una voluntad política que se proponga recrear un sistema más equitativo como soporte de una sociedad menos desigual y condición de una gobernabilidad democrática.

Se trata, entonces, de recuperar el lugar de la política como constructora de horizontes futuros y, desde este lugar, como diseñadora, ordenadora y ejecutora de propuestas técnicas cuyas fortalezas y debilidades sólo pueden establecerse con relación a un proyecto político al que deben servir.

 

 

 

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