Revista Propuesta Educativa - Tomo 25

Insistir en educar

Quizás, cuando el lector tenga estas páginas en sus manos, la Argentina haya cambiado. Quizás tengamos otro gobierno, o haya otro régimen cambiario, u otros ministros, quién sabe qué. La vida no para de sobrepasar a la imaginación en estos últimos tiempos. La sucesión (pareciera que todavía no acabada) de presidentes, la crisis profunda de las instituciones políticas, judiciales y económicas, el estado de asamblea generalizada que vivimos en el verano, son apenas algunos de los síntomas de una situación inédita y sorprendente. Lo que llama la atención es que, pese a esta incertidumbre, es muy difícil encontrar alguien que crea que los próximos meses, o aun los próximos años, van a deparar alguna mejora en la grave situación de pobreza y exclusión de gran parte de la población. La espiral, creemos todos, sigue por ahora para abajo.
¿Cómo educar en este contexto? Ésa es la pregunta que venimos escuchando en distintos ámbitos. ¿Podemos dar alguna perspectiva de futuro, de aprendizaje, de crecimiento, cuando lo que aparece en el horizonte son más y más nubes negras? ¿Cuánto puede la escuela sostener su accionar en un contexto de derrumbe de las instituciones estatales? ¿Será que lo único que queda es transformarnos en comedores, roperos, galpones escolares?
Se nos ocurre, en este contexto, que es importante diferenciar esferas, aclarar posturas, establecer responsabilidades. Una primera esfera problemática es la ausencia de una política educativa nacional. Vemos con preocupación que se expande la idea de desarmar el Ministerio Nacional de Educación con el fundamento de que hoy la administración escolar se centraliza en las provincias. Nos preguntamos quiénes serán los que decidan sobre qué deben saber todos los argentinos, cómo y dónde tienen que formarse los docentes, cómo se asignarán las partidas especiales, o quién (qué provincias, qué sectores) recibirá préstamos internacionales. También creemos que debería ser una cuestión de discusión pública nacional cuánto es el salario mínimo de un docente, cuáles son sus responsabilidades y derechos, si es que buscamos que la educación sea efectivamente una política pública fuerte y consensuada. La desestructuración de un ámbito de gobierno, regulación y negociación nacional, probablemente contribuya a fortalecer a los más fuertes y a debilitar a los más débiles, sean éstos provincias, actores educativos, sectores sociales o instituciones culturales y educativas. Y, en un plano más general, coadyuve a la desinstitucionalización de los procesos políticos y sociales en la Argentina, minando la capacidad de que surjan y se consoliden políticas orientadas al bien común.
En esta situación, confluye no sólo la inacción del gobierno nacional sino también la de otras instituciones y organizaciones sociales. Urgidos como estamos por garantizar derechos mínimos, como la apertura diaria de las escuelas, la provisión de alimentos y el cobro de salarios, la preocupación por el largo plazo se nos esfuma. Los debates de hacia dónde vamos con la reforma educativa, sobre los efectos y alcance de los cambios, sobre prácticas interesantes y productivas que se van gestando en las instituciones, casi no encuentran lugar, ni siquiera en las universidades o instituciones académicas relativamente más protegidas de la desazón y derrumbe de estos últimos meses.
Otra esfera problemática es la realidad de las escuelas. Allí las urgencias sí invaden lo cotidiano, y no hay forma de mirar para otro lado. Cualquiera que esté trabajando en ellas, o con sus docentes, sabe que este año es peor que los otros, que ya venían siendo malos. Las escenas de hambre no son más típicas de los cordones urbanos, sino que aparecen en pleno centro de las ciudades. La clase media empobrecida vuelve a la escuela pública, y los sectores marginales vuelven a caerse fuera del mapa escolar: todos sienten que están retrocediendo varios casilleros.
Se presenta nuevamente en las escuelas el debate sobre el lugar de la asistencia y de la enseñanza, un debate que es, al menos hasta ahora, más microfísico que macropolítico, como debiera ser. ¿Está bien dar de comer en la escuela? ¿Deben la escuela y sus docentes hacerse cargo de esta demanda, que le correspondería a otros en un reparto ideal de tareas? Del otro lado, se dice: ¿puede la escuela mirar para otro lado cuando sus alumnos vienen sin comer? ¿Qué les enseña en ese caso? Frente a estas escenas, aparecen también formas diversas de la solidaridad y de la filantropía paternalista, y todo aparece mezclado, al menos por ahora. La pregunta que está faltando es qué se hace con el sufrimiento del otro en la escuela. ¿Puede la escuela hacerle un lugar, aliviarlo un poco, introduciendo al menos la idea de una reparación social y simbólica? ¿O está condenada a no poder hacer nada?
Quienes hacemos esta revista apostamos por la primera opción: la escuela puede hacer algo, y ese algo, en este contexto de pobreza extrema y de exclusión tan brutal, es mucho. La escuela puede entregar algo: una enseñanza, un saber, un lugar en una institución preocupada por la sociedad y por los que vienen. Seguramente esta institución deberá mejorarse, ser más hospitalaria con los que llegan, más abierta con los que están en ella. Pero tiene una potencialidad que otras instituciones han perdido. Una anécdota de una escuela de la ciudad de Buenos Aires ilustra esta capacidad. Al comenzar el ciclo lectivo, una directora de una escuela primaria les dijo a los docentes, alumnos y padres reunidos: "No les puedo prometer que en esta escuela no va a faltar nada, ni que no va a haber paros, ni que no vamos a tener problemas edilicios. Pero les puedo prometer que a fin de año los chicos van a saber más que ahora". La comunidad de la escuela estalló en aplausos y lágrimas. La promesa de enseñar es lo que sostiene el largo plazo. Sin esto, educar no tiene sentido. Si no podemos imaginar qué futuro mejor estamos intentando abrir para las nuevas generaciones de alumnos (sean niños o adultos), es difícil sustentar en concreto la voluntad de enseñar. Enseñar es insistir, es perseverar en el intento que el otro aprenda, aun cuando ese aprendizaje sea una decisión del otro. Es tiempo de insistencias.

 

   
 

 

 


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