Revista Propuesta Educativa - Tomo 24

¿Cómo
estamos educando para la sociedad del futuro?
Partimos de una pregunta que puede sonar pretenciosa y grandilocuente.
Después de todo, ¿quién sabe cómo será el futuro? Y también: ¿quién
puede responder, sin apelar a frases hechas y diagnósticos simplistas,
a la pregunta de cómo estamos educando hoy?
Si nos animamos a cuestionarnos en esta dirección, es porque creemos
que no debemos dejarnos consumir por el debate día tras día al
que nos expone la crisis y la siempre eminente caída y debemos
poner los esfuerzos en recuperar el horizonte del largo plazo.
Los docentes, y la escuela en general, parecen haber perdido su
autoridad.
Sin duda, hay nuevas situaciones sociales que atraviesan la escuela.
La extensión de la obligatoriedad y la incorporación de sujetos
sociales que antes quedaban en los márgenes del sistema escolar,
hace que las instituciones escolares hoy se pueblen de alumnos
que traen problemas "nuevos": precariedad económica y social,
menor capital cultural, embarazo adolescente, drogadicción, nuevas
formas de violencia, entre otros.
También aparecieron nuevas agencias culturales que compiten, en
condiciones más ventajosas, sobre cómo y quién define cuál es
la cultura que deben tener las nuevas generaciones, entre las
que se destacan los medios de comunicación de masas y las redes
electrónicas.
La escuela no siempre hace lugar a esta novedad, y muchas veces
sólo la ve como déficit, como falta (de ahí la tendencia a la
nostalgia del "todo tiempo pasado fue mejor", a reclamar por la
falta de valores, a descalificar a los que llegan). Sin embargo,
a estas nuevas presencias que demandan cambios se suma una crisis
de sentido más general sobre para qué educamos.
Mientras que la escuela primaria sarmientina proponía una inclusión
en un orden social, que además tenía contornos y límites bien
definidos (la nación), esta nueva escuela no tiene tan claro para
quién educa. En ciertos segmentos, se educa para la competitividad,
la flexibilidad, la iniciativa audaz, la comunidad global.
En otros, sigue primando el ideal sarmientino de integración,
aunque tenga cada vez menos sustento en una sociedad donde avanzan
las tendencias hacia la fragmentación y la cristalización de diferencias,
sean sociales, religiosas o culturales, donde los límites se transgreden
todo el tiempo, y en donde la incertidumbre y la contingencia
tienden a conjugarse negativamente para buena parte de la población.
La escuela perdió un ideal unificado y unificador, y los restos
que quedan no alcanzan a reafirmar su autoridad social y cultural
como formadora de las nuevas generaciones. Hay también un sentimiento
de desesperanza sobre el futuro, probablemente vinculado con esta
crisis de autoridad y de sentido. Dicen algunos maestros que trabajan
en escuelas marginales: "El futuro de estos chicos será como el
de sus padres, no creo que puedan salir de este entorno", "No
tienen expectativas", "Los padres son ignorantes, los chicos más",
"Uno entre cien sale de este entorno, para los demás pobreza,
más pobreza", "Hay un sector que jamás se pondrá de pie en la
vida". Aquí se pone de relieve la sensación de impotencia educativa,
que en otros términos podríamos resumir como: ya no espero nada
del otro.
Si bien otras generaciones de docentes tenían una imagen devaluada
y empobrecida de sus alumnos, sobre todo si éstos eran pobres,
hoy la idea de que hay que "ir a la escuela para ser alguien en
la vida" cada vez tiene menos fuerza. Esto sucede, paradójicamente,
en un momento de expansión de la matrícula del sistema escolar.
Cabe aquí preguntarse sobre cómo es la experiencia escolar de
estos nuevos alumnos, y qué podemos hacer para que sea mejor.
Pero, sobre todo, creemos que hay que recolocar la discusión política
pública en el sentido y el valor de la educación escolar.
¿Cómo restaurar, o reparar, la confianza en que algo de lo que
sucede en la escuela puede producir otros destinos? ¿Cómo puede
contribuirse a que en la escuela se construyan otros futuros que
los esperados? Nos parece que éstas son las preguntas que tienen
que ser puestas hoy en el debate público sobre qué estamos haciendo
en y con nuestras escuelas.
Inés Dussel y Silvia Duschatzky