Revista Propuesta Educativa - Tomo 23

Repensar
la escuela
El conjunto de fenómenos que se observan hoy en las escuelas es
de una condición diferente de aquellos que constituyeron el basamento
empírico para la caracterización de nuestro sistema educativo
y las funciones por él desempeñadas en la construcción de nuestra
estructura social y la reproducción del orden.
La realidad escolar de este principio de siglo exige retomar las
preguntas básicas y un esfuerzo teórico muy importante para construir
categorías que nos permitan conceptuar lo que allí sucede y articularlo
a los procesos que afectan al campo social. La idea de que la
escuela era el lugar donde las nuevas generaciones se incorporaban
al orden a través de la interiorización y naturalización de sus
normas hace verdadera agua ante las notas de campo que provienen
de las escuelas del margen.
Allí la escuela pareciera haber perdido la impronta civilizadora
que guió su práctica desde la modernidad a favor de la construcción
de un espacio institucional donde coexisten, sin que haya interlocución,
el orden del margen que organiza la práctica de los alumnos y
el orden civilizador que sigue siendo la referencia de sus agentes.
Entonces, ¿qué lugar tiene la escuela en la construcción del orden?
Hasta ahora hemos pensado a la escuela como un espacio de integración
social y de construcción de un sujeto capaz de reconocer a los
otros como diferente, pero a su vez integrante de un mismo espacio
social. La realidad no permite hoy mantener este supuesto. Los
datos de la encuesta de hogares muestra que mientras los pobres
mandan a sus hijos a la escuela pública, las clases medias hacen
su elección entre una heterogénea oferta privada que promete mejores
instrumentos para la competencia futura.
Estudios cualitativos arrojan serias dudas con respecto a la constitución
de continuidades culturales entre los diferentes sectores sociales.
El sistema educativo es, en realidad, un agregado institucional
cuyo rasgo sobresaliente no es precisamente el de la integración,
sino, por el contrario, el de la fragmentación y la discontinuidad
cultural entre uno y otro grupo. Pareciera que la escuela no sólo
no integra sino que es un agente activo en la construcción de
una sociedad fragmentada. ¿Cómo reconceptualizar, entonces, la
funcionalidad social de la escuela? Los procesos de diferenciación
y discriminación no sólo distribuyen a la población en diferentes
circuitos, sino que en el interior de las propias instituciones
se registran todo tipo de prácticas destinadas a discriminar y
marcar al diferente que es siempre estigmatizado como desigual
o carente. La comunidad escolar está haciendo gala de despiadadas
prácticas destinadas a segregar a los sectores marginales, que
se incorporan a la escuela a través de los sistemas de becas o
de otros mecanismos de promoción y asistencia. Si éstas son las
prácticas, cabe suponer que la escuela ha abandonado la misión
de formar al ciudadano por definición igual en su pretensión de
derechos y obligaciones a los otros, con autonomía de su condición
social, cultural y económica. Si la escuela no forma este sujeto,
¿qué otros sujetos está formando?
La profundidad y complejidad de estos cambios obligan a repensar
la escuela y su articulación a los procesos de estructuración
social. Si bien en este terreno está todo para pensar, hay evidencias
de que las tendencias a la desigualdad darán una dura lucha para
hegemonizar el proceso. Sin duda, que las armas para enfrentarlas
deben permitir abordar la complejidad de la problemática antes
descripta. Son inadmisibles, entonces, las fantasías ingenuas
de las bondades igualadoras del consumo tecnológico. Hay abundantes
pruebas empíricas que muestran que la tecnología no sólo no neutraliza
las desigualdades existentes, sino que construye otras nuevas.
Su incorporación, sin duda imprescindible, debe estar acompañada
de los recaudos pedagógicos del caso.
Es lógico que quienes producen y comercializan las nuevas tecnologías
las hagan depositarias de efectos reconstitutivos de los daños
del sistema, pero es peligroso que quienes tienen a su cargo el
diseño de las políticas para el sistema educativo hagan suyo este
discurso y lo constituyan en el orientador de sus acciones.
Repensar la escuela exige reconstruir su problemática y renunciar
a la simplicidad de las miradas lineales.